AMOR POR EL PATRIMONIO DE LA ESCUELA MILITAR
Un suboficial principal de Infantería restaura piezas históricas
El suboficial principal de Infantería Carlos Roch siempre fue un alma inquieta, y durante la pandemia al ver que algunas piezas ubicadas en la Escuela Militar de Montaña Teniente General Juan Domingo Perón se encontraban deterioradas, se le ocurrió aprender cómo repararlas.
“Esto nació por el cariño que siento por el patrimonio histórico de la institución”, cuenta.
Primero parecía un hobby.
Se puso en contacto con una mujer de Buenos Aires, experta en el tema, que le brindó conocimientos que él de inmediato se puso a implementar.
“También miré muchos tutoriales, de gente de todo el mundo”, apunta y detalla que participó de varios aprendizajes vía Zoom.
Además, como está muy vinculado al museo de la Escuela, ya que durante mucho tiempo estuvo a su cargo, es parte de una red que comunica a ese tipo de establecimientos de todo el país: “Tenemos contactos frecuentes, capacitaciones, plenarios, seminarios... Hicimos un curso de preservación del patrimonio histórico, y ahí surgió el deseo de desarrollar esto”, explica.
Primero restauró el busto de Juan Domingo Perón, en la Plaza de Armas; luego el del general José de San Martín, cerca del mástil.
Justamente, remarca que la figura del Libertador se encontraba bastante dañada.
“Ese busto estaba muy deteriorado. Le faltaba parte de la cabeza, de la nariz, de una oreja, del flequillo, un hombro… Me parecía una falta de respeto hacia un prócer. El patrimonio cultural argentino refleja nuestra historia, y hay que cuidarlo, porque es el legado que le vamos a dejar a nuestros hijos y nietos, y ellos lo tienen que recibir en buenas condiciones y luchar por sostener esa bandera, donde sea, en una plaza, un colegio o un museo”, expresa.
También “rejuveneció” piezas de artillería utilizadas en Malvinas: dos cañones Czekalski, que ahora aparecen frente al visitante en muy buen estado.
Por otra parte, desde la misma entrada a la institución, se puede apreciar su labor: los vehículos para nieve (las motos y la camioneta “oruga” anaranjadas) y, sobre todo, el esquiador, emblema del lugar, lucen relucientes.
“El andinista estaba sin pintura, roto. Lo trabajé con guantes de cirugía, usando cemento, pero teniendo en cuenta la temperatura justa en que podía hacerlo”, indica.
En ese punto, aprecia que en Bariloche “el efecto frío-calor es muy fuerte”, a la vez que informa que utiliza “acrílicos, pintura, yeso, cemento, arcilla; lo que requiera cada pieza”.
Por otra parte, comenta que en las capacitaciones que tuvo para llevar adelante la labor le enseñaron a delinear un plan de mantenimiento para implementar tras la restauración donde deben tenerse en cuenta diversos factores, por ejemplo las plagas que puede haber en la zona.
Cuando se le consulta por qué escogió llevar a cabo esta tarea, manifiesta: “Sentí la necesidad de hacerlo; me distrae, me atrapa”.
Sostiene que al restaurar se percató de que “la diferencia la hace el detalle”, por eso desarrolla la actividad con minuciosidad.
“Trato de ponerme empático con el observador, pensar en qué le gustaría ver de la cada pieza histórica”, recalca.
Próximo al retiro (el 31 de octubre será su último día en la Escuela), piensa que quizá la restauración puede ser parte de un futuro profesional. Incluso, señala que en noviembre formará parte de una capacitación que brindará la Universidad Nacional de México donde, más allá del segmento vía Zoom, puede llegar a viajar. De hacerlo, está la posibilidad de que aparte de estudiar realice trabajos en tierra azteca.
Como se nota, Carlos se tomó lo de la restauración muy en serio… En realidad, como todo lo que suele hacer.