2021-06-08

VENTA DISPAR

En la Feria Sin Fronteras el trabajo fue según el rubro

Nazareno Maidana tiene un puesto gastronómico en la Feria Sin Fronteras, de Onelli y Santa Cruz.

Vende empanadas, hamburguesas y papas fritas, entre otras cosas.

El fin de semana, la gente no pudo comer en el tablón ubicado en el lugar, como suele hacerlo habitualmente.

Ante las medidas que estuvieron vigentes durante el fin de semana, los responsables de la feria acordaron que espacios como el de Nazareno abrieran, pero los clientes debían pedir la comida y llevarla, no quedarse a consumirla.

“Algo se vende, pero a veces las personas se molestan, porque quieren venir con la familia y compartir el plato acá, sentadas. Entonces les explicamos que es por la situación de pandemia en la que estamos, y, dentro de todo, lo entienden”, sostuvo Nazareno.

Ante esa modalidad, quienes venden comida, a la hora de cocinar, deben ser ligeros. “Tenemos que ser rápidos y sacar los pedidos, para que la gente no espere demasiado”, expresó.

Nazareno develó que la semana de las restricciones más estrictas, cuando la feria permaneció cerrada, para poder trabajar, hizo delivery desde la casa, con los clientes más fieles del puesto. "Me llamaban, y les cocinaba", contó.

“En general, el laburo viene flojo desde hace como veinte días. Al habernos cortado el horario, bajó mucho. Cuando cerrábamos a las nueve de la noche, era otra cosa, porque a eso de las siete y media de la tarde, venía a comer la gente que salía de trabajar”, apuntó.

Y, en medio de ese panorama de escaso trabajo, sabe que las cosas, de haber nuevas medidas restrictivas, pueden empeorar. “Tengo miedo de que cierren otra vez.... Nosotros nos cuidamos mucho. Estamos con el alcohol en gel y el barbijo”, aseveró.

Mientras Nazareno contaba que uno de los fuertes del puesto es la oferta de tres súper hamburguesas por quinientos pesos (con lechuga, tomate y huevo), en diagonal a él, Alicia Arismendi, desde un stand con artículos de librería, termos y guantes, bromeaba con la intención de que el muchacho se acomodara para la foto.

La situación de esa comerciante parecía radicalmente opuesta a la del gastronómico.

Si bien trabajaba menos de lo habitual, en el puesto del cocinero, algo de movimiento se observaba, ya que, más allá de las quejas de algunos que hubieran preferido sentarse a comer ahí, ir a comprar empanadas y comerlas en la casa no resultaba descabellado.

En cambio, Alicia tenía en claro que, a menos que la gente deambulara sin problemas por los pasillos del lugar, las perspectivas de venta eran escasas.

“Así no se trabaja nada. Esto es una feria, y tenemos que exhibir las cosas. No podemos estar metidos acá adentro”, protestó.

Cabe resaltar que los feriantes, durante el fin de semana, estuvieron obligados a permanecer dentro de sus puestos, sin sacar mercadería fuera de los cubículos. 

“Ni siquiera podemos poner algo para llamar la atención… Los que bajan línea nunca trabajaron en una feria; acá, de esta manera, nos morimos de hambre”, se quejó.

Todavía con la esperanza de que viniera alguna madre o padre en busca de un artículo que su hijo necesitara para el colegio (“tengo que ver si hago algún peso para poder comer”, suspiró), cuando el reloj marcaba que ya eran más de las doce, Alicia no había vendido nada.

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