2021-03-25

"ERA UN PADRAZO"

Germán, hijo de un desaparecido, cuenta la historia de su familia

Germán Schwartz nació en 1967.

Hoy cuenta con varios años más de los que tenía Julio César, su papá, la última vez que lo vio, el 1° de abril de 1978, en El Bolsón. 

Durante la marcha del 24 de marzo, a cuarenta y cinco años del golpe que instauró la última dictadura que hubo en la Argentina, Germán, en Bariloche, iba al frente portando la pancarta de H.I.J.O.S., como una especie de abanderado del dolor.

Su historia personal está marcada por la violencia.

Referirse a los setenta, para él, es hablar de una pérdida que ha signado su vida.

“Para nosotros, en realidad, todo empezó antes del golpe. Vivíamos en Banfield, en el conurbano bonaerense, y una patota de la policía federal, acompañada de un grupo de civiles que nunca supimos si era de la Triple A o la CNU, nos desvalijó la casa”, cuenta.

Y acá vale una aclaración.

Aquellos que, quizá por una cuestión de edad, no estén empapados en la violencia setentista tal vez no sepan de qué se habla cuando se mencionan algunos nombres y siglas.

La Triple A hace referencia a la Alianza Anticomunista Argentina, un grupo parapolicial gestado por un sector del peronismo, el sindicalismo, la policía federal y las fuerzas armadas, con vínculos con una logia italiana llamada Propaganda Due (P2).

Se dice que su creador y jefe fue José López Rega, el “Brujo”, un personaje oscuro vinculado a María Estela Martínez y Juan Perón.

Pero hay quien afirma (como el exmontonero Miguel Bonasso) que el verdadero autor intelectual de la Triple A fue el propio Perón.

CNU, en tanto, son las iniciales de la Concentración Nacional Universitaria, una organización terrorista fascista, también vinculada a una de las patas del justicialismo.

En definitiva, ambas, la Triple A y la CNU, eran agrupaciones de ultraderecha que perseguían a la izquierda en general, y, en particular, al peronismo revolucionario.

Muchos de los integrantes de una y otra, tras el golpe del 76, fueron a parar a los grupos de tarea de los militares.

El asunto es que la vivienda de los Schwartz fue desvalijada.

El padre de Germán pertenecía al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), y a su brazo armado, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), de tendencia marxista.

La pareja de Julio, Ana María Portas, también había militado, pero cuando tuvo a Adriana, y trescientos sesenta días después a Germán, ya no lo hizo, porque se abocó a la crianza de los pequeños.

“Hasta el día de hoy, hablar con mi mamá de aquella época es difícil, porque es muy triste para ella, y se pone mal”, señala Germán.

Pero dice que, por lo que pudo sacar de las conversaciones esporádicas donde se trató el tema, sus padres “estaban convencidos de que era posible un cambio social, por la coyuntura política que se vivía en Latinoamérica”.

Así, menciona a la Revolución Cubana, que había llegado al poder en 1959, y a Salvador Allende, que, en Chile, tras ser elegido presidente a través de las urnas en 1970, fue derrocado por un golpe militar encabezado por Augusto Pinochet.

Ana María y Julio consideraban que el socialismo que afloró en aquellos países (que en el territorio trasandino duró sólo tres años) se podía dar también en la Argentina, “para que no hubiera explotadores ni explotados, y que no existiera imperialismo dentro de la patria”, como alguna vez le contó, a Germán, su mamá.

Tras el atropello al hogar de Banfield, la familia decidió ir al exilio interno, es decir fronteras adentro, como una forma de guarecerse.

En Bariloche vivía una tía abuela de Julio, así que él pidió el traslado en el Banco Nación, donde trabajaba, y rumbeó para estos pagos.

Primero, vino junto a su mujer. Los niños quedaron al cuidado de los abuelos maternos, mientras terminaban el año de primaria que cada uno cursaba (la niña iba a segundo; el nene, a primero).

Luego, acompañados por la abuela, también desembarcaron en la ciudad.

Germán recuerda que hicieron el viaje en tren, en un trayecto que se extendió por casi dos días.

Si bien los Schwartz decidieron dirigirse al sur por el vandalismo que habían sufrido, en aquel hecho donde les robaron desde los muebles hasta las sábanas de puntilla, incluyendo el tocadiscos, la cámara fotográfica, la vajilla y un largo etcétera, no imaginaban que la situación, poco después, se pondría peor.

La prueba es que Julio solicitó su traslado de un modo normal, no recurrió a la clandestinidad ni huyó sin decir a dónde iba.

“Después del golpe, se empezó a hablar de secuestros, torturas, desaparecidos… entonces, mi viejo, por razones de seguridad, renunció al banco, y marchamos hacia El Bolsón”, rememora Germán.

En la Comarca Andina, Julio se asoció, durante dos años, con el dueño de un hotel a medio armar.

Él aportó un dinero proveniente de la venta de la casa de Buenos Aires y se encargó de equipar el lugar.

Para aquel entonces, ya no militaba; el ERP había sido desarticulado.

“Muchos de los integrantes de la agrupación se fueron al exterior, o se exiliaron dentro del país, como mi familia”, explica Germán.

En cualquier caso, su papá, en ese momento, ya no perseguía activamente la revolución socialista, pero, en El Bolsón, se había comprometido, a partir de su intervención en el hotel, con la Cámara de Turismo de la ciudad. 

El contrato que lo unía al empresario hotelero terminó el 31 de marzo de 1978.

Al día siguiente, la familia se trasladó a una casa que había adquirido recientemente.

Todavía, en la vivienda, había detalles por arreglar.

Por ejemplo, unos cueritos para las canillas del baño.

Así que, junto a un vecino amigo, Julio partió a realizar una compra en la ferretería.

En su ausencia, llegaron a la casa dos hombres.

Uno que aparentaba ser de la misma edad de Julio, que en aquel entonces tenía treinta y ocho años; el otro, un poco más joven.  

“¿Está el gordito? Somos compañeros del secundario”, le dijeron a Ana María, quien les explicó que su marido había salido a hacer una compra.

La mujer incluso se disculpó por no ofrecerles café, ya que recién se habían mudado, y todo estaba a medio desembalar.

Lo único extraño que notó fue que el menor parecía algo nervioso.

Dijeron que volverían por la tarde, y se marcharon.

En realidad, con el Falcon verde se ubicaron cerca de la casa.

Cuando Julio regresaba con el vecino, interceptaron el auto y se lo llevaron.

“Al otro día, fuimos a Bariloche y, en el primer vuelo, salimos para Buenos Aires”, rememora Germán.

Allá, iniciaron el derrotero que solían hacer los familiares de desaparecidos. “Íbamos a todos lados, para averiguar su paradero, pero no había respuestas…”, apunta.

Atando cabos, mucho después, los familiares recordaron que Julio había concedido una entrevista a una revista nacional, como parte de la Cámara de Turismo, y quizá, a partir de allí, los militares detectaron que se encontraba en El Bolsón.

Por testigos, la familia supo que lo habían llevado al centro clandestino de detención denominado El Banco, en La Matanza.

Llegó el mismo día de su secuestro.

Es decir que lo trasladaron, en auto, hasta Bariloche; luego, en la misma jornada, por avión, a Buenos Aires.

Cuando El Banco dejó de funcionar como sitio de reclusión y tortura, en agosto de aquel mismo año (1978), varios de los secuestrados fueron trasladados a El Olimpo, otro sitio tenebroso, en el barrio porteño de Floresta.

Germán manifiesta que la mayoría de los que no llegaron al nuevo centro clandestino de detención tuvieron como destino las aguas del Río de la Plata y el mar, arrojados desde un avión, tras ser adormecidos con alguna sustancia, como pentotal o ketalar, en lo que se recuerda como “vuelos de la muerte”. 

Sabe que si la trayectoria que tomó el camino de su papá fue aquella, jamás podrán encontrar sus restos. “Pero, en este momento, eso no es lo más importante… Lo llevo en el corazón”, afirma.

La familia, en los años que siguieron, vino a la zona varias veces.

Solían parar en una chacra de unos amigos, en Mallín Ahogado.

Cuando estaban en El Bolsón, siempre surgía la esperanza de ver a Julio, tal vez vagando, “como si lo hubieran golpeado y no recordara quién era”, expresa Germán…

En 1990, el muchacho aterrizó en Bariloche, ya con la idea de probar suerte y ver si se podía quedar en el sur.

A los dos años, trajo a su pareja, y aquí formó su familia.

Tiene tres hijos (uno lo acompañó en la marcha por el Día de la Memoria), con los que suele conversar acerca del abuelo desaparecido. “Siempre hablamos de él; lo poco que pude vivir con mi viejo se los cuento”, apunta, y asegura que atesora en la memoria imágenes de los viajes que hacía junto a su papá, desde El Bolsón a Bariloche, en busca de alguna cosa que se necesitaba en el hotel de la Comarca…

Foto: gentileza de Noelia López

En la actualidad, tanto él como su hermana trabajan en el banco Nación de Bariloche, como alguna vez lo hizo el padre.

Precisamente, hace tres años, en la calle Mitre, se colocó una placa en recuerdo de Julio, afuera de la sucursal de la entidad bancaria.

Todo se trata de colaborar en la memoria colectiva.

“Era un padrazo… Lo recuerdo con todo el amor del mundo”, concluye Germán.

Foto cedida por Germán Schwartz

Christian Masello/ Fotos: Fabio Hernández (salvo donde se indica)

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