2021-06-21

EL VERTEDERO: LA POSTAL QUE NO SE VE

“Nosotros somos lo peor de Bariloche, lo último, lo más bajo”

Integrantes de la "Olla ambulante" reparten comida caliente.

De pronto, llega otro vehículo.

También trae viandas.

Hoy parece que es un “buen” día.

Comida.

Comida de verdad.

No lo que suelen sacar de la basura.

La escena se desarrolla el mediodía de un sábado, en el vertedero municipal.

Primero, mayormente, es silencio.

Cierta confianza, tal vez; o el hecho de haber avivado la garganta con algo de alimento caliente… Vaya saber la razón, la cosa es que hay voces que comienzan a oírse, que cuentan cosas, no ya ese rumor por lo bajo entre ellos, ni el estallido gutural a lo lejos, al ver que alguien trae algo para llevar a la panza.

Con las chicas que son parte de la "Olla ambulante", ya tienen cierta confianza. Sobre todo, las mujeres.

Al pasar, por ejemplo, se escucha que una de ellas habla del tamaño de una rata que vio hace unos días.

Las jóvenes de la "Olla ambulante" no se espantan.

Se acercan un par de veces a la semana, a traerles algo rico y caliente.

En cuanto a los que vinieron en la camioneta “nueva”, desconocen quiénes son. Es la segunda vez que los ven. Solo saben que arriban con comida, y ellos la reciben.

Sin hacer aspaviento, agradecen.

Caminan, por acá, por allá, se acomodan en algún rincón y comen.

Por ahí alguno suelta alguna información al paso.

Una queja contra la comisaría 42, por ejemplo.

“Si algún vecino denuncia que estamos haciendo un fueguito, viene la policía, y, si te hacés el loco, te llevan y te cagan a palos”, se escucha por ahí.

El aroma fétido inunda el olfato.

El chillido de gaviotas y chimangos es el fondo sonoro habitual.

Revolotean en busca de desperdicios… Al igual que las personas rebuscan algo para reciclar y vender, o bien algún pedazo de comida.

Se ve una carpa que no llega ni a humilde, donde a veces se intentan resguardar del frío.

Dan ganas de preguntar, pero la intención no es molestar, ni acometer en el dolor ajeno.

Pero alguien se arrima y suelta: “Estamos tirados, por eso queremos que esto se haga público”.

Tres muchachos se ponen a conversar.

El menor de ellos tiene diecinueve años.

Dice que se llama Nehuen Huentenao.

Cuenta que viene a diario, desde las ocho de la mañana a las cinco o seis de la tarde.

El horario de llegada responde al arribo de contenedores. El joven quiere estar entre los primeros en ver si traen algo de cobre, aluminio, bronce, fierros, o cualquier chatarra.

“Lo que sea, para poder llevar algo a la casa y 'parar la olla'”, señala.

La hora de retirada, en tanto, es para poder alcanzar abierto algún negocio que compre lo juntado durante la jornada.

“Suelo venir con mi hermano, que tiene trece años. Vivimos con mi viejo. Los tres estamos desocupados. Busqué trabajo, pero no sale. Hacer esto fue lo único que me quedó. Tengo el secundario terminado, y no puede ser que ni así pueda 'rescatar' un laburo. He salido a tirar currículos, he hecho de todo… Sé de albañilería… En realidad, lo que sea, cualquier cosa que haga falta, la puedo hacer”, afirma.

Nehuen viene al vertedero desde hace tres años.

Vive en el barrio 2 de Abril.

Sueña con hacer una cooperativa de reciclaje, o algo similar, que lo coloque en un trabajo reconocido como tal, y no en un punto al margen de la sociedad.

Al igual que muchos de los que deambulan por el lugar, lleva un cuello grande y gafas. “Es por el humo tóxico que hay acá”, apunta.

Guillermo Díaz tiene treinta y ocho años. Explica que viene al vertedero desde que tenía quince.

Refleja que el sábado es una jornada rescatable, ya que algunas personas les traen comida.

“Los demás días, sacamos algo de acá y cocinamos; prendemos un fuego y hacemos lo que encontramos”, expresa.

Resalta, también, la necesidad de ropa de abrigo. Dice que en el invierno se pasa mucho frío, y solicita que cualquiera que pueda arrime algo.

A su vez, se queja de la organización de la Asociación de Recicladores Bariloche (ARB): “Desde que se formó, nos dejaron afuera; tiene que haber un recambio de gente, pero eso no sucede; hay personas que están desde hace una 'banda' de años”, asevera.

Y aclara que lo que dice no es para perjudicar a nadie, ya que considera que en el lugar “hay laburo para todos”.

“La mayoría de las cosas se pueden reciclar”, aprecia.

Igualmente, hay elementos que se valoran más que otros, claro.

“Cuando llega cobre es como si fuera oro… No nos peleamos, pero a veces discutimos, tironeamos para ver quién se lo lleva”, revela.

Nelson Yañez tiene treinta y dos años. Desde hace cuatro va al vertedero. Antes, realizaba tareas de albañilería.

Agradece a la gente que lleva una porción de comida caliente.

“Porque, si no, comemos la sobra de los demás”, subraya.

Detalla que tiene dos hijas, una de dos y otra de doce años.

“No las traigo, demasiado que tengo que venir yo… Pasar frío, mojarme…”, manifiesta.

“Pero también es por ellas. ¿Sabés hace cuánto que no me compro zapatillas? Prefiero comprarles a mis nenas”, remarca.

–Una todavía es muy chica, ¿pero la de doce sabe que venís acá?

–Sí…

–¿Te dice algo?

–Le da vergüenza que sea ciruja. Pero algo tengo que hacer. Antes de irme a escabiar o drogarme, prefiero venir a laburar, porque los que estamos acá somos gente trabajadora.

En cuanto a la visión que tiene la mayoría de la sociedad sobre ellos, es contundente: “Nosotros somos lo peor de Bariloche, lo último, lo más bajo: el vertedero”.

Antes de la despedida, se me ocurre preguntar si alguna vez vieron a algún político acercarse, para ver cómo estaban o darles una mano.

La respuesta, a coro, entre todos los que se han arrimado al lugar, es: “No, nunca”.

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