2020-07-28

A SESENTA Y OCHO AÑOS DE SU MUERTE

Simplemente, Evita

Evita falleció el 26 de julio de 1952.

La voz oficial dijo que fue a las 20.25.

Tenía treinta y tres años.

Su vida parece salida de la mente de algún escritor con imaginación desmedida.

Origen humilde.

Documentos falseados que brindaban confusión acerca del lugar y la fecha de nacimiento.

En la adolescencia, Buenos Aires como destino de un traslado/huida hacia adelante (atrás, los pesares; en el futuro, la esperanza).
En la capital, el inicio de un derrotero como actriz.

El mito cuenta que conoció a Juan Domingo Perón, que la doblaba en edad (ella, 24; él, 48), el 22 de enero de 1944, durante un acto en el Luna Park organizado por la Secretaría de Trabajo y Previsión, en solidaridad con el pueblo de San Juan, por el terremoto que días antes había destruido gran parte de aquella ciudad (luego, por dichos del propio Perón, se supo que aparentemente habría existido un breve encuentro en una jornada previa, en una reunión tendiente a la organización de las actividades benéficas).

Ya no se separarían.

El 17 de octubre del año siguiente, se produjo la movilización que pasó a la historia como piedra fundacional del peronismo, cuando miles de personas salieron a las calles a pedir por el líder detenido.

Algunos señalan a Eva como una de las organizadoras de ese acontecimiento, pero varios historiadores opinan que su papel fue menor.
Lo cierto es que, a los pocos días, ella y Perón contrajeron matrimonio en Junín.

Luego, cuando él llegó a la Presidencia, Eva se encumbró como el brazo solidario del gobierno.

Sin tener un cargo formal, llevó adelante un rol que le hizo ganar la admiración de miles de ciudadanos, que la ensalzaron hasta el fanatismo, aunque también generó odios sin límites.

A través de su fundación, realizó una intensa ayuda social que marcó un antes y un después para muchas familias argentinas.

Su relación con los sindicatos, en tanto, fue primordial en el primer gobierno de Perón (baste recordar que la Confederación General del Trabajo quería que ella fuera candidata a la vicepresidencia para las elecciones de 1951).

Además, puso a la mujer en un lugar de relevancia en el que nunca había estado. Su figura fue fundamental para que se sancionara el voto femenino.
Un punto en el que se profundiza poco fue su deseo de perpetuarse en la memoria colectiva a través de la palabra escrita.

Resulta al menos curioso que una mujer que venía de un hogar pleno de carencias, donde las penurias hacían que los textos quedaran en un segundo plano, haya buscado en la literatura un modo de alcanzar la perennidad.

“La razón de mi vida”, su primer libro, en realidad fue redactado por un “escritor fantasma” -o quizá dos, según las versiones que se consulten-, es decir alguien que presta su pluma para relatar en nombre de otra persona.

“Mi mensaje”, en tanto, se trata de una obra visceral, que Evita delineó en su última etapa de vida, cuando el cáncer la carcomía, y recién se publicó, por primera vez, treinta y cinco años después de su muerte.

Otro factor que suma a la leyenda es lo que sucedió con su cuerpo.

Primero, embalsamado.

Luego, fue secuestrado por los militares golpistas, para iniciar un recorrido extraño, que lo llevó al cementerio de Milán, donde estuvo durante años, hasta que fue restituido a Perón en su residencia de Puerta de Hierro, en Madrid, España.

Después, el cadáver regresó a la Argentina.

Su tumba, en Recoleta, se convirtió en un sitio atractivo para los turistas provenientes de distintos lugares del mundo.
Fue -y aún es- amada y odiada.

Había nacido como Eva María Duarte. Murió inmortalizada (vaya paradoja) siendo, simplemente, Evita.

 

Christian Masello

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