2021-02-28

REFLEXIONES ANTE LA BARBARIE

La muerte de Guadalupe como punto de inflexión

¿Qué locura envuelve la mente de un ser humano para quitar la vida de otro?

Psicólogos, psiquiatras y filósofos –incluso en la variedad de profesionales de cafetín– intentan distintas respuestas.

Pero lo cierto es que resulta improbable llegar a una resolución a tal incógnita.

Sobre todo, cuando la mano aniquiladora pertenece a un hombre, y la víctima es una mujer.

Desde hace algunos años –no tantos–, a esa aberración se le puso nombre.

En algunos países, es feminicidio.

En otros, como la Argentina, se llama femicidio.

Pero, al momento de escribir este artículo, el procesador de texto insiste en marcar la palabra como un error.

No porque, en sí, el vocablo responda a una acción despreciable –que lo hace–, sino, simplemente, porque lo desconoce.

Se sabe que, en asuntos tecnológicos, solo es cuestión de tiempo para que el sistema se renueve y reconozca el término.

El problema radica en que aún muchas personas –no solo una máquina porfiada en su obstinación eléctrica– están ciegas ante lo que sucede.

Como suele pasar, la gente acude al “ver para creer” bíblico, encarnado en las Escrituras por el apóstol Tomás, quien necesitó observar a Jesús resucitado para convencerse de que era cierto eso de que el Mesías estaba de regreso más allá de la crucifixión.

Pero, sin credos de por medio, reconocer que el femicidio es una realidad que apuñala a la sociedad, a esta altura, no tendría que necesitar evidencia alguna.

Sin embargo, para que el asunto esté en el candelero, parece que se requieren nuevas demostraciones de un dolor que punza hasta lo más profundo.

Surge la noticia que habla de una joven asesinada de una cuchillada en el corazón, y el tema, una vez más, vuelve a estar en las portadas de los periódicos.

Y no está mal que así sea, que haya preocupación por la problemática.

El inconveniente es que, seguramente, al pasar los días, la cuestión perderá espacio, disminuirá la atención del lector, y quedará en una especie de stand by hasta el próximo femicidio, que, como están las cosas, lo más probable es que, tarde o temprano, se concrete.

En la actualidad, la temática volvió a las portadas nacionales por el fallecimiento de Guadalupe Curual, a quien le tocó ser protagonista de una película de terror en la que no deseaba actuar.

En medio de este presente lleno de sufrimiento y dudas, permanece la imagen de una muchacha corriendo por su vida, pero encontrando la muerte a menos de tres cuadras de la comisaría de Villa La Angostura, en pleno centro de esa ciudad, llorando sangre por el afilado borde de un cuchillo frío -el acero no tiene sentimientos–, a manos de un tipo que no entendía eso del “no es no”.

Dicen que el femicida no quiere vivir.

Pero, más allá de sus deseos lúgubres, lo mejor sería que su existencia continuara.

Porque, en su caso, el tormento no estaría en la muerte, sino en la humillación de saber que, siendo machista, dejó de ser hombre.

Y, más allá de todo, ya es hora de que este procesador de texto incorpore el vocablo “femicidio”.

El término es horrible; es cierto. Ojalá no existiera razón para utilizarlo.

Pero es una palabra metida en una sociedad que muerde su propia cola, para volver a caer, una y otra vez, en un espanto que no cesa de girar sobre su eje.

Christian Masello

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