2021-08-23

ANDRÉS CALDERÓN

El bisnieto del primer intendente de Bariloche traza un panorama de la salud mental en la ciudad

Andrés Calderón es médico psiquiatra.

Proviene de una familia tradicional de Bariloche; su bisabuelo, Rubén Fernández, fue el primer intendente de la localidad.

Si bien en un momento, luego de estudiar en Córdoba, decidió partir a Alemania para especializarse en psiquiatría -incluso ejerció en aquel país-, los pensamientos lo guiaban a esta parte del sur, así que retornó.

“Volví en 2016. Extrañaba, y me importa mucho lo que pasa con la ciudad”, cuenta.

“Al arribar, me encontré con cosas positivas, y otras que no lo eran tanto”, señala.

Cabe mencionar que, en territorio germano, estaba en la Clínica Universitaria de Psiquiatría, Psicoterapia y Medicina Psicosomática de Halle-Wittenberg, una de las más grandes y tradicionales del mundo.

“Es un lugar de formación de grandes psiquiatras y neurólogos, porque allá son cosas que están íntimamente relacionadas. De hecho, hasta hace no tanto tiempo, se trataba de una sola especialidad, aunque en los últimos veinte años se han ido separando”, indica.

Cuando regresó, se sorprendió: “Fue un descubrimiento muy agradable comprobar que acá contábamos con casi todos los medicamentos disponibles en Alemania, incluidos los de última generación, a un costo relativamente accesible para los pacientes. Si tienen una cobertura con alguna obra social, en general, se lo pueden costear”.

No fue lo único que lo entusiasmó: “En la actualidad, tanto en Alemania como en Estados Unidos e Inglaterra, dentro de la parte de psicoterapia, es preponderante la terapia cognitivo-conductual, mientras que en la Argentina siempre preponderó el psicoanálisis, por lo que pensaba que en Bariloche iba a estar un poco aislado, pero me encontré con una serie de psicólogos formados en Buenos Aires, y también en Estados Unidos, que recientemente habían llegado a la ciudad, todos de la escuela de la tercera ola”.

La tendencia que cita procura entrar más en el núcleo de la persona, lo cual ayuda a que los cambios producidos sean más significativos, con la intención de que se transformen en permanentes.

Pero no todo fue color de rosa. “Cuando llegué, vi que la parte de internación era un problema”, dice.

“Al no estar permitida la instalación de clínicas psiquiátricas monovalentes -es decir solo de psiquiatría-, debido a la Ley de Salud Mental, las internaciones solo se pueden hacer en hospitales polivalentes, con pacientes con otras patologías que no tienen nada que ver con el área”, explica.

“Cuando hablamos de urgencias de salud mental, la referencia es a personas con alteraciones severas de su capacidad de juicio, de dirigir sus acciones y hacer actos fundamentados en una valoración racional de las consecuencias, por lo que son un peligro para los demás o ellos mismos, y lo que encontré aquí fue que la única internación posible era en la sala común del hospital público, con unas veinte o más camas y un solo baño, donde no existía posibilidad de un patio interno ni nada por el estilo”, apunta.

“Se hacía muy tortuosa la internación en esas condiciones”, remarca.

“Pedirle a alguien cuya salud física está intacta, que puede mover todas sus extremidades sin ningún problema, que se quede quieto todo el día en una cama durante un mes, tiempo que quizá pueda demorar hasta que esté estable, tras, por ejemplo, un episodio psicótico, es algo difícil de pedir”, explica.

“Normalmente, las clínicas psiquiátricas tienen sitios de esparcimiento para los pacientes, lugares para que hagan terapia ocupacional, practiquen deporte, paseen con otros con las mismas condiciones, caminen, realicen diferentes trabajos, hasta, a lo mejor, comenzar con una reinserción laboral y poder entrar y salir cuando quieran”, manifiesta.

“Para eso, se necesita un personal especializado, que tenga paciencia para un tipo de tareas que no es habitual. Y eso no se puede pretender internando a una persona en una sala común”, remarca.

“Justamente, una serie de psiquiatras y psicólogos decíamos que eso no era lo adecuado, ya que resultaba muy difícil para los pacientes y sus familias, porque como había poco personal en el hospital público, cada vez que se internaba a alguien, algún familiar se tenía que quedar con él para cuidarlo las veinticuatro horas al lado de la cama”, continúa.

“Hay que imaginar lo que es ese estrés durante tres semanas, por ejemplo”, suelta, y menciona que lo que pasaba, también, es que “se exportaba pacientes a otras provincias donde sí hay clínicas psiquiatras monovalentes, como Neuquén, Chubut, Córdoba o Buenos Aires”.

“Y la propia ley dice que eso no se puede hacer, ya que las personas deben ser internadas en su ciudad de residencia, para estar cerca de sus seres queridos”, expone.

En ese sentido, resalta que la situación mutó a partir de la pandemia, por el traslado de internación de Salud Mental del hospital a la Escuela de Hotelería y Gastronomía: “Se dio un cambio radical, para bien”, afirma, para luego sostener: “Todo un sector de enfermería pasó a dedicarse exclusivamente a las personas con enfermedades mentales, a reconocer el cuadro que tiene cada uno, cómo se lo debe tratar y acompañar. Se pudieron hacer más trabajos comunitarios, incluyendo salidas. Los pacientes empezaron a tener su propio cuarto o, cuanto mucho, a compartirlo solo con alguien más”.

“Para una persona que, por ejemplo, está hostigada por voces que le dicen que se tiene que matar, es importante tener su privacidad”, puntualiza.

Asimismo, revela que también se produjeron otros giros: “Antes, las enfermeras tenía que correr en pos de mantener con vida a pacientes infartados, con derrames cerebrales, recién operados… un contexto donde les resultaba difícil ponerse a hablar con una persona con una enfermedad mental que, tal vez, tenía un discurso incoherente. A la mayoría, no le interesaba ir a la Escuela de Hotelería, pero hubo un subgrupo que fue por su propia voluntad, y ahí aprendió, gracias a los profesionales del área, cómo tratar a las personas que atraviesan por esta situación. Eso no solo mejoró la calidad de la atención, sino la comodidad de los pacientes, que pasaron, de querer irse todo el tiempo, a sentir que la estadía realmente era algo terapéutico”, cuenta.

“Desde luego, uno ve como algo lógico que si hay alguien violento, alucinado, efectuando disparos en la calle, hace falta recluirlo en contra de su voluntad, pero estoy seguro de que a nadie le gustaría estar encerrado un mes en una sala con otras veinte personas y un solo baño, y encima tener que quedarse quieto en la cama”, dice.

“En ese sentido, La Escuela de Hotelería fue un antes y un después”, reflexiona.

Además, añade: “Otra cosa que resultó interesante fue que había un subgrupo dentro del área de Salud Mental que estaba en contra de que el servicio tuviera su espacio separado, pero nunca había llevado adelante esa experiencia, para ver cómo podía funcionar. Pero, ante la mudanza, esos profesionales descubrieron, gratamente, que se trata de algo mucho mejor, donde, en general, se vive un ambiente amigable, y no el frío y hostil que había del otro modo”.

Calderón resalta que, con el nuevo traslado, al edificio donde antes estaba el jardín de infantes Girasoles, frente a la plaza Belgrano, la situación evolucionó. “Incluso hay un poco más de disponibilidad de camas para internación de lo que había cuando llegué a Bariloche, aunque es cierto que siguen siendo pocas para la población que tiene la ciudad”, refiere.

“Según las estadísticas, el cincuenta por ciento de la población de la ciudad no tiene obra social y se atiende en el hospital. Y, normalmente, las personas con enfermedades mentales conforman el treinta por ciento de la comunidad. Con la pandemia, eso se duplicó, lo que quiere decir que estamos hablando de entre un cincuenta y sesenta por ciento de la gente”, expresa.

“No hay que ser un gran matemático para darse cuenta de que las diecisiete camas de Girasoles son pocas”, asevera.

Al panorama trazado, agrega que “no hay instituciones como un hospital de puertas abiertas, para la reintegración, la reinserción laboral y la rehabilitación de personas que, por ejemplo, tengan una esquizofrenia cronificada -o patologías de ese estilo-, que necesitan un espacio no totalmente cerrado, pero donde sí encontrar cierta contención por parte del personal de salud”.

Así, detalla: “En la actualidad, no se permite la creación de clínicas que trabajen a través de las obras sociales para atender a pacientes con enfermedades mentales; y los sanatorios polivalentes que existen, que son el Hospital Privado Regional (HPR) y el San Carlos, no tienen un servicio de internación para salud mental, lo cual, claro, no debe ser una cama y una pieza al fondo del pasillo, sino que se requiere toda una estructura especializada”. 

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