DURA EXPERIENCIA DE UNA DE LAS FUNDADORAS DE ALAS DE AMOR
"Un hijo es para toda la vida"
Adriana Chieyssal, una de las fundadoras de Alas de Amor, dice: “Incluyendo a Iñaki, tuve cinco hijos”.
Las edades son diversas: treinta, veinticinco, veinte, tres años… E Iñaki, que cumpliría seis el 30 de noviembre.
En esa fecha, pero en 2015, a Adriana le hicieron una cesárea.
Ya sabía que, en su interior, el corazón de su bebé no latía.
“Tenía siete meses de gestación, y era mi cuarto hijo”, cuenta.
“Sentía que algo no andaba bien, pero no me querían atender porque, en sí, no me sentía mal. Tuve que esperar horas en la guardia de una clínica. Cuando me recibieron, no podían escucharlo… No me decían nada… Oía que hablaban por teléfono y… sabía lo que sucedía, porque si no había latidos quería decir que no estaba vivo”, rememora.
Con la misma dureza que se lo plantearon a ella en aquel entonces, señala: “Cuando me internaron, me enteré de que mi hijo era un desecho patológico, porque la ley dice que, para que un bebé sea considerado persona, debe respirar fuera de la panza aunque sea unos segundos. En mi caso, nació muerto. La doctora me dijo: ‘Fijate qué vas a hacer, si te lo llevás o lo dejás acá y lo tiran a la basura’”.
Luego añade: “Mi bebé era una persona normal, sólo un poquito más pequeño de lo que se nace habitualmente… Estaba totalmente formado. Tengo fotos de él”.
Sucede que ella quiso verlo, e incluso permaneció un tiempo con el cuerpo, por eso lo de la mención a las fotografías. “Las enfermeras no quisieron vestirlo, lo hizo la doctora”, apunta.
Además, recuerda que en un momento estuvo atada: “Tenían miedo de que agarrara un ataque de nervios o algo por el estilo”, explica.
En cuanto a cómo se desarrolló la noche posterior a la cesárea, manifiesta: “Estaba en una habitación sola, y se escuchaban bebés llorando en los cuartos de al lado… Me lo trajeron y me lo dejaron toda la noche conmigo”.
“No tenían dónde ponerlo, porque no lo consideraban una persona”, agrega.
“Mi familia contactó a una empresa funeraria y pudimos sepultarlo. Está en Valle del descanso”, revela.
“Desde la clínica lo llevaron directamente, porque no se podía velar”, puntualiza.
En cuanto a lo que siguió de más está decir que fue complicado… “Yo tuve acompañamiento, pero a la vez todos pretenden que una siga y se olvide, porque total a ese bebe nadie lo conoció, y eso agrega una especie de carga”, detalla.
“Sentí que no podía continuar”, suma.
“Tuve la fortuna de que mis hijos mayores de alguna manera me asistieron, pero después me decían: ‘Mami, ya está, seguí, no podés hacer nada’… Y mis papás lo mismo: ‘Olvidate, te hace mal’. Pero, en realidad, se trata de lo contrario: es necesario hablar y sacar las cosas que se tienen dentro”, relata.
“Si querés nombrar a tu hijo, porque considerás que es alguien más dentro de la familia, tenés que poderlo hacer”, afirma.
Así, refiere que, con el tiempo, sus íntimos comprendieron y la acompañaron.
Incluso, cada 30 de noviembre festeja el cumpleaños de Iñaki (nombre que le había puesto mientras estaba en su vientre): “Ahora es algo común, que compartimos todos, pero el primero fue difícil… No muchos entienden que se festeje algo que quizá sea triste, pero un hijo es para toda la vida, entonces el duelo también”, asevera.
Adriana comenta: “No hay psicólogos especialistas en esta clase de muerte. No existe forma de encontrar alivio. Me puse a investigar, viajé a congresos, y vi que los grupos ayudaban mucho”.
Así, se fue contactando por redes sociales con otras madres en situaciones similares a la suya. “Faltaba que alguien diera el primer paso para que todos nos uniéramos”, dice.
Hoy, calcula que son alrededor de sesenta familias las que están comunicadas e interactúan con la intención de superar el dolor.
“Al principio, nos encontramos en el Centro Cívico, y vimos a mamás que hacía más de treinta años que se encontraban con este duelo silenciado, sin tener con quién hablarlo, lo que había afectado notoriamente sus vidas”, expone.
“Cada persona lo toma como puede”, suspira.
“Una necesita estar acompañada, y eso lo encontrás en personas que hayan pasado por lo mismo”, asegura.
En cuanto a la cantidad de gente que puede estar atravesando por algo así, expresa: “En el grupo hay una mamá que era obstetra en el hospital, y dice que, en la semana, al menos cuatro bebés nacían fallecidos. A nivel mundial, cada cuatro embarazos, uno nace muerto”.
“En mi caso, como en el de la mayoría, no hubo un motivo exacto sobre el porqué. Lo calificaron como muerte súbita intrauterina”, narra.
Sobre el postparto, detalla: “Es igual a cuando tenés un bebé, pero lo sufrís más, porque hay salida de leche, dolor, pero el hijo no está”.
En cuanto al padre de Iñaqui, revela que “se alejó, no participó nunca de nada”.
Tras el episodio que marcó un antes y un después, la relación se terminó. "Fue el punto de detonación", indica.
Adriana volvió a ponerse en pareja, e incluso tuvo una hija.
“Se tienen muchos miedos; cuando vivís esto, perdés la inocencia, la fantasía de que en el embarazo es todo felicidad, entonces le tenés temor a todo… es horrible”, indica.
“Fue difícil, pero, en ese momento, ya estaba con las chicas del grupo, que me acompañaron durante todos el proceso”, agradece.
Y concluye: “Iñaki es mi hijo y, a la vez, un maestro, porque gracias a él también pudimos ayudar con Alas de Amor”.