2021-05-23

CAPERUCITA ROJA, LO QUE EL FUEGO DEJÓ

Cenizas de tristeza

A la altura del kilómetro uno de la avenida Bustillo, la tarde del domingo ofrecía un panorama desolador.

De Caperucita Roja, la emblemática casa de tejidos de la ciudad, tras la arremetida del fuego del día anterior, quedaba una estructura negruzca, donde algunos allegados a la dueña del comercio intentaban limpiar la tristeza transformada en madera quemada.

La propietaria, Cristina Fliess, una mujer mayor, vivía al lado del local, en una vivienda que también fue afectada por las llamas.

Ella y otras dos personas que allí residían, se trasladaron a la casa de unos familiares.

El sábado, el incendio comenzó alrededor de las 17. Unas personas que pasaban caminando advirtieron la situación, y le avisaron a Cristina para que saliera.

Si bien antes de las 20 el fuego parecía controlado, a las 21 se reavivó y se precisó que los bomberos retornaran al lugar.

Lo mismo volvió a ocurrir durante la madrugada (a la 1.30, una vecina observó nuevas llamaradas, y alertó de la situación).

Ya durante la tarde del domingo, mientras caían unas gotas de lluvia, algunos parientes de Cristina que viven en el mismo terreno, pero detrás de la zona afectada, revisaban los daños y trataban de ordenar lo que quedaba.

Conjeturaban que el origen del fuego podría haber estado relacionado con un calefactor, pero solo era una presunción; no tenían seguridad al respecto.

Cabe destacar que el negocio no funcionaba en plenitud desde hace alrededor de tres años.

Cristina prácticamente ya no fabricaba pulóveres, pero, cuando alguien llamaba a la puerta de ese lugar que había adquirido su padre, abría y le mostraba la mercadería que todavía conservaba.

De las artesanías en madera y cerámica, quedaba poco y nada, pero aún había algo de la ropa que le dio fama al lugar.

En otros tiempos, Cristina diseñaba los artículos, los cuales eran hechos por distintas tejedoras, y ella se solía encargar de darles los toques finales.

Podía ser un bordado, o quizá un botón, pero procuraba colocar algún detalle particular a cada pieza.

La tienda había abierto más de cuarenta años atrás.

Caperucita Roja, otros tiempos (foto gentileza).

Con cada cliente que tocaba el timbre, en general alguien que quizá había venido desde alguna otra ciudad (y tal vez país) con la encomienda de buscar un pulóver de Caperucita Roja (porque era una tradición en la familia que las visitas a Bariloche incluyeran un paso por ese sitio), el espacio se negaba a claudicar.

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