Toma 3 de Mayo: "Estas son tierras familiares y quien dice ser propietario intentó estafarnos"
El predio junto a donde se ubicaba la empresa Tres de Mayo, en las cercanías del cementerio, refleja un panorama desolador. Retazos de nailon que el viento hace ondear cual banderas del desamparo, carpas modestas, cenizas de las pocas maderas que los que allí se encuentran pueden utilizar como leña…
Se la ha calificado como toma, es cierto. También lo es que, según los asentados, detrás existe una historia confusa, donde se mezclan herencias, ventas, desconocimiento legal y demás, en una cronología que llega a un presente donde familias humildes viven casi a la intemperie, rodeadas de vigilancia policial.
Angustia humana y precariedad edilicia.
“Estas eran tierras familiares; desde hace dos años que venimos tratando de recuperarlas, cuando hicimos la calle aquella”, señala Alejandra Ojeda, en dirección a un paso que divide en dos el terreno, ya que de un lado se ubica su familia (Poblete), y del otro la de apellido Maliqueo.
La historia se remonta a dos antepasados, que al casarse unieron los grupos familiares.
Los herederos, en 2010, vendieron parte de la propiedad… O eso dijeron haber entendido…“La Tres de Mayo había comprado, a nuestros mayores, lo que fue la playa de estacionamiento”, cuenta Alejandra, en referencia al cementerio de colectivos que está a una cuadra, donde esqueletos vehiculares duermen su ocaso.
“Eso es lo que pensaba la familia, pero dicen que, en letra chica se afirmaba que se cedía este otro terreno, cuando en realidad se creía que estaban haciendo una operación en la que la empresa se comprometía a lotear acá y colocar alumbrado”, explica Alejandra.
“Les hicieron firmar un papel donde decían que esto lo cedían”, apunta Fernanda Poblete, su prima.
“Los que firmaron eran gente grande, sin abogado”, sostiene Alejandra.
“Cuando hace dos años quisimos recuperar esto, nos mostraron ese documento”, añade Fernanda.
La referencia es a que, en 2018, hubo un intento por situarse en el lugar. “En aquel momento, posteamos, limpiamos, cercamos, pero nos vinieron a sacar”, rememora Alejandra.
Camino desolado.
Hace unos días los iban a desalojar, pero, finalmente, les dieron cinco meses más. “Eso fue porque Book (Bernardo, quien se define como propietario del lugar) está flojo de papeles”, indica Alejandra.
“Si Book hubiera sido el verdadero dueño, como él dice, no se entiende por qué no presentó títulos ni ninguna cosa en la audiencia”, considera.
“Por eso nos dejaron quedar, si no, nos desalojaban en el momento”, apunta.
Igualmente, tras la noticia de este plazo de cinco meses, informa que la policía ejerció presión.
Por eso, decidieron ir al Centro Cívico, para visibilizar su situación. Allí, quemaron neumáticos.
En aquella ocasión, el titular del Instituto Municipal de Tierra y Vivienda para el Hábitat Social, Javier Giménez, habló con ellos y luego emitió un comunicado en el que calificó la situación como un “conflicto entre privados”.
“Hasta hace un par de meses parece que los terrenos eran de Inés Cárcamo, pero ahora se los pasaron a Book; es una cosa entre los socios”, sostiene Alejandra.
“Además, Book dice que llegamos de noche a poner casillas, a cortar el cerco con el que supuestamente tenía cerrado, y que golpeamos a un cuidador”, manifiesta la mujer.
Sobre ese punto, asevera: “Es todo mentira. Nunca hubo un guardia en el lugar”.
“Acá estaba lleno de retamas enormes; limpiamos todo y usamos eso para hacer fuego y darnos algo de calor”, explica.
“Y no llegamos de madrugada, sino a las cuatro de la tarde”, agrega.
Pequeñas fogatas para escudarse del frío.
Alejandra cuenta que, aparte de los familiares, el sábado 19 de septiembre ingresó también otra gente a la que ellos conocían: “Personas que sabíamos que no tenían dónde vivir, que estaban con los suegros o los padres, o que no llegaban a pagar un alquiler”.
Jesica Poblete, otra prima, se suma a la conversación y expone: “Incluso sacamos a familiares que no lo necesitaban, y dejamos que vinieran otros que sí lo precisaban”.
“Claro, porque algunos de la familia lo querían para vender, y no es así”, razona Alejandra.
“No queremos que si el día de mañana se consigue algo, a alguien se le ocurra vender. La idea es darle una mano a quien lo necesita, no hacer negocio”, amplía.
“Ya se habló con todos: no se puede vender”, completa.
Sobre el momento que atraviesan, con el frío que azota, Alejandra indica: “Queremos refaccionar un poco y no nos dejan… Está lleno de tierra, y hay niños, mujeres embarazadas”.
Porque, durante los cinco meses que se alargó el plazo, no les permitieron ingresar ningún material.
“No podemos construir, ni entrar con algo para hacer fuego, nada, solo permanecer con las carpas de nailon que tenemos”, expresa Alejandra.
Pese a esa prohibición, hay vecinos que, al verlos en esas condiciones, cuando las autoridades policiales no están atentas, pasan y les dejan algo de leña.
Las mujeres narran que la policía, además, se presenta varias veces al día para notificarse de quien está en el predio, para que no se sume más gente.
Y afirman que se ven hombres uniformados “en distintos autos particulares”.
“Pensamos que Book les paga aparte, para que estén todo el tiempo”, sostiene Alejandra.
Postal de la tristeza.
Y agrega: “A una de las chicas, como se negó a volver a dar sus datos, porque ya se lo habían pedido un montón de veces, le dijeron que pasarían el caso a la fiscalía”.
Iris Valerio, a su lado, asiente. Ella no pertenece a la familia, es una de las personas que no tenía dónde ir, a la que le permitieron entrar con ellos en el terreno.
Alejandra añade: “Llevamos acá tres semanas, en estas circunstancias, y tenemos que esperar hasta febrero”.
Explica que, si bien la familia Maliqueo, ubicada al otro lado de la calle, pretende que los reconozcan como propietarios, porque consideran que los documentos que tienen así los califican, ellos están dispuestos, incluso, a pagar, mediante algún plan a su alcance, por permanecer allí.
“Siempre y cuando quien dice que es el dueño muestre los papeles que lo avalen como tal”, apunta.
“Aparte, ¿por qué no hizo nada en tantos años? Esto era una boca de lobos, estaba lleno de matorrales. Había ladrones que robaban a los remiseros y se escondían acá… hubo intentos de violación”, comenta.
“Recién hora, que llegamos de una forma pacífica, y limpiamos todo, viene a decir que son sus tierras”, concluye.
Otra de las personas que se asentó en el lugar, Yanela Azócar, suma: “¿Por qué no se acerca a conversar con nosotros, para que le expliquemos nuestra situación?”.
Christian Masello / Fotos: Facundo Pardo