LAS GOLONDRINAS, FUEGO Y DESPUÉS…
Marcelo, a buen ritmo
Su nombre es Marcelo Rubén Cárdenas.
Tal vez la imagen de su terreno, con restos “óseos” vehiculares, fierros quemados y demás, haya sido “la” postal de lo que sucedió en la Comarca Andina hace poco más de un mes.
A todos llamaba la atención ese chapista que quedó en el fuego cruzado de dos incendios, en el paraje Las Golondrinas, uno iniciado detrás de su casa, que se encuentra al borde de un declive del suelo, y el otro que venía del lado opuesto de la ruta 40 y cruzaba el asfalto sin miramientos…
“Las llamaradas ‘caminaban’ por el medio de la ruta”, recuerda.
Aunque ciertos esqueletos de autos ya no están, todavía algunos permanecen, como estampa del horror.
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De catorce rodados, el día de la barbarie había podido salvar dos. Los otros quedaron reducidos a armazones sin sentido…
“Se derritieron hasta las cajas de cambio”, señala el mecánico. Solo el dueño de una camioneta Renault Kangoo, que había sacado de la concesionaria hacía poco y estaba en el taller por un pequeño choque, logró que el seguro le reconozca el incidente.
Con el resto, no se sabe qué pasará. Marcelo reunió las patentes y las llevó a la Municipalidad, como muestra de lo que había sucedido, con la intención de que el Estado les reconozca algo a los propietarios, pero desconoce si eso derivará en algún resultado positivo.
“Es cuestión de esperar”, dice. “Todavía no hay respuestas… Los tiempos son lerdos”, completa.
Cuenta que, menos en la jornada de los incendios, cuando las llamas lo hicieron tener que irse entre las 17.30 y las 23, siempre estuvo en el terreno.
Aún recuerda el “ruido” del fuego. “Esas cosas no se olvidan”, afirma.
Los primeros días, dormía en una de las “chatas” que alcanzó a salvar.
Luego, ya tuvo lista la vivienda donde ahora descansa.
En tiempo récord, con la ayuda de los amigos, incluyendo a un par de los dueños de los autos calcinados, que se arrimaron para darle una mano, tuvo lista una casita, que cuenta hasta con un entrepiso donde tiene su habitación.
“La gente no te deja de sorprender”, expresa, agradecido.
La edificación, hecha en madera, está donde, antes de que la naturaleza escupiera su saliva de fuego, Marcelo pensaba levantar una sala de ensayo.
Porque, más allá de su labor en chapa y pintura, posee su “corazoncito” musical: toca batería y bajo, y solía juntarse con amigos a zapar.
Le gusta tanto el rock y el blues como el jazz y el rock.
Puesto a lanzar nombres de músicos que admira, cita a Gustavo Santaolalla, León Gieco y Luis Salinas.
Gran melómano, el hombre afirma: “No te alcanzan los años de la vida para disfrutar de la música que se hace en todo el mundo”.
El fuego le llevó dos amplificadores, una guitarra eléctrica, un bajo (otro se salvó porque lo había prestado), una batería, una armónica y una trompeta, que era de su hija.
Pero las pérdidas no impiden que desee trabajar.
“Quiero armar el galpón, para seguir laburando”, cuenta, y señala ya una pared de ladrillos bien encaminada, que prepara un hombre con una pañoleta en la cabeza. Es Fabián Veloso, cuya historia merece formar parte de esta crónica.
Fabián es de San Martín de los Andes. Se divorció en diciembre de 2019, así que fue con sus cosas a la casa de la “vieja” y le pidió que lo “aguantara hasta marzo”. Ya se sabe lo que pasó en ese mes de 2020… Llegó la pandemia, y Fabián se quedó encerrado con la madre, a la vez que se le caían proyectos laborales.
Una semana antes de los incendios en la Comarca Andina, recibió la noticia de que el mecanismo de trabajo había vuelto a funcionar y lo convocaron para, en mayo, brindar cursos sobre el uso de placas de durlock en el armado de distintas instalaciones.
Ms allá de la alegría que eso significó para él, ver por televisión las imágenes del fuego descontrolado lo movilizó.
Empezó a publicar en las redes sociales si alguien lo podía acercar a la zona afectada, porque pretendía colaborar.
Como nadie respondió, siguió dándole vueltas al asunto…
Quería ir a la Comarca, como fuera…
Sus amigos lo vieron tan afectado que lo ayudaron para que se comprara un pasaje, así que hizo el trayecto en colectivo.
Al llegar, deambulaba entre la gente, preguntando quién necesitaba colaboración.
Muchos todavía no tenían con qué comenzar a levantar ni una pared.
Otros ya estaban encaminados y no había lugar para alguien más.
Hasta que encontró a Marcelo, quien recibió encantado la propuesta.
“¿Pero cómo te voy a pagar?”, le preguntó.
Fabián le dijo que él no tenía la intención de lucrar con eso, y enseguida se puso a ayudarlo a terminar de construir el baño de la nueva vivienda.
Ahora, está dedicado al taller.
Llegó hace una semana, y se quedará hasta el domingo 25 de abril.
Si fuera por él, permanecería más tiempo, pero, en San Martín de los Andes, lo aguarda el trabajo por el que tanto luchó.
“Sentí que tenía que venir, y acá estoy. Siempre que me propuse algo, lo hice. Más cuando se trata de esto… Ponele la firma que, cuando me vaya, el taller de Marcelo ya va a estar levantado”, sostiene.
Y así, como quien no quiere la cosa, se arrima y pide que, en caso de que se pueda, en la nota salga que si alguien tiene un bajo o una batería que no esté usando piense en Marcelo, porque a él, esas cosas, le vendrían más que bien…
No solo de chapa y pintura vive el hombre… También está la música, el fondo sonoro de la existencia.
Christian Masello/ Fotos: Facundo Pardo