UN SACERDOTE HABLÓ SOBRE LAS PINTADAS EN EL EDIFICIO
La Catedral, otro lugar elegido para el vandalismo
Suele suceder que la catedral de Bariloche aparezca “manchada” por trazos de pintura. En ocasiones, son episodios vandálicos ocasionados durante marchas que apuntan sobre la Iglesia, en su perfil de institución, como si se tratara de un enemigo. También lo hacen para que trascienda “el mensaje” que pretende dejar una manifestación de una cuestión que en nada se relaciona con lo religioso. Pero, además, están las simples “huellas” que dejan los grafiteros, que, tal vez sin darse cuenta, acometen una afrenta sobre los creyentes, además de estropear un sitio que también es significativo a nivel turístico, y muy complicado de limpiar.
El padre Adrián Stanizzo comentó que, cuando llega y ve una inscripción nueva, siente “lo mismo que alguien a quien le pintan su casa: que el otro no respeta el trabajo y el cuidado que se puso en eso”.
“La catedral es patrimonio arquitectónico y cultural, pero también religioso”, consideró.
Así, especificó que “si la pintada tiene el sentido de ofensa a la fe daña a quienes creen en eso”.
Y aclaró que “sería lo mismo si lo hicieran en una sinagoga o en la puerta de un templo evangélico, afectaría a quienes tienen ese credo”.
Tal cosa, claro, se da cuando se desarrolla algún tipo de movilización. “La Iglesia es atacada como institución y aparecen frases ofensivas”, señaló el cura.
Pero existen otros tipos de manchas. Porque, si en la pared que da a la calle Vicealmirante O’Connor, surgen consignas anticatólicas, en los muros frente al lago, donde es más fácil pintar sin ser observado, es usual que asomen estampas indescifrables para la mayoría. “Son como firmas de quienes hacen grafitis, en una especie de competencia de quién las realiza en más lugares”, expresó Stanizzo, ya ducho en el tema, ya que varios jóvenes le han explicado que “se trata de sumar marcas”.
Pero esos “juegos”, al igual que las estampas ofensivas a la fe, conllevan un daño irreparable, porque quitarlas como se debería implicaría un desgaste en la “osamenta” de la estructura. Al respecto, el religioso señaló: “Una marca sobre este tipo de piedra es muy difícil de sacar, no lo podemos solucionar, sólo tapamos con una pintura parecida al color de la piedra. Si no, habría que hacerle lavados con agua y arena a presión, y eso se ‘come’ el edificio”.
“No creo que la mayoría, al hacer eso, tenga el sentido de estar dañando un patrimonio, porque hay que recordar que el edificio es del Parque Nacional y está dado en comodato a la Iglesia, o tampoco que pretenda ofender. No se fija en el daño que causa, o la mala impresión que da, en una ciudad que está pensada para el turismo. Esto afea, y da la impresión de que la localidad está descuidada”.
Volviendo a las inscripciones hechas en medio de marchas, reflexionó: “Quizá están buscando ‘pinchar’ para que el otro salte; es como una forma de poner su tema sobre el tapete… al pintar acá, pueden conseguir que la prensa lo refleje. Es una dinámica similar a la de un piquete, que, para darle visibilidad a una protesta, se hace en un lugar que, en cierta manera, afecte, para que vayan los medios de comunicación y muestren lo que tratan de manifestar”.
El cura consideró que, en cualquier caso, siempre podrían conversar y evitar el acto vandálico: “Duele que la persona, en vez de venir al diálogo, llega al ataque… Quizás si nos sentáramos y nos pusiéramos a hablar… Sucede, por ejemplo, con algún sector de las marchas por el “Ni una menos”, que, en lo personal, acompaño totalmente, me refiero a la idea de la lucha contra la violencia a la mujer y la equidad en el trato con el hombre… En vez de acercarse a charlar, atacan los lugares. Molesta, porque si se pusieran a dialogar encontrarían que quizá se piensa igual, y que existe una disponibilidad para ver cómo trabajar en pos de solucionar esas problemáticas”.
En cuanto al hecho de que se ha visto que protestas relacionadas con cuestiones mapuches, en varias ocasiones, tuvieron su reflejo en las paredes de la catedral, el cura indicó: “La mayoría de las veces es por la visibilidad. Otras, se pide una intermediación de la Iglesia en una situación de conflicto, ahí ya sin pintadas. Como por ejemplo en el caso de Rafael Nahuel, que, en el día en que falleció, familiares entraron para ver si alguien podía hacer algo”.
Aunque recordó otro momento, en 2018, en que miembros de una comunidad indígena entraron en el edificio para pedir “por la liberación de presos en Chile que consideraban políticos, y ahí sí pintaron la pared”.
Cuando se le consultó si alguien, alguna vez, le comentó que había efectuado algún tipo de daño, recordó a gente mayor, que, de pequeña, realizó otro tipo de “fechoría”, aunque, más allá de la inocencia, muy perjudicial: “La catedral, cuando se construyó, durante mucho tiempo estuvo sin uso, pero tenía puesto los vitraux, y cuando estas personas eran chiquitas jugaban a tirarles piedras; así, varios están dañados. No tenían noción de lo que, en realidad, hacían; para ellas, era arrojarle una piedrita a un vidrio, pero esos vidrios poseían un valor impresionante”.
Al referirse a cómo revertir la costumbre de “marcar” la edificación, sostuvo: “Tal vez sería bueno ir generando la conciencia, como se hizo en otros lugares del país, de que si se pinta así se arruinan patrimonios, se afea la ciudad, y eso, en cierta medida, nos afecta a todos, porque la localidad vive del turismo, ¿y quién va a querer ir a un lugar descuidado, todo pintado? Quizá habría que trabajarlo desde ese lado. También debería haber alguna forma de multa, como para que la persona que no entienda a través de la explicación reflexione sobre lo que sería si tuviera que pagar lo que escribió… Tal vez pensaría en no volver a repetirlo”.
Christian Masello