2020-09-06

La “nueva” normalidad del fútbol

Si hay algo que la pandemia de COVID-19 se ha encargado de hacer, fue reforzar, en cierto punto, cada uno de los modos a los cuales estamos acostumbrados a vivir. El aislamiento saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos y nos pinta de pies a cabeza, en medio de la incertidumbre sanitaria mundial. La enfermedad llegó para catalogarnos, y con eso hasta repensar nuestra vida; trabajador esencial y trabajador no esencial, por ejemplo. Y eso ha hecho que nos preguntemos, de manera inconsciente, y que las respuestas sean duras. ¿A qué me dedico yo en este mundo?, ¿es algo que sea indispensable en este momento?, ¿podemos vivir sin ver a nuestros amigos o seres queridos?, ¿se puede no entrar en depresión sin tomar una cerveza un viernes por la noche en un bar?, ¿qué es necesario para poder vivir y subsistir en estos tiempos, sabiendo que afuera hay un virus que aún no tiene cura?

Aplica para todos los ámbitos, y también aplica para el deporte y más aún para el fútbol. El deporte más hermoso de todos y el que más factura a lo largo del mundo debió parar y darse un descanso obligado como todo lo demás a mediados de marzo. Dos meses después la Bundesliga (Alemania) volvía tras más de 60 días sin competencia, mientras los casos comenzaban a disminuir en el viejo continente. La postal del estadio vacío del Borussia Dortmund para jugar ante su clásico rival, el Schalke 04, era un vaticinio de la nueva normalidad del fútbol, la cual yacía escondida a los ojos de todo el mundo pero que manejaba los hilos del deporte.

Y ahí están los jugadores teniendo que volver a los entrenamientos y a las competencias en medio de una pandemia, porque son parte de este negocio y necesitan de sus servicios. Las federaciones se ven obligadas por los derechos comerciales; hay gente que invirtió dinero para que la pelota ruede y así debe ser. No hay excusa que valga, se debe jugar, y el futbolista no debe quejarse. El mediocampista francés, N’Golo Kante, no se presentó a los entrenamientos de su equipo, Chelsea FC, por miedo a infectarse en la reanudación de la Premier League (Inglaterra). La medida del jugador fue apoyada por el club, pero la misma duró unas semanas, y el francés volvió a los entrenamientos. No se sabe si fue por decisión propia o de la entidad londinense, lo cierto es que el jugador volvió a la actividad, y con el correr de los partidos “perdió” terreno y ahora es muy probable que sea vendido a otro equipo europeo.

Cuesta muchas veces ver “este fútbol”. Sin el público en las tribunas a veces da la sensación que el partido es más aburrido y que los pronósticos se van a cumplir más que antes. No hay lugar para las sorpresas. Los jugadores lo saben y en algunas ocasiones se los ve desganados, o con más ganas de no lesionarse que de jugar. Pero tienen que estar ahí, porque es lo que aman, y además de su trabajo significa, para ellos, salud. Son esenciales en el fútbol, los jugadores, los hinchas no. Al menos en el primer nivel el fútbol se puede jugar sin público, y para el sistema pareciera funcionar bien y que los partidos sean televisados.

El negocio es tan grande y tan poderoso que ni siquiera Lionel Messi puede tener libertad de hacer lo que desee. El “10” iba a tomar una decisión propia, sin que nadie se le interponga en el camino. Daba la sensación que luego de 15 años el mejor jugador del mundo se iba a ir de una institución que lo desgastaba, y ahora podría tomar un nuevo rumbo, porque así lo deseaba. Ni siquiera su familia, la menos interesada en dejar Barcelona, podía más que el argentino que buscaba nuevos objetivos. Messi es ese mejor jugador del equipo de amigos y que luego de varios campeonatos, lo viene a buscar un conjunto de otro renombre para disputar un torneo de mayor jerarquía. Sus amigos, lo dejan, porque lo quieren y por todo lo que ya le dio al equipo, y hasta quizás lo vayan a ver jugar. El profesionalismo no sabe de amores y romanticismos, y para evitar un juicio millonario se deben dejar los deseos y sueños de lado.

Y nuestro fútbol también lo vive, quizás, como siempre, el más azotado históricamente. Cuando la situación sanitaria en las provincias no era tan desesperante, los clubes pedían poder comenzar los entrenamientos. La petición era más por una cuestión de salud, que deportiva al no saber el reinicio de la actividad. La AFA aglutinó a todo el fútbol del país en una misma situación, la del AMBA. ¿Casualidad? Otra vez la pandemia reforzando un viejo modo, que tiene como refrán “Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires”. Aunque en Misiones no haya más de 60 contagiados, los jugadores de Crucero del Norte no pueden comenzar a entrenar debido a la cantidad de casos en Capital Federal y Gran Buenos Aires. El COVID se lleva puesto al federalismo que soñamos y que tanto deseaba el “Turco” Osvaldo Wehbe.

Aquí en Bariloche en los próximos días se reabrirán los entrenamientos de manera muy paulatina. Costará para los clubes que no tengan un predio propio para entrenar y que deban ajustarse a los protocolos. Quizás las entidades más grandes podrán reabrir la actividad en esta nueva normalidad.

A los clubes más chicos les terminará suponiendo un esfuerzo mayor para volver. Otra vez el virus.

Este nuevo -o viejo- fútbol que estamos viendo es un poco cruel. La pandemia se ha encargado de reforzar sus bases y al sistema, aún más de lo que ya venía siendo. Este negocio tan grande del que muchos vivimos, se parece poco al deporte que se inició a mediados del siglo XIX en Inglaterra.

Da la sensación que todo está premeditado desde antes y que los partidos son cada vez más parecidos a los videojuegos donde gana el que más tiene. Mientras el mundo sanitario se debate ante la enfermedad, el fútbol, pareciera, que se había hecho amigo del virus mucho antes de que surgiera.

David Argel

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