2021-02-28

TRISTEZA MEZCLADA CON FURIA

A partir del femicidio de Guadalupe, desde "Ni una Menos" recuerdan los crímenes que sacudieron a Bariloche

Leticia Campodónico pertenece al colectivo "Ni Una Menos" de Bariloche.

Al enterarse del femicidio de Guadalupe Curual en Villa La Angostura, sintió “una tristeza mezclada con furia”. Cuando lo cuenta, los ojos se le llenan de lágrimas.

Escucharla es comprender hasta qué punto se ha lastimado a la mujer, solo por ser, precisamente, mujer.

Por eso, más allá de que apunta que “ya no se pide una perspectiva de género, sino una reforma judicial feminista”, aclara que lo que se precisa es que se empatice con la persona que es víctima de una situación de violencia.

“A veces, se trata de ofrecerle, a esa mujer que efectúa una denuncia, un vaso de agua o un té”, señala.

De esa manera, especifica que “iniciar cualquier proceso es tan violento como la situación que se va a denunciar”.

Esas palabras van guiadas a lo que tiene que enfrentar quien se anima a contar lo que sufrió.

Por un lado, suele existir un ninguneo que la hace quedar como una desubicada por decir: “Me están haciendo mal; tengo miedo”.

Además, están las terminologías que se utilizan dentro, ya, de un proceso judicial, que marean a la víctima, quien debe escuchar cosas incomprensibles para el ciudadano común, mientras atraviesa una situación traumática sin fecha de vencimiento.

“Todo el proceso es algo hostil”, indica Leticia.

La referente de "Ni Una Menos" en Bariloche cita la Ley Micaela, llamada así por Micaela García, una joven de veintiún años asesinada en Gualeguay, Entre Ríos, por un hombre con antecedentes de violación. La normativa establece la capacitación obligatoria en los temas de género y violencia contra las mujeres para todas las personas que trabajan en la función pública.

Pero, más allá de esa formación, que no suele corresponderse en hechos concretos, apunta que se precisa que quien recibe a una persona que acude para decir que sufrió un suceso violento sea amable y deje que la víctima pueda expresar lo que siente, lo que es posible lograr con un simple: “Quedate tranquila, respirá, tomate tu tiempo”.

La violencia contra la mujer llegó a la vida de Leticia de manera abrupta, para sacudirlo todo.

Quien era su cuñada -hermana de su entonces marido; Leticia está separada– fue asesinada en Dina Huapi por un hombre con quien mantenía una relación desde hacía tres meses.

En noviembre de 2014, Laura Domínguez –de ella se trata– murió por los disparos efectuados por el policía con el que salía, Francisco Sánchez, quien luego de matarla se suicidó.

Los hijos de ella estaba en otra habitación, y escaparon por la ventana.

Leticia recuerda que la carátula fue homicidio, por más que se solicitó que lo calificaran como femicidio, una figura que se incorporó al Código Penal en 2012, es decir con anterioridad a aquel crimen.

Afirma que nunca explicaron por qué no se lo clasificó de esa manera.

“La mató con el arma reglamentaria”, rememora Leticia.

Y de esa manera cita interrogantes que quedaron dando vueltas en un ambiente brumoso: ¿quién le había dado la pistola?, ¿quién se encarga de supervisar a un policía que va por la vida armado?, ¿cada cuánto se le hacen pericias para demostrar que puede ir con un revólver encima sin ser un peligro para el resto de la ciudadanía?...

“No nos dieron lugar para seguir indagando en esas cuestiones”, aprecia Leticia, para luego rematar: “Pero, cuando una mujer es asesinada por alguien que porta un arma que le brindó el Estado, claramente, el Estado mata”.

Tras aquel cimbronazo que la golpeó de cerca, llegó el despertar feminista –en el mejor de los sentidos– de "Ni Una Menos".

El 9 de mayo de 2015 desapareció en Rufino, Santa Fe, Chiara Páez, una adolescente de catorce años que estaba embarazada.

Al día siguiente, encontraron su cadáver, enterrado en la casa de los abuelos del novio, quien admitió haberla matado a golpes.

A partir de ahí, fue tomando forma el movimiento "Ni Una Menos", en el marco del cual, el 3 de junio de aquel año, se desarrolló una marcha en Buenos Aires a la que asistieron alrededor de doscientas mil personas, con adhesiones en varias partes de la Argentina y, también, en otros países.

En octubre de 2015, en Mar del Plata, se llevó a cabo el 30° Encuentro Nacional de Mujeres, donde "Ni Una Menos" convocó a una reunión abierta.

Leticia Campodónico asistió, y comprobó que la problemática de violencia de género afectaba del mismo modo a las mujeres de todo el país.

Ella, que venía de sufrir de cerca el femicidio (no caratulado como tal) de Laura Domínguez, se metió de lleno en ese colectivo.

“Una, como mujer, vivió un montón de cosas”, señala, para luego citar algunos casos fatales ocurridos en Bariloche que, por diversos motivos, la marcaron particularmente.

Así, menciona el caso de María del Carmen de la Cruz, asesinada en 2015 por el hijo de quien le alquilaba la propiedad donde vivía.

“Ella era de Buenos Aires. Hacía poco que había llegado a Bariloche, y trabajaba en la AFIP”, rememora Leticia.

“Les decía a las amigas que el tipo la asustaba, que le tenía miedo… Y al final la mató… Estuvo con el cuerpo catorce horas, hasta que llamó a la policía y confesó”, relata, aclarando que la causa, curiosamente, no tuvo carátula de femicidio, sino de homicidio simple.

Otra muerte que marcó a Leticia fue la de Ruth Sagaut, en 2016.

“Su novio la había dejado junto a la expareja, para que conversaran… Jamás pensó que todo terminaría como finalmente culminó… La golpeó y la ahorcó, con los cuatro hijos ahí”, recuerda.

“Me impactó por la presencia de los chicos, y la morbosidad de ir supuestamente a charlar, en aparente calma, para luego asesinarla”, apunta.

También, como un crimen atroz que la afectó puntualmente, cita el de Valeria Coppa, en enero de 2019, con un factor en común con el femicidio de Guadalupe en Villa La Angostura: el exhibicionismo enfermo de matar delante de todos.

“Sería algo así como: 'No solo te mato, sino que lo hago y quiero que todo el mundo lo vea'”, reflexiona Leticia.

“La muerte no se acepta bajo ningún punto de vista, pero hay una morbosidad especial en hacerlo público. ¿Qué pasa por la cabeza de quien lleva a cabo algo así?”, cuestiona.

“Aquello fue terrible. Había quedado en verse con la expareja en la Catedral, porque ella trabajaba cerca. Cruzaron unas palabras y, cuando se estaba por ir, él le disparó con un arma casera, salió corriendo, y escapó en su auto. Fue primero a la casa de un amigo, y luego lo encontraron en el cerro Challhuaco. Se intentó suicidar; estuvo en terapia intensiva en el hospital, y después lo derivaron al penal de Ezeiza… tiene condena por femicidio”, relata.

Más allá de estas muertes, algo que signó el camino de Leticia en defensa de los derechos de la mujer fue el caso de Thelma Fardin y Juan Darthés.

“Lo que sucedió cuando ella salió a hablar no tiene precedentes”, afirma.

“Se trató de algo muy impactante, porque recuerdo a mis amigas, y a mí misma, acordarnos de la primera vez que nos tocaron el trasero, o nos dijeron algo obsceno”, manifiesta.

Y afirma que hoy, a los cuarenta y cuatro, retiene en la memoria el hecho desagradable de ser víctima de un manotazo impúdico y una guarangada verbal… “a los doce años, en plena calle”.

“A partir de lo de Thelma, mujeres grandes empezaron a contar que, cincuenta años atrás, cuando eran adolescentes, las madres las llevaban a los controles de salud y los médicos las tocaban más de lo que debían”, continúa.

Leticia considera que “las cosas están cambiando”, aunque aclara: “Pero no a la velocidad que quisiéramos”.

Incluso dice que no se trata de una cuestión generacional, porque sostiene que, sobre todo en determinados sectores, se aprecia violencia de género entre adolescentes; e incluso, a veces, son las mismas chicas las que se autodiscriminan, cayendo en la postura que delinea el violento.

Por eso, especifica que, más allá de que hacen faltan reformas en la legislación, se requiere un cambio social.

Leticia es mamá de cuatro hijos.

Los dos mayores son varones. Tienen veintiocho y veintitrés años.

Ella los educó de la manera que consideró mejor, pero siempre está el temor acerca de cómo puede ser la relación con los demás dentro un mundo donde suelen prevalecer conceptos errados. Igualmente, puntualiza: “Por suerte, ellos siempre han sido muy respetuosos”.

Tiene, también, una hija de veintidós años.

“Ella, si le dicen algo desubicado, sale a contestar… Yo no sé si a los veinte tenía esa actitud”, indica.

En cuanto al menor, señala: “Tiene siete. Era niña, y ahora, desde hace dos años, es varón”.

De más está decir que, con el bagaje de historias de diversidades que supo recolectar desde hace ya un tiempo, Leticia respeta lo que siente su hijo.

Christian Masello

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