LA PSICÓLOGA CIBEL DE ANDREIS AYUDA A COMPRENDER LO INCOMPRENSIBLE
¿Cómo funciona la mente de un femicida?
A partir del femicidio de Guadalupe Curual, la pregunta se repitió por doquier: ¿qué lleva a alguien a hacer algo así?
Y los cuestionamientos siguen: ¿cómo analizar la mente de un hombre que mata a una mujer?; a partir un tratamiento psicológico, ¿se habría podido evitar que el femicida se transformara en tal?...
La psicóloga Cibel De Andreis cuenta: “Cuando se comenzó a estudiar el tema de la violencia masculina hacia el género femenino, se tendía a psicopatologizar al hombre que la efectuaba, es decir a señalar que la acción era producto de un trastorno mental, pero, con el tiempo, se fue saliendo de esa generalización”.
Así, considera que “era bastante simplista decir: ‘Hay que aceptarlo como es porque está enfermo’”.
Señala que, en el avance del estudio de la problemática, luego se pasó a comprender que la persona violenta era, de alguna manera, consecuencia de la cultura donde había sido criada.
Eso no quita que, en casos puntuales, exista un componente biológico: “En personalidades psicopáticas se ha demostrado científicamente que el cerebro prefrontal está inhibido, y, por ende, no procesa la información de la misma manera que el resto”.
De Andreis especifica que en esa zona cerebral se encuentran las áreas 9, 10 y 11, que “son las que permiten formular una opinión acerca de las cosas: si algo está mal o bien”.
Pero, más allá de los casos donde se presenta ese elemento biológico, la profesional destaca que en la mayoría de las personas violentas se aprecian trastornos psicoemocionales.
En ese sentido, apunta: “Uno de los rasgos más comunes es la falta de empatía, o sea la incapacidad de ponerse en el lugar del otro. No comprender –ni querer hacerlo– qué es lo que la pareja siente o piensa”.
También menciona “la baja autoestima”. Así, expresa: “Suelen llevar a cabo un proceso mental llamado proyección, es decir que aquellas inseguridades propias las depositan en su pareja: 'ella es una inútil', 'no sirve para nada', 'no sabe hacer las cosas de forma correcta'… Y, en realidad, son sentimientos que tiene hacia sí mismo, pero los camufla diciendo que él sabe hacer todo bien”.
Esa característica, a la vez, lleva al violento a una profunda dependencia afectiva hacia la otra persona. “No soporta estar solo, y necesita prácticamente que la mujer sea parte suya, por eso se da el fenómeno de que ella no puede salir sola, ni hacer nada por su cuenta, porque tiene que estar con él todo el tiempo, y eso se asocia a los celos”, manifiesta la psicóloga.
De esa manera, el hombre con esta tendencia “lee” los actos de su pareja a través del tamiz de los celos. De Andreis ejemplifica: “Si la mujer va a la carnicería, él cree que le gusta el carnicero; si alguien le cuenta un chiste y ella ríe, está coqueteando… En esa mirada se observa el tema cultural, que induce a decir que las mujeres son todas fáciles, siempre buscan engañar al hombre… Eso viene de una crianza machista, donde se tiende a fomentar la mirada del varón sobre la de la mujer”.
En ese sentido, la psicóloga suma “la restricción emocional”, relacionada con “las culturas donde se pondera al hombre por encima de la mujer, y los niños son muy castigados a la hora de verter sus emociones”.
Los chicos, por ejemplo, no pueden llorar, porque si lo hacen son catalogados como “maricones”. “Ese tipo de comentarios llevan a hacer que restrinjan las expresiones emocionales”, dice De Andreis.
Más de allá de todo esto, la psicóloga asevera que “las personas violentas tienden a racionalizar sus actos, justificando lo que hacen diciendo que el otro es el culpable: ‘ella me provocó, mirá cómo se viste’, ‘es insoportable, se merece un bife’, ‘yo laburo como una bestia todo el día, y cuando llego a casa es un quilombo’”.
Además, de acuerdo a la especialista, “casi todas las personas violentas tienen una muy baja tolerancia a la frustración”.
Desde si les va mal en el trabajo, hasta si pretenden salir a tomar algo con los amigos y le dicen que no pueden, todo los frustra. “Y la bronca que por ello acumulan la depositan en la familia”, especifica De Andreis.
Ahora bien, todas estas características citadas pueden asociarse a muchos tipos de trastornos, pero, para que de ello emerja una persona violenta, según la psicóloga, tiene mucho que ver el trasfondo cultural.
La madre de un chico llora y el papá le pega, mientras le dice al hijo “ves, así se calma a las mujeres”. El nene tiene bronca, porque quiere a la mamá, pero, a la vez, ve que el padre dice que no llore y ella lo hace… Por otra parte, el pequeño se siente inseguro, porque cada vez que muestra sus emociones le dicen que es un inútil, o un llorón…
“Se genera una mezcolanza en la cabeza que hace que ese niño comience a incorporar patrones de violencia para controlar a la otra persona, porque ve que si el papá le pega, la mamá cocina, ordena…”, sostiene De Andreis.
Si bien, ante un panorama de violencia en el hogar, se abren dos alternativas: rechazar ese modo de vida o convertirse en un exponente más de tal forma de actuar, las estadísticas vuelcan la perspectiva para el lado más oscuro.
“Mayormente, los casos indican que, en una familia donde hubo mucha violencia intrafamiliar, el niño terminará siendo violento”, afirma la psicóloga.
También advierte que ese terror que se vive en muchas familias, no es sólo a partir del varón. “Del cien por ciento de violencia doméstica, el sesenta por ciento de los casos es del hombre hacia la mujer y los hijos, pero el cuarenta por ciento restante es de la mujer hacia los chicos y la pareja”, dice, para luego apuntar: “La diferencia es la brutalidad de los actos, que en gran parte, cuando son ejercidos por el hombre, terminan en femicidios”.
Igualmente, aclara que, en ocasiones, la violencia desatada es equiparable. Y ejemplifica con el crimen que se produjo también en febrero, cuando, en Hurlingham (Buenos Aires), una muchacha apuñaló en el corazón a un joven. “La misma modalidad con que Bautista Quintriqueo mató a Guadalupe Curual”, señala.
De esa forma, sentencia: “Violencia es violencia siempre; tiene que quedar claro”.
“El concepto de ‘Ni Una Menos’ también debe ser ‘Nadie Menos’: ni violencia hacia las mujeres, ni contra los ancianos, los hombres ni los niños”, analiza.
“Si se quiere abogar por un cambio en la sociedad, es imprescindible bajar los índices de violencia en todos los aspectos”, agrega.
Al mencionarse el caso puntual del femicidio de Guadalupe en Villa La Angostura -que se produjo en pleno centro de la ciudad-, el cual, de alguna manera, recuerda lo que sucedió con Valeria Coppa, asesinada en enero de 2019 por su expareja, Mariano Cordi, de un disparo en la cabeza afuera de la catedral de Bariloche, De Andreis explica que el hecho de desarrollar la acción en un lugar público “tiene un ingrediente narcisista, en el sentido de querer ser visto ejerciendo la violencia”.
“Ahí sí se puede hablar de un elemento más psicopatológico, probablemente con algún tipo de componente no sólo emocional, sino biológico”, añade.
La profesional opina que los femicidas de Guadalupe y Valeria coincidieron en comportarse con “un sentido de impunidad”.
“Generalmente, luego de cometer el acto y ver la reacción social, donde la gente tiende a querer linchar al violento, la persona cae en la cuenta de que lo que hizo no es correcto, que no era lo que la sociedad esperaba de él, y vienen los intentos de suicidio”, asevera.
Ahora bien, ¿es posible modificar esa brutalidad encarnada en ciertos hombres?
“Muy raramente una persona con rasgos violentos logra moderar significativamente sus impulsos. En primer lugar, porque no suelen consultar al respecto, ya que creen que no hay nada malo en ellos, y si alguien no se plantea: ‘Esto que estoy haciendo no me gusta, quiero cambiarlo’, difícilmente, una, como psicóloga, pueda obrar para que modifique su conducta”, explicita De Andreis.
“Pero si la persona está dispuesta a hacer un análisis consciente de sus actitudes, hay muchas técnicas de tipo conductuales y cognitivas que ayudan a que pueda manejar de distinta forma sus emociones, para no llevarlas al límite. Aunque, para eso, hay que contar con un compromiso importante del violento”, aclara.
La profesional reflexiona que la problemática de violencia de género probablemente haya estado presente en todas las épocas. “En la sociedad, las leyes siempre estuvieron establecidas para el hombre, no se consideraba a la mujer”, repasa.
La diferencia, dice, es que “ahora las mujeres salen a hacer notar lo que sucede”.
Y esto la lleva a otro razonamiento: “Interesantemente, así como la violencia es generada por la cultura, también la cultura ha creado una mayor facilidad para hablar de las problemáticas que vive la mujer, que ha empezado a poder referirse a lo que le sucede en su casa o en su trabajo, y, de esa manera, ayudar a otras y fomentar culturalmente que pueden ser escuchadas”.
En cuanto al modo en que se suele aceptar la violencia en la actualidad, como si fuera una característica inseparable de la humanidad, De Andreis expone: “Desde el habla, con comentarios denigrantes, hasta actos tan agresivos como asesinar a una persona en plena calle, la violencia está naturalizada. Es muy triste a nivel cultural, porque el cambio va a demorar mucho, en especial cuando no hay consecuencias desde los órganos que deberían regular el tema. Si se realiza una denuncia, y queda en la nada, lo único que se hace es empoderar a la persona violenta”.
Christian Masello