FESTIVAL SOLIDARIO Y COLECTA
Lucas Burgos le da una mano a Papá Noel
Un panorama distinto al habitual se observa en Fagnano y Ruíz Moreno durante la tarde del domingo. Sobre una vereda, una banda toca. La gente se acerca y escucha. También se ven malabaristas y artistas de la globología. Algunos vendedores, a los costados, ofrecen sus productos. También hay corte de cabello y maquillaje infantil. Todo a cambio de juguetes para colaborar con Papá Noel, quien, con tanta demanda, no da abasto. Se trata de ayudar al señor barbudo vestido de colorado, para, en una previa navideña, el miércoles entregar lo recaudado a los más pequeños, en “El merendero de Lukitas”, del barrio Arrayanes. Al final de Onelli, cuando se llega a la calle El Mirador, se dobla a la derecha y se desembarca en ese lugar, que posee una historia muy particular.
Lucas Burgos tiene veintidós años y no cuenta con trabajo fijo.
Tiene puesta una camiseta de la selección nacional de fútbol.
A principios de año, salía a vender por las calles las cervezas que él mismo elaboraba.
Justamente, su último empleo había sido en un local dedicado a la venta de insumos para realizar ese tipo de brebajes.
Cuando el COVID-19 fue un nombre que se hizo presente en esta parte del mundo, decidió actuar.
“Estaba intranquilo, necesitaba hacer algo para dar una mano”, recuerda.
Fue entonces que decidió cocinar en su casa, lo que podía, para repartir entre los vecinos.
Antes, había acudido al municipio. “Pero me dejaron en stand by”, dice… y ese estado permanece hasta hoy, porque la asistencia comunal nunca se hizo presente en el rincón que forjó.
El merendero/comedor fue levantado en su propia vivienda.
“Nació a finales de marzo, junto con la pandemia. Arrancamos a cocinar en mi casa, siempre con ayuda de gente y grupos solidarios de la ciudad. Había amigos que traían cosas… nos damos una mano entre todos”, explica.
Y, tras aquella puesta en el freezer por parte de la Comuna, señala que aprendió a moverse en forma independiente, sin colaboraciones que respondan a intereses determinados. Por eso, cuando arriba algún representante de un partido con alguna bolsa de alimentos, le aclara que reciben la contribución, pero sin dar nada a cambio, es decir sin tener que responder de una forma “política”.
Además, Lucas apunta al crecimiento. Desea que su hogar se transforme en un espacio sociocultural y laboral. “Estamos por concretar la huerta comunitaria, y quizá, a principio de enero, podamos brindar la primera capacitación”, informa.
“Seguiremos repartiendo mercadería, pero vamos a hacer otras cosas. Ya tenemos un sitio destinado a brindar un taller de herrería y carpintería, estamos levantando un aula… Yo me voy a trasladar atrás, para vivir separado de lo que tengo pensado construir. Quiero que haya una sala de ensayo y una cocina-panadería… Es un proyecto que deseo concretar”, relata.
Por estos días conversa con distintos contactos, para sumar adherentes a su sueño.
Se encuentra en busca de capacitadores y maestros de distintas disciplinas.
De esa forma, cuenta que hace poco se acaba de ofrecer un profesor de taekwondo para enseñarles la práctica marcial a los chicos del barrio.
Tiene en claro que, la suya, es una ilusión a largo plazo, pero está convencido de que, en etapas, la llevará adelante. “Sé que esto no se dará de un día para el otro, pero, mientras tanto, me concentro en avanzar en cada cosa”, indica.
En lo personal, más allá de que continúa desocupado, se la rebusca como puede, elabora comida para vender, participa en construcciones y demás changas.
Eso no quita que intente continuar con la entrega de alimentos. Prepara unas ciento veinte porciones cada vez que la situación lo permite. Hasta octubre, lo hacía tres veces por semana. Noviembre y diciembre le resultaron meses complicados. En ese sentido, se lamenta: “La semana pasada, no pude cocinar ni una vez”.
Cuenta que en su barrio las cosas no han cambiado, más allá de la apertura social que se vive en este momento. “La cosa está muy difícil. Todos se encuentran sin laburo, vendiendo lo poco que tienen… La única diferencia ahora es que podés salir, pero corrés el mismo riesgo que antes, de contagiarte… Hay que cuidarse y seguir trabajando, como sea”, expresa.
La vida no ha sido fácil para este joven, que tiene un hijo de ocho años llamado Aaron. Tenía catorce cuando nació.
Está separado, pero siempre tiene en la cabeza a ese niño.
“Yo me puedo arreglar con un té y un pancito, pero a él no quiero que le falte nada”, suspira.
Lucas nació en Viedma, pero de chiquito vino a Bariloche.
Su madre lo crió sola, ya que el padre nunca se hizo cargo.
En parte por el trabajo de su mamá, pero también por cierta vocación de trotamundos, deambuló por distintos lugares, como Ushuaia y Jujuy.
Y este domingo, en la calle Fagnano, donde un vecino le prestó el frente de su casa para realizar las actividades, Lucas suelta: “Lo único que queremos es brindar una mano, e incentivar a otras personas a que lo hagan, porque todos podemos ayudar; muchos lo hacen, y han actuado muy bien durante la pandemia... hay que reconocer el esfuerzo de todos”.
Sabe de qué se habla cuando el tema es la necesidad. “A mí me tocó pasar momentos muy duros, y me ayudaron. Yo también tuve que ir a buscar la comida a un comedor… en Viedma, de chiquito, dormí varias veces en la calle, con mi mamá”.
“Siempre pienso en eso, y quiero que mi hijo no tenga que pasar por algo así”, ansía.
Por eso, si bien no es jugador de fútbol, tiene puesta la camiseta argentina… y la transpira en serio.
Quienes deseen brindar colaboración con juguetes, comida, o ayuda para alguno de los otros emprendimientos que Lucas lleva adelante, pueden comunicarse telefónicamente al 294 434-8732, o bien por Facebook, donde se lo encuentra como “El merendero de Lukitas”.
Christian Masello /Fotos: Facundo Pardo