2021-03-11

LA HISTORIA DE UN BRIGADISTA

Acababa de salvar dos casas del fuego, y las llamas consumieron la suya

Los ojos cristalinos de Ángel Oyarzo están empañados.

Camina despacio alrededor de las cenizas de lo que hasta hace poco fue su casa, junto a la Ruta 40, en el paraje Las Golondrinas.

Su caso es doloroso como el de todos aquellos que perdieron su vivienda.

Pero conmueve particularmente cuando se le escucha explicar que, el martes por la noche, en el momento en que su mujer lo llamó para contarle que el fuego estaba demasiado cerca de la propiedad, él se encontraba luchando contra las llamas en otro sector, porque es brigadista.

Con un compañero, Ángel veía perecer edificaciones entre las llamas, pero estaba contento porque habían conseguido evitar la destrucción de un par. La llamada de su esposa, Sandra Argel, lo hizo precipitarse hacia su hogar.

“Cuando llegué, el fuego todavía no lo había prendido todo, pero después…”, cuenta el hombre, sin poder culminar la frase.

Sandra, ante la cercanía del fuego, se había visto obligada a dejar la casa.

Con ella estaba Martina, la hija menor del matrimonio.

La adolescente cuenta: “El fuego venía de atrás: primero era chico, pero se elevó mucho, y se acercaba con rapidez”. 

Su mamá se encuentra donde hasta hace unas horas se hallaba la puerta de entrada, y da la bienvenida como si estuviera por franquear el paso… pero, tras ella, ya no quedan más que escombros.

“Acá estamos, bien… bah… es una manera de decir, con todo lo que hemos pasado…”, saluda Sandra.

Y se pone a relatar la barbarie del fuego: “Las llamas se veían ahí nomás… salí con mi hija, y llamé a mi marido para que viniera”.

Ángel había regresado a Las Golondrinas hacía dos días, porque tuvo que combatir el incendio de Corcovado, otra localidad chubutense.

“Él conoce de estas cosas… Siempre salvó casas de otros, pero ayer no pudo salvar la propia”, suspira Sandra.

Ángel relata: “En ese momento pensás de todo… Lo primero, obviamente, era intentar proteger la casa, con las cosas que había adentro… Pero no logramos rescatar nada”.

La vivienda estaba conformada por dos plantas: arriba, cuatro habitaciones; abajo, una cocina, una pequeña despensa, el baño y un living comedor. Además, había un galpón y un aserradero.

Cuando Ángel arribó al lugar, el fuego todavía no había arrasado con todo, pero, apenas llegó, las llamas alcanzaron el techo y fue imposible controlarlas.

“No nos dio tiempo a nada”, se lamenta.

“Entré y quise subir por la escalera, pero se caía todo, así que salí y cerré la puerta”, detalla.

En el aserradero que se ubicaba en la parte trasera del terreno, había un tractor, que ahora descansa su sueño eterno; servía para mover troncos.

Más allá de su labor como brigadista, comerciar con la madera suponía para Ángel un ingreso importante en beneficio de la economía familiar.

“Debo entregas que quedaban pendientes… Porque algunos pagaban por adelantado, y después había que cumplir con la madera… Pero, ahora, ¿qué hago? El aserradero no está más, tampoco el tractor, ni siquiera la motosierra…”, se desgarra.

Justamente, en el galpón, ahora incinerado, guardaba las herramientas.

Cuando Ángel y otro brigadista que lo acompañaba observaron que ya era imposible salvar la propiedad, acudieron al terreno vecino, donde vive Abel, uno de sus hijos, junto a la esposa y un niño.

“Fuimos a defender su casa; le echábamos agua para que no se prendiera”, explica Ángel.

Lo lograron.

Si bien a su hijo se le quemó un galpón, la vivienda permanece intacta, más allá de un tizne ahumado en un costado.

Abel, precisamente, cuenta que había ido a observar un incendio que se veía al otro lado, y, a los cinco minutos, notó que, a su espalda, el fuego avanzaba hacia la propiedad de sus padres.

“Ahí nos criamos”, suspira.

Regresó rápidamente, y le pidió a su esposa e hijo que se resguardaran en lo de su suegra.

Él se quedó luchando, junto al papá, para que su casa no se incendiara.

En este momento, un vecino se acerca y le da gotas para los ojos; el humo le dejó mal la vista.

“La única suerte es que a nuestra familia no le pasó nada, y espero que ninguna persona haya salido muy lastimada… Ojalá que los desaparecidos de los que se habla solo sean personas que todavía no se pudieron comunicar”, desea.

Dolido, agrega que un tío que vive unos metros más allá también perdió un aserradero. ”Y se le quemó una yunta de bueyes. Con la desesperación, no hicimos a tiempo para sacar esos animales”, manifiesta.

En el terreno lindante, se ve a sus padres, que, uno junto al otro, observan la nada… 

Allí, Ángel expresa: “Nos quedamos sin casa… La teníamos desde hace veintiséis años… Luchamos mucho para poder levantarla”.

 

CONTACTO

Quien quiera contactarse con Sandra y Ángel, para hacerles llegar algún tipo de ayuda, puede comunicarse al 2944692353.

Christian Masello /Fotos: Matías Garay

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