2021-07-13

LOS CLAROSCUROS DEL POETA

Una cantautora chilena residente en Bariloche habla de Neruda

Pepa Díaz es una cantautora chilena que desde hace cuatro años y ocho meses reside en Bariloche.

“No sé si me quedaré para siempre, pero por ahora estoy bien acá, y no tengo planes de moverme”, dice.

Nacida en Rancagua, durante mucho tiempo vivió en Valparaíso. Ella explica que esa localidad está creciendo demasiado, con un tránsito intenso, lo que ya no le agrada tanto.

“Tenía ganas de buscar un lugar más tranquilo, y Bariloche tiene el punto medio entre ciudad y naturaleza, que era un poco lo que quería”, señala.

Igualmente, extraña Chile.

“Tengo muchos amigos y familiares en mi país, ya desde el sur, en Osorno, así que, cuando cruzo, me voy quedando en la casita de uno y de otro hasta llegar al centro del país, donde vive mi familia. Pero ahora hace casi dos años que no voy, por la pandemia. La última vez fue en diciembre de 2019”, explica.

Y entre los sitios que añora está, precisamente, Valparaíso, porque aquella ciudad portuaria, de la que decidió irse en busca de mayor tranquilidad, todavía ejerce sobre ella cierta atracción.

Una forma de acercarse mentalmente, a Chile en general, y a Valparaíso en particular, es la poesía.

“Recurro bastante a los poetas y poetizas chilenas. Hay muchos autores que me gustan, sobre todo cuando hablan de paisajes, en especial de Valparaíso”, suspira.

Y si hay un poeta que le escribió a esa ciudad, ése es Pablo Neruda.

En realidad, no solo le dedicó versos, sino que allí se encuentra una de sus casas.

“Siento el cansancio de Santiago. Quiero hallar en Valparaíso una casita para vivir y escribir tranquilo. Tiene que poseer algunas condiciones. No puede estar ni muy arriba ni muy abajo. Debe ser solitaria, pero no en exceso. Vecinos, ojalá invisibles. No deben verse ni escucharse. Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme. Ni muy grande ni muy chica. Lejos de todo pero cerca de la movilización. Independiente, pero con comercio cerca. Además tiene que ser muy barata. ¿Crees que podré encontrar una casa así en Valparaíso?”, le escribió Pablo Neruda a una amiga, con su particular estilo, donde lo lúdico empapaba la tinta. 

Finalmente, al poeta le llegó la noticia de la existencia de una obra gruesa inconclusa en el cerro Florida de aquella localidad.

El constructor, Sebastián Collado, había fallecido. Neruda, que concluiría la construcción, la bautizó La Sebastiana en su honor.

El poeta halló el lugar demasiado grande, así que decidió comprarlo junto con la escultora Marie Martner y su marido, el doctor Francisco Velasco. El escritor se quedó con los pisos tercero y cuarto, además de la torre.

Valparaíso es una ciudad que resbala de los cerros al mar. Los colores se esparcen en un desfile de casas. 

Hay ascensores funiculares que ayudan a la comunicación entre la parte baja y el sector alto.

Y están sus escaleras. Los escalones se multiplican por aquí, por allá y algo más, o, como definió Neruda: “Si caminamos todas las escaleras de Valparaíso habremos dado la vuelta al mundo”.

El aroma de esa ciudad, tan particular, de salitre, vida y muerte marina, que se junta con la humedad de la ropa colgada a secar a la intemperie, y la comida asada para consumir al paso en la zona portuaria, alcanzó las páginas nerudianas en el libro “Plenos poderes”. Allí, en su canto a un relojero porteño (“A don Asterio Alarcón, cronometrista de Valparaíso”), habla de “olor a puerto loco”, y también “a sombra, a estrella, a escama de la luna y a cola de pescado”.

Desde los ventanales de La Sebastiana, la vista de la costa de la ciudad es imponente.

Allí, el poeta pasó su último fin de año, el de 1972, y recibió, con la mirada puesta en el espectáculo tradicional de fuegos de artificio en el puerto, aquel 1973 en el que su vida se detuvo.

“Esa casa es mágica. Funciona como un museo, está en el punto medio de un cerro, al lado de una avenida muy transitada. Concurre mucha gente… De todo el mundo, se acercan a conocerla, así que produce una movida de actividad turística. Neruda vivió ahí muchos años, y siempre menciona en los poemas a su Valparaíso amado”, dice Pepa Díaz.

Esa magia de la que habla Pepa alcanzó incluso una presencia palpable, tal como refirió Francisco Velasco, copropietario de aquella edificación (su esposa y él eran dueños de la parte subterránea, el patio y los dos primeros pisos), en un libro titulado “Neruda, el gran amigo”.

En esa obra, el hombre reveló que, en una charla trasnochada, con el poeta habían tocado el tema de la reencarnación. Don Pablo advirtió que, en caso de que tal posibilidad existiera, le gustaría volver a la vida en forma de águila. 

Poco tiempo después de la muerte de Neruda, Velasco encontró un gran alboroto alrededor de La Sebastiana.

Los vecinos apuntaban a la parte alta de la casa, donde había vivido Neruda. Decían que algo raro ocurría allí.

Velasco subió con cautela. Al llegar al living, encontró un águila.

No pudo explicarse cómo había entrado, ya que todo estaba cerrado, y abrió el ventanal, para que saliera.

"Remontó vuelo y se perdió en la altura. Me vino inmediatamente a la memoria aquella vez que Pablo confidenció que, si hubiera otra vida, le hubiese gustado ser un águila", escribió Velasco.

Pepa Díaz, más allá de situaciones mágicas, considera que “Neruda es un escritor tremendo, muy valioso”. 

“Para nosotros, es un referente nacional, una persona muy admirada por su arte, que sobresalió entre los poetas chilenos y resaltó en la literatura mundial”, expone.

“Me parece fascinante la manera en que maneja el lenguaje, cómo construye realidades a través de la palabra”, apunta.

Igualmente, la admiración no evita que exista una sensación ambigua hacia la persona: “Hoy en día, me genera cierto conflicto”, afirma.

En ese sentido, desarrolla: “Se han dado a conocer situaciones de su vida que son bastantes reprochables, lo que ha hecho que, un poco, se me cayera el ídolo”.

“Por ejemplo, abandonó a una hija, que se llamaba Malva Marina y había nacido con una malformación”, manifiesta.

Malva Marina, hija de Neruda.

La referencia es a la única hija que tuvo Neruda, fruto de su relación con su primera esposa, María Antonieta Hagenaar, con quien contrajo casamiento en la isla de Java, cuando estaba como cónsul allí. La mujer era hija de colonos holandeses que llevaban siglos en el sudeste de Asia.
Aquel matrimonio terminó mal, con un Neruda que se escurrió y nunca tuvo signos de afecto a partir de que apreció que el padecimiento de la niña era peor de lo que temía.

La nena, que había nacido con hidrocefalia, murió a los ocho años, en Gouda, en marzo de 1943, alejada de cualquier muestra de afecto de un padre que había preferido olvidarla (o, al menos, eso parecería).
Pepa Díaz continúa con “el lado oscuro” de Neruda: “También se sabe que mantuvo relaciones con menores de edad, cosa que, si bien era común en la época, no deja de ser reprochable”.

“Además, tuvo actitudes que en ese momento parecían normales, pero, con la óptica de lo que sucede hoy, me parecen de machista”, añade.

Más allá de todo, aclara: “Tratando de separar eso, como poeta me encanta”.

“Para muchos de los que escribimos, Gabriela Mistral y él son como los baluartes de la poesía en Chile, donde hay muchos otros, pero ellos son los más importantes”, expresa Pepa, que es admiradora también de Vicente Huidobro.

La cantautora incluso reconoce haberse inspirado en un poema nerudiano ("Si tú me olvidas") para una canción ("Frágiles barquitos", y concluye que, más allá de sus claroscuros, nada quita que Neruda sea “una figura mundial, referente de la poesía en Chile”. 

Te puede interesar