EL CHAPISTA QUE SE QUEDÓ SIN NADA
Cementerio de autos calcinados
El paraje Las Golondrinas muestra un panorama desolador.
En algunas partes, todo está quemado; y, en otras, la furia del fuego dejó la marca de retazos incinerados, caminos fortuitos de la bravura de las llamas.
Menos la solidaridad de la gente, que se arrima a ayudar, y acerca abrigo, alimentos e incluso medicamentos, todo es triste. El paisaje devastado y la angustia de los damnificados se retroalimentan en el desconsuelo.
En el marco de ese contexto, el forastero que, en su vehículo, surca la Ruta 40, al observar hacia un lado, queda impactado. Un hombre gesticula, mientras mira un cementerio de autos calcinados.
Bronca y desesperanza se enredan en ese perfil que reniega y, a la vez, aunque suene incongruente, acepta la aplanadora caliente que le pasó por encima.
“Hay que resignarse, hermano… Esto supera a cualquiera”, suelta el chapista Marcelo Rubén Cárdenas, apenas se está frente a él. Luego, comienza a desatar recuerdos del martes fatídico: “Yo veía el incendio, que estaba arriba, en el cerro, pero no le daba mucha importancia, porque en el taller tenía varias cosas para hacer. Pero vino un vecino y me gritó: ‘¡Vamos!, que se viene el fuego’. Y ahí noté que, del otro lado de la ruta, ya una casa estaba ardiendo”.
“Alcancé a sacar del galpón una agujereadora y una amoladora, y me fui… No se podía estar… Las llamas que estaban enfrente cruzaron la ruta”, relata.
“Eso fue por la tarde. Alrededor de las 23, volví, y pasé la noche en mi 'chata'”, dice, y esa “chata” es uno de los dos vehículos que logró salvar.
Los doce restantes yacen como víctimas mecánicas. El chapista suspira: “Acá también tengo mi vivienda… bah, tenía...”. Y señala, en el terreno, el muñón de lo que, hasta hace poco, fue una pequeña casa.
Al momento de marcharse, cuando ya consideró inevitable la llegada del fuego, vestía una remera y un pantalón. Después, le acercaron un pulóver y una campera, lo que lleva puesto en este momento. El resto de su ropa, ahora, es ceniza.
Marcelo es de Trelew. En el año 2000 desembarcó en la Comarca Andina. Primero montó su taller en El Hoyo, donde se quedó diez años. Luego, aterrizó en Las Golondrinas. Y piensa quedarse allí.
“Lo primero que voy a hacer, mañana, es ponerme a armar un lugar donde dormir, aunque sea un ranchito de cuatro por cuatro… para pasar el invierno… Necesito vivir en algún lado… y tengo que laburar también, así que después veré cómo preparo el galpón”, expresa.
“Acá hay mucha gente solidaria… Ya me ofrecieron madera, y tengo chapas para el techo… Voy a tener que levantar algo, para refugiarme, porque pronto vendrá el mal tiempo”, indica.
Y habla de lo que sucedió con los vehículos: “Responder por todo esto es imposible”, manifiesta, mientras gira sobre sus talones y señala los restos “óseos” de los coches.
“Hoy vino el dueño de una camioneta que tenía apenas un mes de uso… Había chocado de frente. Ya se encontraba prácticamente lista. Las piezas nuevas estaban preparadas, y le había pintado el guardabarros y el capot. Se la iba a entregar mañana", expresa. "El hombre va a averiguar por el tema del seguro, a ver qué le dicen”, cuenta.
“Debo ver qué arreglo con todos los propietarios de los autos… No tengo idea sobre lo que va a pasar”, apunta, con un dejo de preocupación que apenas altera el concepto de resignación que había delineado al principio y, ahora, confirma con un: “Lo que pasó no es algo que me sucedió solo a mí, sino a todos…”.
Contacto
Aquel que desee comunicarse con Marcelo, para acercarle algún tipo de ayuda (“Todo será bienvenido, cualquier cosa: herramientas, lo que sea…”), puede llamar al 2944134702.
Christian Masello/ Fotos: Matías Garay