2020-08-20

Ojo de Agua, una “toma” solidaria

Cuando se transita por la Ruta 40 (ex 258), con solo echar un vistazo a los costados, en especial hacia “arriba”, es fácil ver que Bariloche se “derrama” hacia los lados.

La expansión demográfica de los últimos años es fácil de verificar en esa región. Por ejemplo, si se circula en dirección a El Bolsón, y se dobla a la izquierda, en la zona del barrio Omega, al emprender el camino por la calle Carlos Wiederhold, se llega a Ojo de Agua, un suburbio con un asentamiento que busca trazar su propia historia, más allá de la problemática que aqueja a sus pobladores. Por eso, si bien se trata de personas que, justamente, tomaron el lugar porque carecían de espacio propio, más los inconvenientes acarreados por la cuarentena, que complicaron su ya difícil situación, al ver la necesidad imperante, decidieron poner en funcionamiento un merendero/comedor.

Todavía no cuentan con una edificación destinada a ello, aunque ya establecieron en qué sitio del predio se levantará. Por el momento, utilizan dos de las viviendas que ya han construido, y ahí cocinan y preparan lo que, luego, la gente pasa a retirar. Porque el servicio no se brinda solo para los que pueblan ese sitio, sino también para habitantes de barrios como Malvinas, Arrayanes, Nahuel Hue… Y, mientras alcance, a nadie se le dice que no.

Los lunes, miércoles y viernes, hay merienda; los martes y jueves, en tanto, se entregan viandas. La mayor parte de lo que se ofrece es suministrado por Central Lautaro, una línea local de Vía Campesina, movimiento internacional que coordina a pequeños y medianos productores, comunidades indígenas, trabajadores agrícolas, jóvenes sin tierra, etcétera.

Así, los integrantes de esa organización, a partir de donaciones y producciones propias, abastecen a ocho comedores en la ciudad, entre ellos el de Ojo de Agua. “Aportamos nuestra mano para que se empiecen a formar”, apuntó Marcos Vargas, referente de Central Lautaro. En ese sentido, anunció que, en vista al futuro, la idea incluye “armar un centro comunitario”. “La discusión de fondo siempre es la tierra, que tiene que ser para todos; la idea es conseguir un lugar digno para los compañeros”, remarcó Vargas.

“Un terreno para vivir”

Yamila López, por una situación particular, necesitaba conseguir un lugar donde vivir de forma urgente. Lo comentó con unas pocas personas que pasaban por un momento similar, y decidieron salir a la búsqueda de un sitio donde instalarse.

Así, el 31 de enero se acercaron a Ojo de Agua. Al día siguiente, se instalaron con carpas. Vivieron en ese campamento improvisado durante dos meses.

En un principio, eran solo cinco almas. Luego, cuando más gente en situación de vulnerabilidad observó que limpiaban el terreno, muchos se sumaron a la toma.

En un momento, llegaron a ser treinta y cinco familias. Pero, ante el temor de que la policía accionara para desalojarlas, ya que solía haber efectivos policiales instalados alrededor del predio, varias se fueron.
Quedaron veintitrés grupos familiares, aunque solo cinco ya viven allí y levantaron pequeñas viviendas.

El resto aguarda a que baje el frío, para reanudar el trabajo en el lugar (algunos, en realidad, ya lo hacen, de a poco, cada vez que el clima les da un respiro).

“Nosotros queríamos solo esto… tener un terreno para vivir”, afirmó Yamila. Sobre la relación con los vecinos, dijo: “Siempre fue buena, desde el primer día. Por ahí, algunos desconfiaron cuando vieron gente acá, pero cuando les comentamos la situación, y explicamos que lo nuestro no era maldad, sino necesidad, lo asumieron. Ya nadie se queja. Al contrario, por ahí vienen a darnos una mano, nos dejan ropa, pan”.

El contexto laboral de los tomadores es más que delicado. Prácticamente, nadie tiene un trabajo fijo; viven de las pocas changas que pueden conseguir, y de las colaboraciones que les acercan.

Para diferenciarse de otros asentamientos, donde se sabe que existen negociados detrás, que incluso incluyen la comercialización de lotes, Yamila sentenció: “Nosotros no vinimos con el propósito de vender ni nada de eso”.

Además, aclaró que no hay posibilidad de que ingrese más gente, ya que todo se encuentra dividido y ocupado. Lo que se observa allí es una especie de vida en comunidad. “Somos un grupo unido; nos ayudamos entre todos”, expresó la joven.

El promedio de edad en el lugar es bajo. Nadie supera los treinta años, y se nota una gran presencia de niños. El sitio, por más que está en un camino en altura, es una especie de depresión del terreno, algo así como una olla natural. Justamente, una de las razones que se esgrimían para que no se colocaran allí era que se trataba de un mallín, es decir una zona inundable y peligrosa, ya que existe una vertiente que la atraviesa.

Los ocupantes, entonces, aconsejados por un arquitecto, realizaron un zanjado profundo, e incluso compraron tubos con la intención de, si es necesario, colocarlos.

El agua que consumen la sacan de un pozo del que saben que el líquido es seguro, porque el de la vertiente todavía desconocen si es o no potable.

Además de limpiar el terreno todo lo que pudieron (el lugar era un basural; todavía se observan desperdicios sobre una de las laderas, como así también varios “esqueletos” de autos), idearon una calle en medio del predio, y la trazaron en forma precaria. Precisan, para que sea apta, una máquina que realice el trabajo en forma adecuada, pero, al consultar, le pasaron un valor de cuarenta y ocho mil pesos por jornada, y necesitarían al menos dos días de tareas.

Ellos se sienten instalados en forma definitiva. Ya no temen ningún tipo de desalojo. Contaron que, hace un par de semanas, concurrieron cuatro policías para solicitar sus datos, como una especie de “certificado de ocupación”.

“Esto no era de nadie”, afirmó Yamila, mientras se refería al proyecto de una senda peatonal que idearon para uno de los extremos del sitio.

La joven, que vive junto a su hijo de cuatro años y su compañero, agradeció la leña que, en su momento, acercó el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), lo que colaboró a que el frío no se sintiera tanto.

También contó que, para festejar el Día de la Niñez, el sábado repartieron cincuenta meriendas acompañadas de golosinas, juguetes y ropa. En cuanto a la función del comedor en la zona, resaltó: “Al principio, cocinábamos solo para la gente de la toma; ahora, para ochenta personas que vienen de distintos lados”.

 

Christian Masello/ Fotos: Facundo Pardo  

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