ANTE LA PRISIÓN DOMICILIARIA PARA VÁZQUEZ, LA GENTE PIDIÓ JUSTICIA POR LUCAS
La procesión del dolor
Una vez más, la caminata lenta.
Arrancar desde Onelli y Brown, llegar a Moreno y girar hacia la izquierda.
Más adelante bajar a Mitre, y de ahí derecho al Centro Cívico.
Una vez más, la marcha que comienza con silencio, el cual luego tímidamente se rompe con un batir suave de palmas.
Una vez más, la señal de respeto al pasar por el hospital, con el cese de los aplausos.
Una vez más, el dolor generalizado marcado en los rostros.
Una vez más, la bandera que reza “Bariloche de pie. Justicia por Lucas Caro”.
Una vez más, el acompañamiento del pueblo barilochense, no sólo de los asistentes (esta vez, rondaron los doscientos), sino de aquellos que a los costados frenan su caminar, o los comerciantes que salen de sus locales junto a los empleados para acompañar el paso de la gente por la calle, o los conductores que frenan sus vehículos en las esquinas, para dejar paso al andar de esas personas acongojadas.
También, las redes, que abandonan las asperezas que suelen contaminarlas, y se unifican en un sentir solidario ante esta familia que llora tormento.
Una vez más, la hermana de Lucas, Agustina, sosteniendo la bandera, y haciendo fuerza para que no suceda lo del 28 de marzo, a un mes de la muerte del joven, cuando se destapó la estrella mortuoria en Bustillo y ella se abandonó en un desmayo que hablaba de la pena contenida.
Una vez más, Santiago, el más pequeño del clan, con un cartel del hermano que ya no está.
Una vez más, el papá de Lucas, Luis, que hace de tripas corazón porque le toca el papel de vocero del calvario, y se pone a hablar ante el periodista sobre cómo fue enterarse de que habían desestimado la reclusión en prisión para otorgarle el beneficio de la opción domiciliaria a Matías Vázquez: “Cuando me lo contó nuestro abogado, Raúl Ochoa, lo recibí muy mal, porque volvimos a sentir que esta persona tiene privilegios”, dice.
Afirma también que lo afectaron particularmente las declaraciones del letrado del acusado, Juan Pablo Álvarez Guerrero: “El abogado afirmó que su defendido no vio a Lucas… Dice muchas cosas que nos lastiman… Esa noche iban tres personas caminando juntas (también estaban la novia del joven, Aymará, y la mamá de la chica, Claudia Blasi)… No puede expresar que el conductor pensó que era un bulto, que había tocado algo con la parte de abajo del auto… Lo arrancó de la mano de la pareja…. Por diez centímetros no tenemos que lamentar la muerte de dos jóvenes, en vez de la de uno”.
“Esta persona está jugando con nosotros… No tiene sentimientos… No sé qué le habrá enseñado la familia, qué aprendió de la vida”, reflexiona Luis.
“Papá, ¿por qué él tiene el privilegio de jugar con su hijo y yo no puedo hacerlo con mi hermano?”, le preguntó Agustina hace unos días.
“¿Cómo hago para responderle?”, se pregunta ahora el hombre, en medio de una nueva marcha pidiendo justicia.
Luis apunta que no entiende cómo el juez indica que no hay peligro de fuga, cuando Vázquez, tras pasarlo por arriba a Lucas, se fue a su casa, durmió y, cuando lo fueron a buscar, trató de embarrar la cancha.
“Como padre, a pesar de que me arrancaron un hijo, trato de mantener el perfil de paz de la familia. Si yo me hubiera vuelto loco, Lucas me habría recriminado: ‘Vos no sos así, papá’… Lo único que queremos es que Vázquez pague lo que tenga que pagar”, señala.
“Deseo que los jueces sean imparciales, y se pongan a pensar que están juzgando la muerte de un hijo, no de un animal”, sostiene.
Luis menciona que Vázquez, antes de atropellar a su hijo, “salió alcoholizado de una fiesta con gente importante, pudiente”.
Una vez más, sentir dudas acerca de la justicia, sobre si realmente tiene los ojos vendados como para no inclinar la balanza hacia uno u otro lado, en especial cuando una de las partes intervinientes tiene vínculos con el poder local.
Una vez más, la bronca masticada.
Una vez más, esperar que todo cambie.
Una vez más, la espera de un atisbo de luz que haga creer que acá no hay privilegio que valga.
Una vez más, las lágrimas contenidas de Verónica, la mamá de Lucas.
Y mientras el caminar sigue, una escena a un lado capta la atención del cronista. Afuera del shopping, un niño de unos seis años le pregunta a su padre qué pasa, por qué toda esa gente camina por la calle con carteles en sus manos. El hombre, que no oculta la verdad, con un tono de voz suave le explica que están solicitando que se haga justicia, porque hubo un joven al que atropellaron, mataron y dejaron abandonado. “Ves… es ese muchacho, el de la foto”, le dice, señalando la bandera que encabeza la marcha. Y el pequeño asiente y se queda quieto, mirando la procesión, en una posición respetuosa.
El reloj del Cívico marca las 18.30 cuando los manifestantes atraviesan las arcadas.
Una vez más, el padre agradece a la gente reunida.
“No queremos que lo que pasó con Lucas se vuelva a repetir”, expone, para luego continuar: “Lo que está sucediendo me está dando más fuerzas para luchar por todos los jóvenes, para que puedan salir a caminar y disfrutar sin que aparezca un loco enfermo y les saque la vida, como le pasó a Lucas”.
Luego Blasi, la mamá de la novia del joven muerto, atina a decir: “Aquella fue una noche terrible… Creo que esa gente no piensa ni un segundo en lo que sucedió, en lo que pasamos. Seguiremos luchando, con el apoyo de todos… Nunca imaginamos estar de este lado. Creés que nunca te va a tocar… Nosotros simplemente salimos a cenar, y en un segundo nos arrebataron todo… Pedimos que no se vuelva a repetir, y que esa persona esté donde debe estar”.
Una vez más, el largo regreso a una casa donde la ausencia pesa.
Una vez más, pensar en lo inexplicable.
Una vez más, preguntarse en mil ocasiones ¿por qué?
Una vez más… ¿pero hasta cuándo?
Christian Masello / Fotos: Facundo Pardo