2021-08-19

YA ES TARDE Y EL DÍA SE ACABA

El padre Pepe reflexiona acerca de Emaús, un lugar donde pasar la noche

“Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.”

La cita pertenece al Evangelio de Lucas.

Refiere a un momento en que, según el texto, Jesús se le aparece a dos discípulos que marchaban hacia un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén.

Esa invitación la formulan los seguidores, aún sin haberse percatado de quién se trataba.

Luego, cuando Jesús toma el pan, lo bendice, parte y entrega, ellos lo reconocen.

Las almas que, envueltas en dolor, en Bariloche, se acercan al hogar Emaús, en Otto Goedecke 1170, son recibidas con el espíritu que anida en aquellas palabras del libro sagrado.

La intención es que, cada hombre que pase la noche allí, consiga su pequeña cuota de salvación.

El padre José María Lynch (para todos, “Pepe”) llegó a Bariloche tras haber pasado por varios lugares; el último había sido un sitio de Comodoro Rivadavia, pero no en el casco urbano de la ciudad, sino en la ruta 40, “en medio del campo”, como él dice.

Pero, en toda su experiencia, no le había tocado chocar contra una noticia similar a la que aquí lo sacudió.

Tres personas NN (es decir, sin nombre; o, en realidad, a quienes no se las pudo identificar) habían ingresado en la morgue barilochense tras haber muerto a la intemperie.

“Nunca había vivido algo así”, señala Pepe.

“Aquello me impresionó mucho y, con un grupo de personas de un lugar donde por aquel momento se ofrecía almuerzo a gente en situación de calle, empezamos a soñar con un hogar”, relata.

Era 2007.

El religioso se fijó en sitios similares de Buenos Aires, por ejemplo el San José, para analizar cómo podría adaptar aquello a este rincón del sur.

Y si bien la idea ganó fuerza en aquel grupo reducido de personas que pretendía aquello, faltaba lo principal… “El lugar no aparecía”, recuerda el padre.

“En ese momento, encontré a Jorge Linquiman”, indica.

A su lado, Jorge sonríe.

Ahora, ambos coordinan el hogar.

Pero, en aquel momento, todavía faltaba para esta realidad.

Jorge, que trabajaba para la municipalidad, se desempeñaba en un lugar llamado Rogelio, destinado también a la gente en situación de calle.

El encuentro derivó en que se consiguiera un espacio para ser usado durante las noches.

“Lo cedían desde las 20 a las 8, después teníamos que dejarlo limpio para que pudieran llevar adelante las otras actividades que se hacían ahí”, rememora Pepe.

“Eso se extendió por tres años. Al cuarto, pudimos mudarnos a esta casa”, apunta.

“La propuesta siempre ha sido invitar a las personas a que se queden a dormir, con la peculiaridad de recibirlas tal cual están: borrachas, enfermas o con alguna otra problemática”, explica.

Sólo aclara que con los únicos que no pudieron llegar a una aproximación es con los violentos. Aunque especifica que cuando la violencia respondió a alguna cuestión psíquica (la gente, en Emaús, mayormente llega con problemas de orden mental), dentro de todo, “se consiguió convivir bastante”.

Pero con la furia relacionada con la barbarie no hubo manera de encontrar una solución. “Estaban los que aparecían con cuchillo en mano, y era imposible tratar con ellos, porque podían arruinar el trabajo llevado adelante con el resto”, manifiesta el padre.

Igualmente, en un inicio, las complicaciones existían.

“Al principio, todo era mucho más difícil. La posibilidad de tener reyertas dentro del hogar era una realidad. Había algunos que se pasaban de uno a otro cuarto para golpear a alguien, y tenías que descubrir qué había pasado”, asevera.

En ese sentido, la población del lugar “ha cambiado sustancialmente”, como aprecia el propio Pepe.

Por un lado, muchos de aquellos que asistían en un comienzo fallecieron (“gracias a Dios, nadie por hipotermia”, dice el religioso), pero, además, hubo un entendimiento generalizado en la comunidad barilochense  acerca de que Emaús había llegado para ayudar sin pedir nada a cambio, sólo, precisamente, dejarse ayudar.

“En general, ahora todo es más tranquilo”, expresa el padre. “Y, por eso, los que están en la actualidad viven muchísimo mejor que los muchachos de antes”, añade.

La regla general, desde el origen del lugar, ha sido que alcohol, dentro, no se permite.

De esa manera, aunque esa es la problemática que destaca entre los huéspedes, nunca arriban con un envase, aunque sí con demasiados grados etílicos encima.

“Los he visto terminar de tomar la botella afuera, para después entrar”, afirma Pepe.

Pero, más allá de los que tienen problemas con el alcohol, entre los que pasan la noche en Emaús se incluyen individuos que recalan por los más diversos motivos.

En ese sentido, el padre cita el ejemplo de “los que vienen de otra localidad, buscando trabajo, y no pueden pagar un hostel, un hotel o lo que fuera”.

“El hogar, en un Bariloche que es oneroso por los costos que se manejan, siempre les sirvió a los que pasaban por la ciudad para dormir una o dos noches y seguir su camino, si, obviamente, aceptaban la realidad de que se trata, principalmente, de un lugar para gente alcohólica”, expone.

También advierte que suelen verse personas que quedaron sin trabajo o se separaron.

La diversidad, como se aprecia, es mucha.

Incluso estuvo presente durante la pandemia. 

“Mientras millones de instituciones cerraron sus puertas, nosotros permanecimos abiertos”, cuenta.

Se trabajo con un sistema de burbujas.

Pero reconoce que, en este tiempo marcado por el COVID-19, se perdieron ciertas cosas.

“Tanto el año pasado, como lo que va de este, el voluntariado prácticamente desapareció”, precisa.

Justamente, esa es una de las patas sobre las que se posa Emaús, por lo cual opina: “Debemos reconstituirnos y volver a empezar, pero la pandemia sigue…”.

“Tenemos que retomar las tareas que antes eran comunes. Muchos se acercaban y participaban de diversas actividades; algunos de ellos se quedaban a dormir y otros se iban, porque tenían su ranchito. Pero el trabajo en equipo siempre estuvo presente”, sigue.

Sobre la organización del lugar, detalla: “Somos un mix que funciona muy bien. Está la figura del Obispado, y también el municipio, que aporta catorce personas que trabajan con nosotros”. 

Mientras sigue brindando detalles, al explicar el modo de funcionamiento, se le cruza por la mente que, aquellos que suelen acercarse, no a pasar la noche, sino para retirar alimento, deberían contar con un trato más cálido. “Quizá tendría que haber más gente para hablar con ellos y ver cómo están…”, suspira, siempre pensando en el prójimo.

Te puede interesar