2021-04-20

EN LA CULTURA Y EN LA ENFERMEDAD

Vampirismo: de Drácula al COVID-19

Abraham Stoker, el autor de Drácula, falleció el 20 de abril de 1912, a los sesenta y cuatro años, de un accidente cerebrovascular.

Aquella novela, publicada en 1897, asociaría para siempre la figura del bebedor de sangre con el murciélago, uno de los animales en que podía convertirse el célebre conde.

Con el éxito, cuando comenzó a dársele una silueta gráfica, los ilustradores le otorgaron una forma que lo asemejaba a esa criatura, en el modo del delineado de las cejas, la forma de las orejas, el rostro en general, la capa casi como alas…

Los murciélagos, que lejos están de conformar un modelo de belleza, son una especie de reflejo figurativo del mal en el reino animal, con un temor hacia ellos, por parte de los humanos, casi generalizado.

Y, si les faltaba algo, se los señala como generadores del COVID-19.

Mucho antes de la salida de Drácula, ya existían referencias culturales a los vampiros.

Incluso, más allá de las obras de ficción, también había datos que hablaban de esas criaturas… pero en la vida real.

Hay bastante documentación del siglo XVIII donde se menciona que, en Europa central y oriental, se exhumaban cadáveres a los que se les atribuía haberse levantado de sus tumbas para estrangular y transmitirle una extraña enfermedad a sus víctimas, las que morían a las pocas horas.

Los lugareños, a los cuerpos que sacaban, les clavaban una estaca en el corazón y los incineraban.

Ante la relevancia de uno de esos casos, funcionarios del Imperio de los Habsburgo se acercaron a una aldea ubicada en la actual Serbia, y revisaron al desenterrado.

Entre otras anomalías, indicaron que tenía sangre fresca en su boca, además de haberle crecido las uñas y los dientes.

La desmitificación de aquellos hechos hablan de que las uñas y las piezas dentales, al contraerse la piel, pueden parecen más largas.

En cuanto a lo que le veían en la boca, sería líquido de purga, es decir el producto de la descomposición de los órganos, que suele aflorar por esa cavidad y también por la nariz.

La mezcla de esas historias, junto a la vida de Vlad III de Valaquia, un príncipe cruel del siglo XV (no por nada lo llamaban “el empalador”), habrían conformado la inspiración principal para Drácula, la novela de Stoker.

Desde la salida de ese libro, los vampiros siempre estuvieron presentes en la cultura popular.

Así, el cine se enamoró de ellos.

El listado de películas que los tiene como referencia es enorme, pero, a modo de ejemplo, basta citar a Nosferatu, el filme alemán mudo de 1922, dirigido por Friedrich Wilhelm Murnau.

Werner Herzog, el célebre cineasta nacido en Múnich, realizó en 1979 su propia versión de aquella cinta, a modo de homenaje, con Klauns Kinski en el papel principal.

Ya en el año 2000, se filmó una película titulada La sombra del vampiro, donde se jugaba con la idea de que, en realidad, en su vieja creación, Murnau habría contratado a un vampiro real, lo que explicaría la excelencia de las imágenes.

Como se dijo, el catálogo de expresiones cinematográficas relacionadas con los vampiros es por demás extenso, y constantemente se suman nuevos ejemplos (está, incluso, la versión quizá más fiel al libro de Stoker: el Drácula de Francis Ford Coppola).

Pero, por mencionar un caso que fue una explosión de taquilla, se puede traer a estas líneas a Entrevista con el vampiro, una obra pop por excelencia, de 1994. Por un lado, un ramillete de actores por aquel entonces jóvenes que suponían una garantía de éxito: Tom Cruise, Brad Pitt, Antonio Banderas y Christian Slater.

El director Neil Jordan, por su parte, venía de ganar el Oscar a mejor guion original por El juego de las lágrimas. Además, el filme fue escrito por la autora del libro en el que estaba basado: Anne Rice, artífice de numerosos bestsellers, entre ellos los que conforman sus Crónicas vampíricas.

Y, por si fuera poco, los Guns N’ Roses grabaron la versión de Simpatía por el demonio de los Rolling Stones que se escucha sobre el final.

Pero, en la vida real, existe un tipo de murciélago chupasangre muy lejano de los vampiros románticos de esa película. Hay una familia hematófaga (es decir que se alimenta de sangre) que, para intranquilidad de quienes leen esto en el sur del mundo, suele vivir en Sudamérica.

En realidad, es un grupo conformado por varias especies, todas bebedoras del líquido rojo.

Sus orejas son pequeñas, mientras que tiene dientes delanteros especializados en el corte (aunque los traseros son más pequeños que en otros murciélagos).

El sistema digestivo está adaptado a una dieta líquida, y la saliva contiene una glicoproteína (la draculina) que impide que la sangre de su presa se coagule.

El sector del cerebro que procesa el sonido sirve para localizar la respiración de los animales mientras duermen.

En algunos de ellos, la sangre humana forma parte de su dieta. 

En cuanto a las enfermedades que puede transmitir, el mayor riesgo, a causa de sus mordeduras, está asociado a la exposición a infecciones secundarias, parásitos, y la transmisión de virus como la rabia o el hantavirus.

Por otro lado, aunque existen muchas dudas acerca del origen del COVID-19, una de las posibilidades que se manejan con más fuerza es que provenga de un murciélago (incluso, tal vez, de una especie hematófaga).

Un reciente informe de la Organización Mundial de la Salud dice que es probable que el inicio haya provenido de un contagio directo de un animal a un humano. Ante esta opción, aunque quizá el transmisor haya sido un pangolín o un visón, casi todos los números están puestos en algún tipo de murciélago.

También se habla de que puede haber existido un animal intermedio entre el que desarrolló el virus y el humano, pero nuevamente el primero, que desplegó el mal, habría sido un murciélago.

Y, curiosamente, durante viejas pandemias -incluso anteriores a la “moda” ya citada de, en el siglo XVIII, ir desenterrando cadáveres para clavarles una estaca-, habían emparentado diferentes pestes con “muertos vivientes”, en la misma línea de los vampiros. Por eso, cuando fallecía alguien con quien se pensaba que había comenzado la enfermedad, para que la infección se fuera con él, en la tumba se lo colocaba boca abajo.

En la actualidad, lo que resulta extraño es que el COVID-19 no solo tendría su raíz en un murciélago, sino que su esencia pareciera una reformulación extrema del vampirismo, en dos sentidos del término.

Por un lado, en las narraciones fantásticas, un vampiro, si deja viva a su víctima, la transforma en un par, es decir en otro bebedor de sangre.

En el panorama actual, un contagiado, incluso hasta sin saberlo –si es un enfermo asintomático–, transfiere el virus por la cercanía, no mordiendo un cuello, pero sí, por ejemplo, con la saliva, a través de un beso, donde regresa el sentido erótico de la transmisión, al modo de la vieja literatura sobre el tema, con ese sentir pecaminoso que envuelve a la propagación del mal.

Y también está la característica vampírica en el propio virus, cuando decide que va a ser letal con determinada persona.

En ese punto, hablamos de vampirismo no en relación al beber sangre, sino en el sentido del dominio de un ser frente a otro, aunque, en este caso, hablamos del avasallamiento que tiene el COVID sobre determinado individuo, al ir oprimiéndolo hasta verlo desfallecer, ya sin aire.

Como se aprecia, la cuestión puede derivar en pensamientos múltiples.

Pero, a manera de cierre para este texto que nació con la efeméride de la muerte del autor de Drácula, qué mejor que traer a un argentino que, durante años, se movió por la vida como un inmortal: Charly García, quien, junto a Pedro Aznar, en el disco Tango 4, en un tema donde también participa Gustavo Cerati, llamado precisamente Vampiro, canta: “Aléjate de mis emociones, vampiro, porque ya no resisto más. Y aléjate de mis tentaciones, porque este cuerpo es mío, nada más”.     

Christian Masello

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