HISTORIA DE VIDA
A Nicolás Martínez una "imagen divina" le cambió la vida
A Nicolás Martínez la comunidad lo conoce como el Papá Noel del Pan Dulce Solidario, que llegó a la edición Nº 27 en este año 2020 tan atípico. Pero tiene una vida cargada de anécdotas y vivencias, que sería imposible reducir a una nota periodística.
El recordado Juan Vargas, apodado Neblina, había comenzado una biografía, basada en largas horas de charlas, para convertirla en algún momento, en un libro. Con la partida de Juan ese sueño quedó trunco.
Nicolás nació en Iturbe, un pequeño pueblo de Paraguay, “es del tamaño de Tucumán, dedicada al cultivo y cosecha de la caña de azúcar, también hay mandioca, frutales y algunas bodegas de vino”.
Eran diez hermanos, “yo estaba en cuarto lugar pero no me preguntaste si es con la misma madre” dijo sonriendo. Su papá era taxista en Asunción. “En esa época era un poco triste la situación de una chica joven, soltera con un hijo, no era bien mirada en el pueblo así que por presiones de la familia, la obligaron a que me dejara y se fuera sola a Buenos Aires”. Nicolás tenía tan solo seis meses cuando esto sucedió y a su padre no lo conocía.
“Hasta los diez creí que mi abuela era mi mamá, pero después me dijeron que a la que yo le decía Tía Elida, era en realidad la que me había traído al mundo”. Su infancia fue pasando de casa en casa “el primer calzado lo conocí casi a los 7 años, era natural para nosotros andar en pata”.
De pequeñito juntaba los cogollos de caña para darles a los bueyes, “después agarraba unos guinches, enganchaba el carro y lo arrastraba hasta la fábrica”, tenía cinco años y todo el dinero que reunía lo entregaba en la casa en que estuviera viviendo. “Yo era siempre el agregado, el que estaba de más” dijo con lágrimas en los ojos.
Al tiempo su abuela se mudó a Asunción con un trabajo de empleada doméstica y lo llevó. “Ahí conocí a mi papá, él se encargó de llevarme a una escuela, me acuerdo que me compró zapatos, eran muy duros y yo que nunca había usado, apenas podía me los sacaba y los llevaba colgados en los hombros”. Cuando llegaba a la vereda de la escuela, se los volvía a poner. Hasta ese momento solo había usado unas alpargatas que le entregaron “esas que después se le hacían bigotes, eso sí era más cómodo”.
Reencuentro
Un día llegó a su casa de Asunción una señora que venía a buscarlo para llevarlo a Buenos Aires, era su verdadera mamá. Nicolás recuerda el reencuentro “si te digo que me tiré en sus brazos te miento porque para mí era una desconocida, así que yo estuve muy frío y me costó mucho relacionarme, ella como toda madre lloraba y me abrazaba”. Aclaró, “igual yo no estaba acostumbrado a ese sentimiento de los abrazos” se lamentó.
Fue un gran cambio en su vida llegar a la zona de Barracas, “la cultura, el idioma, yo hasta ese momento solo conocía las carretas y los carros”.
Allí retomó sus estudios “mi mal español me convirtió en el cabecita negra, si bien era muy humilde y un poco renegado, me mandaron a la escuela, fue muy duro, mis compañeros me ponían apodos despectivos porque yo tenía la tonadita de mi país”. Allí no tenía hermano mayor que lo defendiera, pero el director, el padre Arce, tomó ese lugar.
Su historia con Dios fue siempre una inquietud aunque ya tenía una idea formada desde muy chico por cosas que había visto hacer de parte de integrantes de la iglesia. “Entré al grupo de scouts y en poco tiempo me hice jefe, por instinto tenía asimilado lo que era el contacto con la naturaleza”.
Problemas familiares
Admite que su familia era dominante y él indomable “yo había cumplido los 15 años, quería tener mi noviecita y no me dejaban así que un día me escapé con la intención de volverme a Paraguay”. Cobró su último sueldo de un taller mecánico, se puso la ropa de scout y salió a la ruta.
Le dejó una nota a su madre diciéndole que no se preocuparan por él, como todo scout hizo un croquis previo y lo único que sabía era que siguiendo el río Paraná en algún momento llegaría a su tierra. “Tomé un micro, supongo que me bajé en el Tigre y empecé a remontar el río, anduve tres días más o menos durmiendo en algún árbol, comiendo pescado o pajaritos”.
Una noche vio una especie de luz al fondo, “me costó y pensé que había llegado, pero en realidad era Rosario y lo primero que busqué fue una estación, pregunté cuánto me salía un pasaje hasta Formosa pero la plata que tenía me alcanzaba para ir hasta Reconquista” recordó.
Al bajar al andén se le acercaron dos policías que sabían su nombre, “me llevaron a la comisaría y empezaron a buscar el nombre de mi tía, yo sabía que no la iban a encontrar, mientras tanto pasaban los días y yo ayudaba a cocinar o limpiar y dormía en algún calabozo vacío”.
Un día lo llamó el comisario para decirle que no la había encontrado así que le iban a ayudar a conseguir un trabajo. “Así llegué al campo de don Portella, tenía animales y también un arenero, en ese lugar estuve casi seis meses, me iba guardando mi sueldo y cuando me quise ir se lo pedí pero me dio dos mangos y me mostró un recibo trucho firmado por mí”. Al enterarse el comisario intervino y logró recuperar la paga de ese tiempo.
Heladero
No logró irse así que volvió a vivir al calabozo y consiguió puesto de heladero, con bicicleta y pito anunciaba su llegada en los barrios, estaba por cumplir los 16 años. “Los presos me daban propina por ir a comprarles puchos y todo lo que juntaba se lo daba a mi jefe, muchos helados los regalaba a los nenes que no tenían plata pero después me los descontaban”. La idea era ahorrar hasta reunir el dinero suficiente para seguir viaje a Paraguay.
Volvió a otro campo donde ordeñar vacas fue su tarea. “Le caí bien a la familia así que me hicieron un lugar en su casa, no fui a dormir con los peones” recordó muy agradecido. Pasó el invierno y antes de cumplir los 17 le propusieron aprender a manejar el tractor.
En eso estaba una tarde cuando en el medio del campo vio acercarse un patrullero, era su madre que lo venía a buscar. Ahí sí lloró y mucho.
Servicio militar
Sin decir nada a su familia fue al consulado de su país para ofrecerse a hacer el servicio militar, por fin consiguió el tan ansiado pasaje a Paraguay. Allí lo bautizaron Cure Pí y formó parte de la banda musical del comando del ejército como trompetista, luego fue enviado al Chaco y finalmente llegó el primer gran amor.
El amor y Bariloche
Aclaró que como músico ganaba algún dinero, “encima cantaba y en una de esas idas a fiestas patronales en los pueblos conocí a una chica, era la sobrina de mi coronel de aviación y nos enamoramos”.
La relación avanzó hasta el matrimonio, y regresaron a Buenos Aires, donde empezó a trabajar en una fábrica de ascensores. Así fue como llegó a nuestra ciudad para hacer mantenimiento de los elevadores del Bariloche Center. "Me instalé en una pensión y apenas pude la mandé a buscar a mi esposa y alquilamos una piecita en calle Elordi. Ella era tejedora".
Descontrol
Reconoce que a medida que comenzó a generar más dinero empezó a enloquecer. “Lujos, tentaciones, cuatro años de casados y sin hijos, hice la locura de tenerlos con otra mujer”.
Compró tres autos y varios lotes, “todo fue descontrol durante seis años casi, incursionando también en la política”. Obviamente su esposa lo dejó y al tiempo conoció a otra mujer, con la cual tuvo diez hijos.
Algo pasó
No lograba salir del caos en el que había convertido su vida pero algo pasó y fue tan fuerte que significó un final y un nuevo principio. Nicolás lo quiso compartir. “Una madrugada de golpe sentí como que alguien había prendido la luz, abrí los ojos y no entendí dónde estaba porque parecían nubes, todo blanco y fuerte”.
Continuó recordando “miré a la ventana que tenía dos vidrios, en uno vi el rostro del tata Dios, parecido al de Jesús pero muy anciano y me empezó a hablar sin sonido, solo lo escuchaba en mi cabeza” dijo muy conmovido.
Le mostró diferentes etapas de su vida “de todo lo malo que venía haciendo, sorprendido la desperté a mi mujer y ella se asustó mucho”. Le dijo no más vicios ni maldades y sintió recibir una misión, debía ir a Buenos Aires, “vi la imagen de una caja grande con dos cajitas con un rostro en cada una, que estaban en un ropero viejo, yo tenía que llevar eso a un campo santo o al agua”.
Ya había malgastado todo su dinero entonces no tenía ni para el pasaje, “se le rompió el ascensor en el hotel Piedras II y me llamó la dueña, solo había saltado una fase así que lo reparé en dos minutos”. Nicolás no le quiso cobrar pero ella insistió y le dio un rollito de billetes, cuando llegó a su casa un pastor le había dejado una biblia, confirmación de lo vivido la noche anterior.
Muy emocionado dijo “al meter la mano en el bolsillo vi que era mucha plata, pensé que se había confundido y se lo fui a devolver pero me dijo que no hubo error, era lo justo para pasaje ida y vuelta a Buenos Aires en tren”.
El encargo que recibió fue ir hasta la casa de su familia, “allá entendí el ropero y las dos cajas, una era de las cenizas de mi tío Rafael y la otra una urna con los huesitos de la hija de mi tía y tenía que sumarle agua de lluvia y la Biblia”.
Admite que cometió un grave error, “cuando fuimos con mi primo a tirar las cenizas al Río de La Plata vi que una de las urnas tenía una cruz hermosa, me dio pena tirarla así que me guardé y como la otra era de madera liviana solo quise vaciarla en el agua para que no flotara”.
Continuó relatando, “metí la mano, enseguida se me rompió todo el reloj y sentí un calor que me corrió por todo el cuerpo, vacié todo, metí la cruz dentro de la urna y nos fuimos”.
No pudo utilizar el pasaje de regreso porque había paro de trenes así que fue a Retiro para volverse en un micro. “No quedaba ninguno, pero justo llegó a la boletería de Mercedes una señora que pedía devolver el suyo ya que por problemas familiares no podía viajar, una señal más que me daban”.
El viaje tampoco fue normal “paramos en Bahía Blanca y el chofer nos dijo que bajemos todo porque iban a cerrar el micro con llave, apenas llegué al baño me acordé que había dejado arriba la Biblia y en el mensaje me habían dicho que no me tenía que separar de ella”.
Fue corriendo al micro, “estaba cerrado pero toqué la puerta y se abrió, cuando subo se empezó a sacudir que pensé que se iba a volcar, me fui a agarrando hasta llegar a la Biblia y ahí se calmó todo, salí pero no pude cenar por el miedo”.
Vivió otras situaciones en ese viaje de regreso, “se me sentó un señor ciego al lado, me habló de cómo interpretar la Biblia y después desapareció del micro sin que parara, pregunté a otros pasajeros pero nadie lo había visto sentarse conmigo”.
No terminó allí, “empezó una tormenta terrible en cuanto a truenos, yo miraba para afuera y cuando los relámpagos iluminaban veía una mano como un puño y un paisaje que me parecía conocido”. De golpe no sintió más el ruido del motor del micro ni de la tormenta, “no sé cuánto habrá pasado hasta volver a la normalidad”.
Pensó que se estaba volviendo loco, “había algo adentro mío que decía que haga lo que me pedían y no lo que yo quería, si Él me hace caminar, yo camino” afirmó.
Ese paisaje era el cerro Catedral donde tuvo después otra experiencia sobrenatural, “subí solo, con la Biblia, agua y pan y en un momento se me aparecieron dos platos voladores, vi una hermosa mujer de casi tres metros con ropa bordó que flotaba, sentí tanto miedo que salí corriendo”.
A los cien metros bajó hasta donde estaba un águila, “la abracé, seguí corriendo hasta mi auto con ella en mis brazos y la llevé a mi casa”. La dejó en un galpón cerrado, “a la mañana siguiente fui a verla pero no estaba y no tenía forma de irse”. Admite que al contar estos sucesos casi nadie le cree pero de todas maneras, lo compartió con El Cordillerano.
Ese encuentro cercano que vivió según Nicolás fue el mismo que luego testimoniaron varios vecinos, incluso, un piloto de Aerolíneas Argentinas.
Pan Dulce Solidario
El Pan Dulce Solidario es una de las misiones que sintió recibir. Nicolás luego integró un Programa Intensivo de Trabajo del municipio. “Yo había armado la Asociación de Desocupados Bariloche con 250 compañeros, llegó un diciembre y no estaba la plata de los sueldos”.
No se pudo quedar quieto y teniendo en cuenta aquellos acontecimientos que había vivido no lo dudó, comenzó a pedir donaciones para hacer un pan dulce para cada uno del equipo. Lograron cobrar ese sueldo pero igual siguió adelante.
“Esa primera tanda de 580 fue en la cocina de la Escuela de Hotelería" y nunca más paró. El año pasado batió el récord de 12.528 panes, los que fueron llevados a familias de la Línea Sur y a muchísimos barrios de nuestra ciudad.
Conociendo un poquito la historia de vida de Nicolás, quizás lleguemos a comprender el porqué del compromiso de amor que año tras año, lleva adelante. Claro que faltó hablar de su paso por el atletismo, la política y mucho más, pero quisimos reflejar el maravilloso ser humano detrás de la historia del Pan Dulce Solidario.
Susana Alegría