ENTRE LA LEY Y LA NECESIDAD
Toma en el predio de la nueva terminal: “No me gusta hacer esto, pero no puedo más”
A las tres de la tarde, el sol pegaba fuerte en el predio donde se planea construir la próxima terminal de ómnibus de la ciudad.
La zona estaba rodeada de efectivos policiales.
El motivo era una nueva toma de tierras.
En esta ocasión, el hecho de que se tratara de un lugar destinado a realizar un emprendimiento clave para el futuro de la ciudad (aunque, a decir verdad, el proyecto duerme una siesta que se está extendiendo demasiado en el tiempo: todavía no se colocó ni un ladrillo) hacía que el asentamiento tomara un cariz especial.
Al acercarse, se observaba un terreno amplio, ya dividido por sogas, como para identificar el sector que cada familia había tomado como propio.
Una elevación del terreno presentaba una especie de garita precaria, hecha con jirones, que podía llegar a servir como punto de observación.
Allí, flameaba una bandera argentina, al igual que en el parante frágil de una carpa armada con bolsas.
Dos insignias ondeaban en el lugar.
Aunque parezca extraño, la toma tenía un marcado carácter nacionalista.
Cuando, horas después, llegaran los fiscales, los ocupantes destacarían, justamente, que se sentían en desigualdad de condiciones frente a extranjeros que sí conseguían lotes por parte del Estado, mientras ellos, argentinos (la mayoría, nacidos en Bariloche), sólo obtenían piedras en un camino de por sí bastante dificultoso para transitar.
También se quejarían: “¿Por qué no van a sacar a los mapuches?”, en clara referencia a los individuos que causan desmanes en Villa Mascardi. “Claro, con ellos no van porque tiran piedras; nosotros somos pacíficos”, soltarían.
Al ver al cronista, los que realizaron el asentamiento lo invitaron a conversar.
Se reunieron alrededor suyo y comenzaron a hablar.
Contaron que la policía había llegado al mediodía, y que ellos estaban desde un par de horas antes.
Indicaron que los efectivos les tomaron los datos, y, desde ese momento, ya no pudo ingresar gente.
Porque, si bien allí había treinta y tantas familias, la idea era sumar a bastantes más (hablaban de un total de cincuenta). Pero, a partir del arribo de los miembros de seguridad, que acordonaron el área, no pudo incorporarse nadie.
Incluso, algunas mujeres aguardaban que llegaran sus maridos, que se habían ido a trabajar, pero, desde el momento en que fueron anoticiadas de que ya no entraría gente, y que, en caso de que ellas se fueran, tampoco podrían retornar al terreno, sólo les quedaba permanecer solas, porque no pensaban siquiera en la posibilidad de abandonarlo.
Además, a varias se les sumaba otro inconveniente, porque habían dejado a sus hijos con conocidos, con la idea de buscarlos más tarde, cuando hubieran armado algún tipo de protección: casillas, carpas o lo que fuera… Pero, ante esa disyuntiva, no sabían cómo actuar.
Por otra parte, algunos tenían pensado ir a sus trabajos, esa jornada por la tarde o la siguiente a la mañana, y, desde que les informaron que, de salir, les bloquearían el regreso, enfrentaban un dilema difícil de resolver.
También estaba el tema de la imposibilidad de ingresar más elementos que los que habían traído en un principio, así que no podían agregar carpas, lonas, ni nada que sirviera como protección para pasar la noche.
Los más jóvenes ideaban planes con algo de argumento de película de aventuras, para que, cuando estuviera oscuro, desde el otro lado, amigos arrojaran distintas cosas.
Sólo tenían permitido entrar alimentos y bebidas.
O bien salía un par de personas debidamente designadas, a las que la policía revisaba al entrar y al salir, para constatar que cumplieran con las directivas, o gente allegada les acercaba comestibles hasta el límite del predio.
La mayoría es gente joven, con varios hijos.
Justamente, llamaba la atención la cantidad de bebés y niños pequeños.
Los chicos vivían la situación como un juego, correteando por ahí, sin percatarse, en su inocencia, de los problemas que afrontaban sus padres.
Uno de los muchachos contó que, temprano, se había acercado el dueño del lote lindante, quien les dijo: “Lo único que les pido es que no se metan de mi lado”.
Los ocupantes destacaron que el hombre había ido de muy buenas manera y les habló bien. Incluso se despidió con la frase: “Les deseo mucha suerte”.
“Todos necesitamos terrenos. Tengo tres hijos y pago un alquiler de quince mil pesos… ya no puedo… a mí no me gusta hacer esto, porque no quiero que mis hijos pasen frío, pero no puedo más…”, dijo una muchacha, y se puso a llorar.
Se debe resaltar que algunas de las personas que emprendieron la toma se anotaron en el Instituto Municipal de Tierra y Vivienda para el Hábitat Social (IMTVHS) hace años, y todavía no tuvieron respuesta.
Mientras cada cual sumaba su historia personal (imposibilidad para pagar el alquiler, falta de trabajo, desaparición de cualquier salida laboral a partir de la pandemia, e incluso gente que vive en un vehículo porque no cuenta con un techo…), una mujer se mostraba preocupada por su hija discapacitada. La había dejado al cuidado de un allegado, y quería ir a verla para saber cómo se encontraba, además de darle la medicación de la forma correcta, pero se veía paralizada al no poder luego ingresar en el predio (más tarde conseguiría un permiso especial por parte de las autoridades, y podría salir y retornar).
Una muchacha de dieciséis años, en tanto, comentaba que, por problemas familiares, se había alejado de sus padres, y cuidaba a su hermano mayor, que, con dieciocho años, tenía una imposibilidad motriz importante, lo que no le permitía desplazarse. Lo dejó con su tía, y esperaba el momento adecuado, cuando la situación se calmara, para ir a buscarlo.
La mayoría se había reunido el sábado, ante el dato que les había pasado alguien que cumple tareas en el IMTVHS, acerca de que ese sector era municipal y quizá pudieran avanzar con una ocupación.
Lo de que la tierra no perteneciera a un privado no es menor, porque los que ocupan el terreno están convencidos (dado ejemplos recientes) de que resulta mucho más fácil instalarse en un sitio comunal, porque, caso contrario, la justicia parece avanzar más rápido.
Sucedió en el barrio Altos del Este, donde los que quisieron asentarse llegaron bajo una información que resultó ser errónea, porque creyeron que se trataba de un terreno municipal y no lo era. Hasta se acercó el abogado del dueño, para explicarles que ese lugar contaba con un propietario particular.
Aquella vez, el desalojo llegó pronto.
Y los ecos de ese hecho perduraban en quienes fueron al predio destinado a la nueva terminal.
Por eso verificaron que ese sector perteneciera a la municipalidad.
Por otra parte, los policías también constataron que los ocupantes no fueran los mismos que habían acudido el domingo al barrio Altos del Este, ya que contaban con el registro de quienes cometieron aquel intento de asentamiento. Ninguno de los presentes participó de aquello.
A las 17.30, se presentó el fiscal adjunto Gerardo Miranda. En un primer momento, consultó a las personas si tenían la intención de conversar con alguien del Instituto Municipal de Tierra y Vivienda.
Cuando le respondieron que sí, se comunicó con un representante de la entidad, pero le contestaron que era imposible brindar una respuesta positiva, en tan poco tiempo, ante un problema que involucraba a tanta gente.
Casi una hora después, arribaron el fiscal jefe Martín Lozada y el fiscal Tomás Soto.
La propuesta que dejaron fue clara. Los invitaron a abrir una mesa de diálogo, en la fiscalía, el jueves a las 12.30, donde tres representantes del asentamiento pudieran conversar con miembros del IMTVHS.
Lozada garantizó la presencia de algún funcionario del Instituto. Incluso dijo que, si hiciera falta, se comunicaría con el intendente Gustavo Gennuso.
Si bien en un primer momento primaba una posición de no acudir, luego hubo una postura flexible, que parecía que derivaría en un sí rotundo.
Los fiscales se retiraron con esa idea.
Pero, por la noche, tras recibir un llamado de una agrupación social, los miembros de la toma habían regresado a la actitud de no presentarse en la fiscalía, sino exigir que los funcionarios se arrimaran al asentamiento; aunque la decisión todavía no era definitiva.
Antes de que se hiciera de noche, se habían acercado representantes de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF). El organismo fue convocado ante la notoria presencia de menores.
Así, se aseguró el ingreso de abrigos, frazadas y ese tipo de elementos, como para que los chicos, víctimas de un presente que duele, y un futuro que amenaza con ser oscuro, al menos, durante la noche del miércoles, no pasaran tanto frío.
Christian Masello / Fotos Facundo Pardo