2020-12-10

YA SE ARMÓ EL ARBOLITO

Un panorama tragicómico de las fiestas

El 8 de diciembre se arma el arbolito.

De alguna manera, es el inicio “formal” del mes de las fiestas.

Para muchos, sobre todo los niños, es la época donde prevalecen las sonrisas.

¿Y cómo negarles, a los más pequeños, la risa?

Si esa ilusión de escribir la carta a Papá Noel, que tiene una grata extensión en enero con los Reyes Magos, es uno de los momentos más significativos de la niñez.

Así que, chicos, hay que pensar en qué pedirle a Papá Noel, siempre, claro, teniendo en cuenta el bolsillo del pobre Santa Claus, porque el señor ese que va por los cielos en trineo también es víctima del capitalismo desalmado, así que a no abusar, hay que trazar la carta teniendo en cuenta los índices de inflación (reales) y, principalmente, portarse bien durante todo el año, no solo la semana anterior al 24 de diciembre, que los réditos serán acordes a lo sembrado desde enero, no vale eso de ser un pichón de Chucky casi siempre para luego transformarse en una especie de Heidi los días previos a la festividad, que Papá Noel es bueno, pero no come vidrio.

Para los más grandes, la cosa se complica.

Estas fechas llaman a la nostalgia.

Siempre hay un ser querido que ya no está.

Y el recuerdo acarrea lágrimas.                                                                    

El choque de copas será una bomba en los oídos de quien extrañe a la persona ausente.

Ni hablar si la pérdida se produjo este año.

Ahí no habrá pañuelo que calme el desconsuelo.

Y están las peleas, que se pueden calificar en dos tipos: las intestinas y la de los intestinos.

Las intestinas son las que se producen en el seno familiar, donde reflotan viejos odios y rencillas; las de los intestinos llegan por efecto de los atracos en las comidas y bebidas, que originan, justamente, un desbarajuste en el cuerpo, con corridas al toilette que dejan como recuerdo aromas floridos (de flores que fallecieron hace unos cuantos años) en el baño en cuestión, que por lo general no es el propio sino el de un pariente…

En estos casos, la costumbre es mirar feo al mayor del clan, echarle la culpa sin resquemores; codear a la tía y decirle al oído que el abuelo comió de más: el comentario pasará por toda la mesa y conllevará algunas risas; el pobre hombre no entenderá nada, con su sordera y su tristeza por los seres queridos ausentes, cosa que, con la edad, va en creciente… Además, estará perdido en el pensamiento de que, pronto, él será nostalgia para otros…

En cuanto a las peleas intestinas, ya no de intestinos, la cosa varía en cada familia, pero es factible afirmar que es medio ridículo, de por sí, reunirse con quien durante todo el año se trató de evitar.

No tiene fundamento, más que una fuerte tendencia al masoquismo, eso de juntarse con quien no se quiere ver ni en figurita.

Aunque, claro, están esos encontronazos inevitables. Si alguien no se banca al hermano de la esposa, y la cena es en casa de sus padres, no va a quedar otra que hacer oídos sordos a las boberas del quía; no hay escapatoria… Aunque, este año, se podrá culpar a la demora en la llegada de la vacuna contra el COVID-19, y “perdón, pero en pandemia no nos podemos reunir”.

También hay que mencionar las peleas alcoholizadas.

Por ejemplo, esos dos tíos que empiezan la noche hablando de fútbol, de Boca, de River, y, para los penales, tres botellas de espumante después, están arremangados gritando: “¡Y vos me vas a venir a hablar de fútbol a mí!”…

Sin olvidar a la mujer que codea al marido, ya bastante entonado, para que deje de mirarle los pechos a la nueva pareja del hermano.

Y aquel que, con las burbujas de sidra o champagne en la cabeza, empieza a boquear feo contra el suegro, mientras su señora, debajo de la mesa, lo pisa para que cierre el pico.

Además, el suegro, mientras saborea el licorcito que hizo la abuela, no se queda atrás y trata de inútil al yerno.

A la hora de los postres, no falta la tía robusta que se arroja a la mesa de dulces, y uno se pregunta, después de la entrada fría, la entrada caliente y los dos platos principales -porque no supo con cuál quedarse y le entró a ambos– dónde pueden caberle ese pan dulce, las garrapiñadas y el turrón, del cual llegan restos a los demás presentes, a modo de fuente de pedacitos de almendra, cuando habla con la boca llena.

También están los pibes, con los nunca bien ponderados fuegos artificiales.

O sea, un estruendo cuando ya se pide: “Por favor, quiero algo de silencio”.

Y lo peor es que, la mayor parte de las veces, no son los más chicos los que empiezan con el despiole sonoro, sino un grandote que llega y dice: “Jejejeje, miren lo que conseguí chicos”, que lo más probable es que se trate de cohetes que hacen un ruido demencial, pero que, cuando todos buscan los efectos visuales que supuestamente deberían hacer, parecen un fósforo mojado.

En fin, estén contentos, amigos, pronto llega Navidad.

Y si no les alcanza con el panorama navideño que se describió, quédense tranquilos, después de Navidad, viene Año Nuevo.

 

Christian Masello

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