UN ENCUENTRO CON EL SUBSECRETARIO DE TRÁNSITO Y TRANSPORTE
Alcohol al volante y otras yerbas
El reportero gráfico sopla en el alcotest, un pequeño aparato algo más grande que una afeitadora, que en su punta, en vez de cuchillas eléctricas, posee un miniembudo.
El subsecretario de Tránsito y Transporte municipal, Martín Trebino, lo observa y bromea: “Si le da rojo, estamos en el horno…”.
La escena sucede por la mañana temprano, en la oficina del funcionario, ubicada en la sede de la entidad (calle San José s/n).
Por suerte, el soplido del fotógrafo entrega un verde en la pantallita del equipo, y la entrevista puede continuar sin sobresaltos.
“Esto detecta si hay o no alcohol, nada más”, explica Trebino, para luego añadir que, en caso de un positivo, lo que continúa es el uso de un alcoholímetro -para determinar el grado de alcohol que tiene el individuo testeado-, que requiere la homologación del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI).
En el alcotest se emite un soplido, sin que la persona relevada tenga siquiera que tocar el adminículo, ya que lo sostiene el inspector a cargo de la operación (incluso cuenta con una especie de alargue, para hacerlo a una distancia prudencial, lo que facilita analizar, por ejemplo, a alguien que esté encima de un camión).
Igualmente, el titular de Tránsito resalta que “el COVID no es un virus volátil”, lo que impediría cualquier tipo de contagio al acercarse al aparato, por más que lo haya utilizado alguien contagiado.
Pero aclara que, por precaución, ante cada uso, se le coloca alcohol en aerosol.
El alcoholímetro, en cambio, como es manipulado por cada usuario, a quien se le entrega una boquilla descartable en una bolsita cerrada herméticamente, que, tras sacarla del envoltorio, debe colocar en el equipo en cuestión, requiere una desinfección especial.
Tras ser utilizado, se pone durante al menos sesenta segundos en una especie de horno con una luz UVC germicida.
El municipio adquirió dos unidades de Alcotest 5000, de la empresa Dräger, una compañía de origen alemán con reconocimiento internacional, aunque, por el momento, solo está utilizando uno.
Eso tiene que ver con que, en la actualidad, se cuenta únicamente con un alcoholímetro en condiciones de ser usado, por más que el municipio posee otros tres.
Uno de ellos lo donó hace bastante tiempo la empresa cervecera Quilmes, y los restantes los entregó en comodato la Agencia Nacional de Seguridad Vial.
Sucede que dichos aparatos deben ser homologados por el INTI, ya que, caso contrario, la medida que ofrecieran respecto al alcohol ingerido no serviría para su posterior reconocimiento.
Y, en este momento, el que está en uso lo hace a partir de una prórroga que se obtuvo para su nueva homologación, y los otros se encuentran a la espera de que les toque el turno para ser revisados, ya que el INTI, a partir de la pandemia, está funcionando “a cuentagotas”.
El alcotest otorga la ventaja de hacer más rápido un operativo de alcoholemia donde se intervenga sobre varios conductores, ya que, ante el soplido de cada cual, en el instante ya se sabe si consumió o no alcohol, y, en caso de no haberlo hecho, la persona puede proseguir su camino sin la necesidad de que intervenga el alcoholímetro, el cual sí requiere de un mayor tiempo, ya que involucra la demora de la colocación y posterior extracción de la boquilla, y luego la desinfección por la lámpara germicida.
Justamente, ese esterilizador de luz UVC arribó a la ciudad hace cuatro meses, y, a partir de ahí, y de la prórroga de la homologación del alcoholímetro, se reanudaron los controles de alcoholemia, cerca de las fiestas de fin de año, ya que antes, desde la declaración de la pandemia, no se habían podido ejercer dichas inspecciones, porque se carecía de las medidas sanitarias debidas.
Pero, con la posibilidad de purificación que otorga ese desinfectante, las revisaciones retornaron.
En cuanto al límite de alcohol permitido, Trebino expresa: “En Bariloche, es de 0,50 miligramos por litro de sangre, por más que en la provincia haya tolerancia cero, ya que, en ese sentido, tenemos autonomía”.
“Al ser una localidad turística y gastronómica, a la vez que un polo cervecero, dimos ese grado de tolerancia, que, como se ha comprobado en mucho lugares del mundo, no atenta contra los reflejos. Aunque, en el caso de alguien con un carnet profesional, el límite sí es cero, no puede haber bebido nada de alcohol; eso sería, por ejemplo, en el caso de un taxista o un remisero”, aclara.
Y precisa que la multa más alta, de ciento cuarenta mil pesos, corresponde a quien se niegue a realizarse el examen de alcoholemia.
Trebino informa que los puntos de registro varían, ya que, como la ubicación del sitio de vigilancia suele esparcirse rápidamente a través de los grupos de WhatsApp, si las inspecciones se hicieran dos días seguidos en un mismo lugar, los conductores que hubieran bebido, avisados sobre la localización, utilizarían otra vía para evitar ser detectados.
Desde el reinicio de los operativos, el funcionario municipal aprecia que “la cantidad de positivos ha bajado sustancialmente”, y cita como ejemplo que, en el último fin de semana (que fue el debut del alcotest), se revisaron a setecientos cincuenta conductores, de los cuales once dieron positivos de alcohol, mientras que, en otros tiempos, ante un número similar de revisión, se detectaban al menos cuarenta que pasaban el límite de lo permitido.
“Existen una serie de elementos que se conjugan. Por un lado, hay un nivel de conciencia que aumenta. Pero también es verdad que la situación económica complica la adquisición de bebidas”, manifiesta.
En ese sentido, apunta que tal conclusión proviene de varios datos relacionados.
Así, cita que, entre los setecientos cincuenta autos que se revisaron durante el fin de semana, más allá de esos once casos de alcoholemia mencionados, se retuvieron cuarenta y cinco vehículos por falta de documentación.
Algunos de los conductores no poseían licencia, otros la tenían vencida, y varios no contaban con seguro.
El titular de Tránsito vincula esas carencias con la falta de dinero entre los ciudadanos.
“La gente no tiene plata, pero igual sale a manejar… Me parece que hay una situación económica que está en relación a lo que sucede”, interpreta Trebino.
“Antes había mucho menos gente que manejaba sin seguro o licencia, y más personas que tomaban y conducían; ahora, mientras hay menos alcohol al volante, se acrecentó el número de quienes no cumplen con las disposiciones administrativas legales”, añade.
En cuanto a los valores que tienen los aparatos que se están utilizando, expuso que cada Alcotest 5000 Dräger sale alrededor de doscientos veinte mil pesos, en tanto que un alcoholímetro cuesta mil ochocientos dólares.
Los alcotests provienen de un convenio por el que un porcentaje de lo que se abona (cuando hay que tramitar la licencia) por el Certificado Nacional de Antecedentes de Tránsito (CENAT) se remite a la Municipalidad, no en efectivo, sino en equipamiento relacionado con la seguridad vial.
En relación a lo que sucede con aquellos que cruzan semáforos en rojo, a partir de lo que se observa con las fotomultas, Trebino considera: “El número ha bajado, pero igual sigue siendo alto”.
De esa manera, destaca lo que pasa en Bustillo donde se encuentra el desvío hacia el Catedral, punto en el que se registran alrededor de mil quinientos cruces indebidos de semáforo por mes. “Es una barbaridad”, sostiene.
Y también recalca que una esquina donde sucede algo similar es la de Quaglia y Moreno.
En cuanto a la velocidad en la que se maneja en la ciudad, apunta que “está bajando, por suerte”.
“Las únicas vías en las que se puede circular hasta sesenta kilómetros por hora son la costanera, Bustillo, Pioneros, Esandi y Herman. En el resto de Bariloche, la máxima es de cuarenta”, aclara.
En cuanto a la pintura con la señalización de los carriles en el asfalto, que se está realizando en estos días, asevera que es una necesidad, ya que “solo con tecnología no se completa el cuidado del tránsito”.
Así, opina que al estar señalizados, el noventa y nueve por ciento de los conductores toma conciencia que tiene que ir por un carril u el otro, no por el medio.
“Pintar las calles, fundamentalmente, implica ordenar la ciudad”, sostiene.
Christian Masello/ Fotos: Matías Garay