2020-10-03

LOS 90 AÑOS DE JOAQUINA

Una celebración para honrar la vida

“Cumplo noventa… me parece imposible…”, suspira Joaquina Antonia Chic de Tagle. Las palabras surgen de su boca, pero también habla con su mirada cristalina. Como la de todos, pero en su caso especialmente, por las coordenadas en que se produjo su nacimiento, su historia está encadenada a la de sus padres, españoles.

Teresa Vidal estaba de novia con Joaquín Chic (“De él, además del apellido, heredé el nombre”, comenta Joaquina), y decidió venir a la Argentina porque tenía familiares que vivían en Jacobacci.

El enamorado se quedó del otro lado del océano, por cuestiones de papeleríos, pero, un año después, también cruzó el charco salado. Se casaron en Jacobacci, pero enseguida rumbearon para Bariloche.

Tras pasar por otra vivienda, se instalaron donde hoy está la Casa del Deporte. “Yo nací allí. No cerca, eh: ahí mismo”, señala Joaquina.

Su relato se salpica de nombres y fechas. Hace gala de su buena memoria, que ella misma se encargó de fortalecer hace unos años, cuando asistió a talleres que se brindaban en el marco del programa UPAMI, el espacio universitario dedicado a los adultos mayores. En ese sentido, apunta: “Agradezco a Gabriela y Marisa, profesoras divinas que me ayudaron a recordar muchas cosas de Bariloche”.

Cuenta anécdotas en las que los protagonistas van de un capitán del Modesta Victoria a un viajante de “43”, la marca de cigarrillos que tenía la tabacalera Piccardo. Incluso, también surgen referentes de la Bariloche antigua, como Rosa Meier de Capraro.

Joaquina trabajó en la isla Huemul, como instrumentista, cuando el científico austríaco Ronald Richter llevó adelante un proyecto que buscaba generar energía mediante la fusión nuclear, en la década del cincuenta del siglo pasado.

“Él hablaba alemán, y había una traductora que nos explicaba qué quería”, cuenta Joaquina. “Aquella semillita de inquietud sembrada en aquel momento, que no podemos determinar qué grado de veracidad tuvo, hizo que después pudiera estar el Instituto Balseiro”, indica.

Allí trabajaba, entonces, cuando un día se cruzó a un amigo que iba acompañado de un oficial de Gendarmería llamado Ataliva Tagle, que se transformaría en su marido. Se casaron en 1955, y luego partieron a Buenos Aires.
Joaquina pasó catorce allá. Hoy, ya viuda, se emociona al recordar al esposo, pero, de pronto, una mueca de alegría le surca el rostro: “Tengo una familia hermosa: cuatro hijos (dos mujeres, Patricia y Claudia; dos varones, Jorge y Oscar), diez nietos y… ¡cinco bisnietos!”, expresa.

Regresa verbalmente a su infancia y suelta: “Yo terminé sexto grado en la Escuela 16, donde mi papá, que era ebanista, colocó, hace ochenta y cinco años, el piso de parquet del comedor, que hoy todavía está”. Como si fuera una chiquilla, aún se muestra enamorada de la figura paterna. Así, señala una silla muy bonita y dice: “La hizo mi papá, en 1934”.

Joaquín Chic fue un hombre importante en la ciudad. Más allá de desarrollar una extensa carrera hotelera junto a su mujer, fue uno de los impulsores de la Sociedad Española, como así también de, tal como se la denominó en su origen, la Asociación de Hoteles Restaurantes Confiterías Bares y Afines de San Carlos de Bariloche y Parque Nacional Nahuel Huapi.

Tal vez aquella experiencia paterna impulsó a que, a Joaquina, le picara el bichito en eso de intervenir en agrupaciones. Porque, como atestigua, estuvo en la comisión de la Asociación Ayuda al Necesitado, la institución que luego propiciaría el nacimiento de la escuela Antu Ruca.

Joaquina rememora que la entidad benéfica nació “en la época de la poliomielitis, cuando las señoras familiares de los médicos se reunieron en un acontecimiento para comprar un pulmotor. Luego, comenzaron a dar comida a los chicos necesitados”.

“Fui vocal, secretaria… Nunca quise ser presidenta, porque me gustaba más trabajar que andar firmando papeles”, sostiene. Dice que le duele “una determinación que se tomó en una asamblea hace unos años, que llevó a que solo personal de la escuela estuviera en la comisión”. Igualmente, afirma: “Mi corazoncito todavía está en la institución”.

Vuelve atrás en el tiempo y recuerda su paso por el Colegio Nacional Ángel Gallardo, que este año cumplió setenta y cinco años. Por tal motivo, Joaquina tiene preparada una placa, para colocar apenas la situación que se vive por la pandemia se lo permita.

Justamente, en referencia a estos tiempos marcados por el coronavirus, manifiesta: “Me porto bien, no salgo a la calle para nada”.

3 de octubre de 2020: Joaquina cumple noventa años. Tras recordar una vez más a sus padres, por quienes muestra un agradecimiento infinito, afirma: “Más que contenta, estoy muy emocionada”.

Christian Masello/ Fotos: Facundo Pardo

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