2021-04-15

ALBERTO, EN BUSCA DE UN SÍMBOLO DE PAZ

La solidaridad impide que lo trague la garganta negra

Hay muchas formas de demostrar humanidad, y en distintos momentos.

Pero es probable que nunca sea mejor recibida que cuando te sentís al borde del abismo.

Y la expresión, en este caso, es literal.

Alberto Payllalef vive en el paraje Las Golondrinas, a la orilla de una depresión física de terreno, de gran profundidad, una especie de barranco que se muestra como una garganta negra, carbonizada tras los incendios que comenzaron el 9 de marzo.

Como otros pobladores, muerde el polvo de la bronca a solas, a la vera de una ruta que sirve de paso para comerciantes, turistas y personas que, en general, siguen su vida.

Pero, para estos vecinos, cada día pesa una eternidad.

Buscando algo de abrigo.

Pidiendo agua.

Viendo quién puede prestarles un grupo electrógeno, porque la luz, que en la Parcela 26 del paraje Las Golondrinas habían instalado entre los propios vecinos, también es cosa del pasado.

En este punto cabe destacar que antes de los incendios, para ellos, la ausencia estatal también era algo habitual.

Si no se hubieran dado maña, nunca habrían tenido esa energía que hoy extrañan.

Y el agua les llegaba a cuentagotas de un tanque australiano, aunque en el momento en que el fuego arremetió, como dice Alberto, hacía tres días que ese líquido estaba ausente.

“Ahora que ya se quemó todo, vienen y llenan el tanque… Es una burla”, protesta el hombre, dueño de unas rastas que lo hacen reconocible aun de lejos.

Si hay suerte, y se consigue un grupo generador, llega la cuestión de encontrar combustible para que funcione. Desde la Municipalidad están entregando algunos vales, pero la mayoría de los pobladores los consideran insuficientes.

Por eso es tan bien recibida la colaboración de quien decide hacer un alto en el camino para romper con el yermo al que ha obligado un destino sanguíneo de llamas y cenizas.

César Austin, por ejemplo, es electricista, y viene de Trelew, sitio del que es Alberto, quien llegó a Las Golondrinas hace unos diez años.

Se conocen porque el hombre de las rastas suele volver a su lugar de origen a trabajar como pintor de obra.

También realiza labores de construcción en distintas partes de la Comarca Andina, pero en Trelew desarrolla tareas con el fin de conseguir algo de diferencia monetaria “para pasar el invierno”.

Justamente, allá se encontraba el fatídico 9 de marzo.

“Me enteré y regresé al día siguiente. En el camino, ya me iba concientizando de lo que iba a encontrar”, suspira.

Y no halló nada, en realidad.

Al menos, no en pie.

Chau huerta, gallinero, la casa…

Gatos y gallinas habían perecido…

Hasta el querido parral era ya un recuerdo.

César Austin, al ver por televisión las primeras imágenes del fuego, pensó en aquel hombre de las trenzas contundentes, con quien había compartido labores.

Entonces, decidió ponerse en movimiento.

Su esposa, Dora, lo acompañó en la cruzada.

“Junto a otras mujeres de Trelew, en su mayoría jubiladas, ella ideó lo de hacer mantas solidarias, ensamblando restos de telas… Casi ochenta personas se juntaron”, cuenta César.

Así, por un lado, esas señoras se pusieron a coser a destajo, mientras el hombre comenzó a juntar material que consideraba que podría serle útil a Alberto, sobre todo en lo referido a lo que es electricidad, unas de las pocas áreas que el dueño de las rastas no domina.

Reunió cables, herramientas y un preciado grupo electrógeno, y con Dora y una pareja amiga recorrieron los casi setecientos cincuenta kilómetros que separan Trelew de Puelo.

En estos momentos recorren la zona afectada por el fuego, y, donde ven que más falta hace, dejan una manta solidaria.

Además, César se propuso respaldar en todo lo que pueda a Alberto.

“Quiero darle una mano en el inicio de los trabajos, un empujón para que se destrabe la cuestión anímica, porque eso, hoy, es un freno importante”, considera.

“¿Sabés lo que es estar quince años rompiéndote el alma para tener lo tuyo y que, de la noche a la mañana, se pierda todo?”, pregunta al aire, con la mirada fija en aquel compañero de rastas que, a los lejos, bucea entre los escombros… 

“Quiero asesorarlo… Es un tipo laburante… El asunto es estar cuando la gente lo necesita; los políticos solo se ven cuando precisan los votos, y ahora no están”, sentencia César.

“Observar esto es lamentable, produce una gran angustia. Cuando empezaron a conocerse las primeras imágenes, era inevitable que se cayeran las lágrimas… Esta gente ha quedado absolutamente en la ruina… Por eso decidí venir a ayudar”, expone.

Por ahí anda también Luis Molina, que lo acompañó en el viaje.

Viste un viejo mameluco de apicultor, que hace rato no se calzaba.

Es profesor de física y química, aunque ya está jubilado.

Devela que, conversando con Alberto, descubrió que una de las cosas que más extrañan en la región es el sonido de la radio...

Los aparatos que tenían fueron arrasados por los incendios.

Y por las noches falta la palabra de un locutor nocturno, las voces de los cantantes, algo de música a modo de compañía.

Luis se propuso conseguir radios en Trelew y, junto a arena limpia para que puedan utilizar en la reconstrucción de las viviendas, hacerlas llegar mediante un camionero amigo que emprenda próximamente el viaje desde allá.

Además, le prometió a Alberto que le enviará retoños de parra, para que vuelva a comenzar con la suya.

Mientras trata de levantar el esqueleto de su próximo hogar, Alberto duerme en una Trafic, al costado de la Ruta 40.

Ahora, mira los restos desperdigados por aquí y allá, y suspira: “El fuego me llevó todo...”.

Pero antes de que la depresión terrena que se abre a sus pies invada también su cabeza, llegan César y Luis, esas personas necesarias que la vida suele poner en el camino, y, a fuerza de prepotencia anímica nomás, logran sacarle una sonrisa.

Christian Masello/ Fotos: Facundo Pardo

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