MURIÓ ARNALDO VELÁZQUEZ
Una voz con la sonoridad de los clásicos
Su voz sonaba como esas canciones que son eternas. Esas melodías que no envejecen, que vuelven de vez en cuando porque las trae la moda o la radio, y regresan potentes, juveniles, frescas, indemnes ante el paso del tiempo.
Arnaldo hablaba y su boca plena de sonido hacía que las paredes retumbaran. Pero al mismo tiempo transmitía esa calidez que mis recuerdos de juventud emparentan con “El Altillo”, uno de sus programas clásicos. Ahí había discos inmortales de orquestas eternas, y estaba su voz magnífica con ese decir de tiempos apenas pasados. Ahora que lo pienso, desde ese entonces ya era un clásico.
Como en los eternos y siempre heladísimos desfiles kilométricos por la Mitre con Arnaldo como sonido de fondo, claro y transparente.
No recuerdo puntualmente si compartí algún programa con él. Sí lo recuerdo, como a varios otros de la guardia vieja, recibiendo con respeto a los pibes que veníamos llegando a la radio. Al principio distante, pero siempre con la mano extendida. Sin trampas.
Fue una bendición que gente como Arnaldo nos acompañara, nos diera algún consejo al pasar, nos abriera la puerta de sus ratos libres, nos invitara a su ocasional mesa. Así me gusta recordarlo hoy: como uno más, cuando ya era una leyenda. Riendo con esa potencia con la que hablaba, cristalino, sencillo, como si no tuviera ningún problema, con nada ni con nadie. Así lo vi la última vez por la calle. Leyenda, pero convertido en un niño. Yo me quedé un poco incómodo después de nuestra breve charla, pero él se fue feliz rumbo a sus cotidianas compras, anotadas en un papelito.
Se apagó dormido, me dicen. Sueño entonces que el gran locutor soñaba un desfile por la calle principal de su pueblo, por una vez con él como protagonista. Desde el pequeño “Colorado” que fue, arreglando bicicletas en lo de Pefaure, hasta ser la voz inconfundible en todas las radios de Bariloche. Pasando por su familia, sus afectos, las idas y vueltas de una vida seguramente como cualquier otra pero bendecida, marcada, por una voz inmortal.
Es Así. Desde hace algunas horas, burlando todos los protocolos de la pandemia, ese desfile hecho sueño se ha llenado de gente, aplaudiendo con las manos enrojecidas a esa voz que no se apagará nunca y al pibe simple de Bariloche, el de la risa franca, el de la hombría de bien…
Descansá en paz, querido Arnaldo. Tu Bariloche no te va a olvidar.
Antonio Zidar