VILLA MASCARDI, LAGO GUTIÉRREZ, COLONIA SUIZA Y MÁS…
Crónica de un paseo dominguero: reposeras, parrillas y una leyenda increíble
La propuesta para el domingo es un recorrido por distintas partes de la localidad, en pos de ver cómo los pobladores aprovechan el sol.
11.30: Partida, desde el centro de la ciudad, rumbo a Villa Mascardi.
Una parada kilómetros antes, a las 12, en una playa del camino. Más de sesenta vehículos en la banquina.
Un cartel anuncia: “Propiedad de la Dirección Nacional de Vialidad; prohibido el ingreso; área monitoreada”.
Evidentemente, el letrero quedó obsoleto: más de cien personas disfrutan de la playa.
La familia Cañumil prende el fuego y juega con los perros. Una tapa de asado espera a un lado, para arder pronto en las brasas.
Será uno de los pocos cortes vacunos que se verán en el día.
Los precios de las carnicerías hacen que la gente se incline por el pollo, y el aroma del ave rostizada será el que predomine en este mediodía.
Se escucha un comentario: “Estamos acá porque da miedo ir hasta Mascardi”, en obvia alusión a la situación que se vive por el asentamiento de la autodenominada comunidad Lafken Winkul Mapu.
A los pocos metros, un hombre coincide con la opinión, y cuenta que él vivió en carne propia, junto su familia, una situación que lo hizo desistir, por el momento, de regresar por esos lares. Pararon en la zona y al rato comenzaron a lloverles piedrazos.
“Ojo, tampoco me gusta que vengan unos tipos con plata y apellido extranjero, te alambren la playa y no puedas pasar… Ni una cosa ni la otra”, agregó.
La familia Maldonado disfruta del sol, en reposeras, junto a una parrilla.
Uno de los miembros cuenta que ese lugar, antes, había sido un camping, pero cuando terminó la concesión y quien lo manejaba tuvo que devolverlo, entró en un pozo depresivo que lo llevó a arrojarse al lago para nunca más salir. ¿Leyenda urbana? ¿Una verdad oscura? La respuesta quedará para otro día… Mientras el hombre relata la historia, la vista recae en un aviso que indica “Atención, aguas profundas”…
Se ve una fila de bolsas con un letrero que proclama: “Vendo leña”.
Gabriel y Rubén son amigos. La semana anterior vinieron y notaron que la gente desmontaba viejas instalaciones de madera que, en el pasado, fueron parte del camping.
Ante ese panorama, se les ocurrió juntar leña en la semana y venderla el domingo.
Si les es redituable, piensan repetir el “próximo finde”.
Por un lado, se ganan unos pesos (al menos, para “salvar” lo que va a la parrilla), por otro, evitan que le gente rompa lo poco que queda en pie de las viejas estructuras, o que parta árboles en el lugar.
Reanudación del camino. A las 13, tras pasar el puesto de gendarmería en la zona del camping Los Baqueanos, llegada a Villa Mascardi.
Si bien no se aprecia tanta gente como en la anterior parada, hay bastante.
Las personas no parecen temer actos de vandalismo.
Ahí están las familias Chelaliche, Travan, Hoffmann y Mansilla, por ejemplo, que se reunieron para disfrutar del día, y almorzar tranquilos mientras los más pequeños del clan se divierten en el lago.
Un muchacho, respecto de los ocupantes que están apenas a unos metros, cruzando la ruta, suelta: “Dicen que a esta hora no molestan, por eso nos acomodamos acá. Queremos disfrutar con los nenes…”.
En el predio de Hueche Ruca, perteneciente al Obispado de San Isidro, sobre el que rige una orden de desalojo, se observa humo: los que están tomando el terreno parece que también están por almorzar…
Hora de regresar.
Pero habrá más escalas…
A las 14.20, una parada en la región donde se ubica el barrio privado Arelauquen. Allí, se ve menos gente. Algunas parejas intentan tener algo de privacidad en una playa donde destacan las sillas altas destinadas a los guardavidas, hoy vacías.
En el puesto “El chori del gordo”, el parrillero Ismael cuenta que es la segunda semana en que viene a este sitio. “Y acá me voy a quedar”, apunta. El choripan sale a ciento cincuenta pesos.
Pasadas las 15, visita a Colonia Suiza.
Aunque el fundo no está lleno, se aprecia gran cantidad de gente.
Los locales que venden souvenirs están abiertos, pero no se personas en su interior.
Los establecimientos gastronómicos corren mejor suerte.
Es notorio en el patio de comidas de la feria regional artesanal.
A propósito, si en los otros lugares visitados prácticamente nadie llevaba barbijo, aquí, para pasar, el uso de tapabocas es obligatorio, más allá de que, obviamente, a la hora de comer se deje a un lado.
También hay un sanitizador con pedal, para obtener alcohol.
La mayor parte de los presentes se inclina por comidas rápidas: hamburguesas, panchos, papas fritas, pizzas… quizá algo dulce de postre (la opción que más respaldo tiene es la de una porción de torta).
Pero el curanto, exclusivo de los domingos (recordemos que la feria abre también los sábados), no tiene muchos adeptos.
Sucede que no es caro, por todo lo que contiene (carne, pollo, chorizo, zapallo, zanahoria, arvejas, queso, manzana, papa y batata; setecientos pesos una ración individual; mil cien, una porción para dos personas), pero los visitantes buscan lo más económico.
Faltan que lleguen turistas en cantidad para que platos así tengan una mejor respuesta.
Son las 16. Es hora de regresar al centro.
Las playas junto a la avenida Bustillo también muestran un panorama de personas en busca de bronceado para encarar el verano, aunque no tantas como las que acompañaban el baño de sol con un almuerzo a la parrilla para el lado de Villa Mascardi.
Ya en el centro, la plaza de la Catedral (al mediodía, casi vacía) comienza a mostrar algunas familias con niños, que desembocan con pelotas para poder gritar un gol dominguero.
Pasadas las 19 caerá una leve llovizna, y la tarde se coronará a las 20 con la salida del arco iris sobre el Nahuel Huapi.
Christian Masello / Fotos: Facundo Pardo