2020-10-25

Se fue Carlos, el amigo de los gnomos

Luego de enfrentar una prolongada enfermedad, partió Carlos Fernández, el artista de los gnomos. Usando sus manos como herramientas, nos fue presentando a cada uno de los seres que vivenciaba, acompañados de mensajes de toma de conciencia sobre el cuidado de nuestro entorno.

“Tenemos que aprender a ver a la Naturaleza como un ser”, solía decir. Para muchas personas los gnomos son simples personajes nacidos de creencias populares, están quienes los adquieren como decoración para sus hogares y, para otros, son elementales de la naturaleza con los cuales se puede interactuar.

Para Carlos marcaron un antes y un después en su camino. Fueron sus manos las que canalizaron dando forma física y visible a cada ser. Realizó exposiciones en diferentes partes del mundo y brindó charlas acerca de esta temática.

Nació en Buenos Aires y vivió toda su infancia en Lomas de Zamora: “Mis abuelos fueron pioneros de esa zona, en ese momento no era ni siquiera un barrio, era un lugar con árboles y paraísos naturales”. Allí estuvo hasta sus 25 o 26 años, momento en el cual decidió comenzar a viajar, siendo Brasil su primer destino.


Hasta siempre.

Era un buscavidas, compraba cosas y las vendía en nuestro país, seleccionando que fueran de buena calidad, ropa o vinilos. Siempre le gustó el dibujo y la pintura, pero en ese entonces no hacía nada relacionado con el arte, su padre y su abuelo eran carpinteros y tenían gran habilidad con las manos. Empezó haciendo tapas de discos en madera y con eso cubría sus gastos, también fue disc jockey.

Todos sus amigos se iban a conocer el norte del continente o Europa, pero él primero quiso conocer nuestro país: aprovechó que su hermano estaba haciendo el servicio militar en Río Mayo y así fue como se vino al sur. Ahí empezó una parte de su vida que el mismo reconocía como extraña: no hubo manera de llegar a su destino y le comenzaron a pasar cosas que consideró paranormales. La primera experiencia sobrenatural fue en el Portal de Esquel, en una cabaña abandonada: sonidos y golpes.

Recordó una vez que “iba con un amigo y la policía no nos permitió seguir viaje por portación de rostro, terminamos dos días después haciendo dedo en Mallín Ahogado, de ahí también nos corrieron, el comisario nos subió al primer micro que pasó y era uno que venía a Bariloche”. Así llegó a instalarse en otra vivienda abandonada en el kilómetro 18. “Invierno, nieve y montaña, un impacto visual muy fuerte para mí”, describió. Era el año 1989.

Si estamos atentos, los libros que nos llegan en determinado momento son exactamente los que tienen algo para decirnos. A Carlos le llegó primero Hadas, era en inglés, pero le impactaron las ilustraciones y luego otro de duendes. No solo sintió que eso que estaba viendo era real, sino que le empezaron a pasar cosas de verdad que no estaban tan buenas. Con el tiempo no solo fue comprendiendo lo que sucedía, sino que, además, se lo tuvo que tomar en serio.

“Mucha gente hace esta clase de seres y no tiene idea dónde se está metiendo, yo a medida que me iba involucrando me fui dando cuenta de que lo que me pasaba tenía mucho que ver con la elección que estaba haciendo, sin saberlo”, dijo. Al hablar de la energía que manejaba al crear cada uno de los gnomos, explicó: “La gente cree que estoy loco, pero sinceramente a esta altura de mi vida, eso ya no me afecta”.

Luego de su primera experiencia le hablaron de tres temas fundamentales: “Me dijeron que existen los chakras, la luz y la oscuridad, yo venía de Lomas de Zamora y la única oscuridad o luz que conocía era cuando había un corte de energía, me preguntaron de qué lado quería estar”. Para Fernández era un lenguaje extraño: “cuando tomo conciencia de lo que me estaban hablando ya habían pasado muchos años, esos seres que interactuaban conmigo me estaban perjudicando bastante, tuve que modificar mis creencias y mi forma de sentir”.

“Cuando en algunos países de Europa suceden hechos de encuentros de personas con seres de la Naturaleza, hay psicólogos que te atienden porque está más naturalizado, acá en Argentina, he conocido casos en los que a las personas las mandan al psiquiatra para ser medicadas”, aseguró.

“A pesar de que ahora hay una cultura muy grande con los elementales de la Naturaleza, aún no se lo toma en serio, siempre que doy una charla o hago una muestra, la gente se acerca a contarme sus experiencias con gnomos”, dijo.

Las vivencias comenzaron a hacerse más agradables para Carlos recién hace algunos años: “el trabajo de empezar a darse cuenta no implica estar trabajándolo, entre tantas herramientas que me fueron llegando fui eligiendo cuál era la llave que yo necesitaba”. Estos años viajó mucho a México, Irlanda, España o Francia, relacionándose con investigadores y entrevistando gente, así fue armando un gran rompecabezas.

“Hice un seminario de Elfología con un cura de Mallín Ahogado para quien la Virgen es la reina de las hadas, información de iglesias religiosas de Rusia o de otros lugares de Europa, es un antropólogo y eso fue un cambio de visión muy importante”. Fue una introducción a las ciencias herméticas, algo muy complejo y nuevo para Carlos.

“Ahí entendí recién aquella pregunta que me habían hecho, de qué lado quería estar, en el caso mío de estar manipulando energías estaba muy expuesto al trabajar con estos seres, me di cuenta que mis gnomos no eran de un aspecto positivo y al darme cuenta, comencé a modificarlos”, comentó. “Mis ámbitos -en esos momentos de mi vida- no eran los ideales, en el Bariloche de antes había mucho descontrol, hacía muñequitos para vender y no tomaba conciencia de la energía que estaba generando”. Ahí comenzó el camino de informarse, cambiar su entorno de gente y tomar conciencia.

Para mucha gente, Fernández era el mejor creador de duendes de nuestro país, rótulo que a él no le importaba demasiado. “Sí me interesa que mis piezas estén bien hechas, pero no busco la superación artística, quiero que tengan una respuesta visual al arquetipo que necesito mostrar”, decía.

Sus gnomos van en muchas ocasiones hacia espacios al aire libre. Entonces, los materiales apuntan a que perduren, tal es el caso de la gran galería que se puede admirar en Aldea Duende de Colonia Suiza. Pero recibía pedidos de distintas partes del mundo.

“Ahora no tengo expectativas de ver un ser en la Naturaleza, lo que sí hago es prepararme para seguir interactuando con ellos, porque sé que estoy siendo una herramienta para mostrarlos por medio de mis manos a personas en las que generan reacciones muy amorosas y con un compromiso de conocimiento”.

“Mi rol simplemente es hacer estos seres que después en un parque, un negocio o una vivienda, generan una sensación de conexión con ellos”. Cada charla la terminaba con mensajes muy claros. “En Bariloche seguimos haciendo desastres con nuestra Naturaleza, talando árboles y contaminando las aguas, significa que todavía no entendimos nada”, aseguró. Son momentos de una toma de conciencia y de encaminarse hacia una transformación donde, si cada uno hace lo mejor que puede, los cambios serán notables.

Deja un enorme vacío la partida de Carlos, pero lo seguiremos recordando en cada uno de los seres a los que dio vida con sus manos.

Susana Alegría

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