2021-07-25

A UN AÑO DE LA MUERTE DE MARIO RUIZ

El compañero que estaba a su lado: “Todo se empezó a mover y no dio tiempo a nada”

El hombre que estuvo junto a Mario Ruiz en su final fue quien también lo recibió en el cerro Catedral.

Oscar Arellano nació -dos veces, en 1959 y 2020- un 27 de julio.

“Conocí a Mario en 1987. Nos hicimos amigos enseguida. Yo estaba desde 1980. Ingresé en el momento en que se inauguró la confitería. Después pasé a trabajar en otra empresa del lugar: limpiaba los baños del estacionamiento y en la base de Princesa 1”, cuenta.

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“Cuando vino, me trasladaron a los embarques de las sillas: pasé a ser sillero, y él tomó mi puesto anterior de limpieza”, continúa.

“Le di una mano para que aprendiera el laburo, y se creó una amistad”, sigue.

El tercero desde la izquierda es Mario, en sus inicios en el cerro.

Luego, ambos avanzaron, escalando puestos.

Oscar recuerda que, por ejemplo, Mario “era muy hábil haciendo carteles, dibujaba muy bien”.

Así, Ruiz quedó como ayudante de patrulla para hacer la cartelería de pista.

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El camino siguió: ambos acudieron juntos a un curso en San Martín de los Andes. Era 1994…

“Siempre estuvimos unidos”, dice Oscar.

“Se formó un vínculo, más allá de ser compañeros de laburo”, añade.

“Primero, empecé enseñándole a él; después, terminó siendo mi profesor, porque era un tipo muy hábil, una persona inteligente, capaz, laburadora”, señala.

“Se preocupaba mucho por hacer las cosas bien, por algo llegó hasta donde estaba”, apunta.

“Pasó a ser mi jefe, era responsable, tanto en relación a la empresa como con los compañeros, con la gente que tenía a cargo. Se preocupaba de que no nos faltara nada”, dice.

Precisamente, en ese sentido, revela: “Cuando le ofrecieron el puesto de jefe, habló conmigo y dijo: ‘Si vos me acompañás, agarro; si no, no”.

– Claro que estoy con vos; agarrá tranquilo -le contestó.

 Mario, al medio. A los costados, Oscar y su hijo, Rodrigo Orellano.

“El último día, que me pidió subir a detonar y purgar el cerro, era mi cumpleaños, y subí igual”, cuenta.

“La montaña es muy dura. Existen laburos que hay que estar ahí arriba para saber de qué se trata. Él intentaba recompensar todo eso. Cómo jefe, era muy agradable”, manifiesta.

“Se habla de los riesgos… y los conocemos”, advierte.

“De hecho, tengo un video de 2017 de cuando fuimos a tirar explosivos en el mismo lugar, y se lo ve a Mario comentar: ‘Peligro es nuestro segundo nombre’… Seis de la mañana, con una bomba prendida en la mano, arriba de la montaña… Sabemos que corremos riesgos al hacer ese tipo de laburo”, admite.

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Enumerar las quebraduras y demás lesiones que sufrió en la avalancha que se llevó la vida de Mario ocuparía varias líneas… Pero eso no es lo que más duele: “De la cuestión física me repuse bastante, pero me afectó mucho la parte psicológica: estoy con tratamiento, medicado”.

“Cuando mis compañeros subieron, me di cuenta de que lo estaban buscando a Mario, y dije: ‘Si no responde…’. Porque lo que yo viví, con el arrastre de la avalancha, fue fortísimo. Todo se empezó a mover y no dio tiempo a nada… Pensé que me había agarrado a mí solo… Yo, si bien quedé enterrado, tenía la cabeza afuera. Como él no contestaba, me daba la idea de que podía haber perdido la vida… Lo sufrí muchísimo… Más que un compañero, o un amigo, era como un hermano, además de un profesional muy capacitado… No creo que tengamos otra gestión como la suya”, confiesa.

“Ahora lo recuerdo con todas las cosas buenas que hicimos, con lo que nos divertimos, con lo que charlábamos… Lo otro lo estoy procesando; gracias a Dios, y a los profesionales, bastante bien”, concluye.

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