VÍCTOR Y DAVID, EL EMOTIVO REENCUENTRO DE DOS VETERANOS DE MALVINAS
“Es mi ángel de la guarda que salvó mi vida y ahora está sanando mi alma”
Víctor Alejandro Olivera y David Eloy Abati son veteranos de Malvinas. Tienen una historia de amor y solidaridad que se basa en un enfermero que prestó una ardua dedicación para curar a su compañero cuando sufrió una grave herida que le pudo haber costado una pierna. Cuando estuvieron en la guerra tenían 18 años. Luego de 38 años se reencontraron. Hoy integran una familia del corazón.
Olivera ingresó a la Escuela de los Servicios para Apoyo de Combate “General Lemos” el 16 de febrero de 1981 para realizar una carrera de Enfermería que duraría 2 años, pero la guerra de Malvinas cambió todo y egresó con tan solo 1 año de estudio, el 7 de abril de 1982. Fue destinado al glorioso regimiento de Infantería 8 “General O’Higgins” con asiento en Comodoro Rivadavia, pero cuya unidad ya estaba instalada en Malvinas.
Víctor Alejandro Olivera: -Cuando llegué a Malvinas tenía 18 años recién cumplidos, había ingresado a la Escuela de los Servicios para Apoyo de Combate “General Lemos” el 16 de febrero de 1981 para realizar una carrera de Enfermería que duraría 2 años, tenía que terminar en 1983 pero la guerra de Malvinas cambió todo y egresé con tan solo 1 año de estudio, el 7 de abril de 1982”.
Antonio Zidar: -La primera ayuda que te tocó hacer, en tu nueva posición era un soldado que se había enterrado la punta de un hierro en una pierna, cavando, haciendo su posición de combate y que el médico dijo “va perder la pierna”, ¿cómo fue eso?
V.A.O.: - Así es, el soldado David Eloy Abati, no lo conocía, llegó con la pierna en muy mal estado, lo llevé al puesto de enfermería, lo vio el médico y lo encontró muy mal, necesitaba un tratamiento muy intensivo pero con la posibilidad de que le amputaran la pierna; le dije al médico “es un niño”. Bueno ahí me asusté mucho, yo tenía 18 años y el soldado también tenía 18 años.
A.Z.: - Vos decís en tu relato “es un niño” y vos tenías la misma edad.
V.A.O.: -Sí, sí, le dije “mire doctor es un niño, ¿cómo le vamos a cortar la pierna?” y me dijo: “su salud corre peligro, peligro de muerte”, porque había una infección muy grande, antes que sucediera eso, era la posibilidad. Le volví a decir al médico que yo me iba a hacer cargo para aplicarle los remedios, cuidarlo, no teníamos en ese lugar posibilidad de internación, así que decidí llevarlo a mi posición, que después terminó siendo una especie de galpón. Lo llevé conmigo, empecé a aplicarle todas las indicaciones que dijo el médico y que ante cualquier duda o cosita que yo viera que se ponía mal, tenía que llevarlo urgente.
A.Z.: -No era que vos tenías bastante conocimiento para hacer una evaluación a conciencia de lo que le estaba pasando al muchacho en su pierna.
V.A.O.: - No, yo lo que quería hacer era ayudarlo, pero también tratar de que no le corten la pierna. Empecé a colocarle antibióticos, y los analgésicos porque le dolía muchísimo. Estuvo unos días así, al cuarto día empezó a hincharse la pierna, donde tenía la lesión, era como que se había localizado la herida, la infección y bueno haciéndole la curación le saqué como una cascarita que tenía donde tenía el hueco del hierro que se había enterrado y empezó a salir muchísima pus, sangre y le quedó la pierna flaquita de hinchada que estaba.
A.Z.: -Más allá de destacar el heroísmo de tus compañeros, camilleros que recorrían en auxilio de los demás, siempre te quedó esa duda de quién sería, no tuviste ni el nombre después de la guerra.
V.A.O.: -No, ni el nombre, porque anotábamos en un papel o algo así, imaginate en un estado de guerra dónde uno no puede llevar un registro. Tenés los ataques de aviones, de barcos, a veces uno pierde toda esa noción, lo único que uno quiere hacer es salvar a la persona y restaurar su salud.
A.Z.: -Se da la casualidad que hace muy poco tiempo, el 5 de junio, empezó el reencuentro con esta persona que ahora sabemos que se llama David Eloy Abati, es cordobés.
V.A.O.: -Sí, siempre me quedó ese proceso, ese niño que me quedó en el corazón, después no supe más nada de él, lo que sí supe es que se repuso, que se salvó su pierna, no tuvieron que amputarlo y obviamente que su vida también se salvó.
A.Z.: -David Eloy Abati, soldado clase 1963 está en línea telefónica con nosotros. ¿Cómo andás David?
David Eloy Abati: -Hola, como andás. Yo vivo en Río Cuarto (Córdoba) y estoy por irme al campo, estaba esperando el llamadito. Tenemos un día gris, frío, pero me imagino que ustedes lo deben tener peor.
A.Z.: -Contando esta historia con Víctor, que ahora es un reconocido oftalmólogo en Bariloche, ¿cómo recordás vos ese momento en que te clavaste un hierro en la pierna?
D.E.A.: -Mirá, voy a hacerte una reseña muy breve, pero a la vez muy significativa. Yo me había olvidado de muchas cosas, porque 38 años es un montón y a veces uno va guardando esas cosas, porque no las contábamos, el perfil de los veteranos en su mayoría es guardar silencio y sufrir en voz baja y cuando él me reencontró por teléfono a través de los veteranos del Regimiento 8, fue una mezcla de sensaciones, yo estaba anonadado, porque él exponía ahí una historia y yo me veía reflejado en ella y a su vez le empecé a dar valor a la búsqueda incesante, a lo que él atribuía a las redes sociales, que podían ayudar, y fue una emoción, al margen que nuestra edad nos va haciendo madurar, de reflexionar mucho sobre la calidad de las personas. Y sí recuerdo todo, con él revivimos momentos de esa situación que hoy están guardados en el corazón.
A.Z.: -¿Qué se puede contar que se entienda en profundidad?, pasamos por épocas del país donde se metió todo en la misma bolsa, se hizo un enchastre terrible, era todo lo mismo y parecía que en vez de ser héroes eran casi culpables los excombatientes.
D.E.A.: -Y sí, es como usted dice. Cuando estoy en un asado en general no busco la conversación, hay días que estoy con ganas que por ahí cuento alguna anécdota. Con respecto a las vivencias, siempre me preguntan “¿tuviste miedo?”, por supuesto que tuve miedo, estábamos aferrados a Dios, a la Virgen del Rosario que era la patrona de los Veteranos; y “¿tuviste hambre?, ¿tuviste frío?” y sí porque fue la peor guerra, la incertidumbre, el vacío, además los militares tienen que tener un poco la mano dura para poder llevar a un grupo de soldados, pero sin reproche, yo no reprocho nada, la vida me premió con esto y he podido volver y la he podido remar, así que estoy muy feliz. Agradezco a Dios y a la vida los reencuentros, esto que me ha pasado con Alejandro a mí me ha llenado mucho de energía y me siento muy, pero muy feliz.
A.Z.: -Decía vos Alejandro un momento que viste que el oficial era casi tan joven como ustedes. Eso también era otro elemento.
V.A.O.: Sí, sí, los oficiales eran muy jóvenes, un subteniente podía tener 22 años, un teniente 25, toda gente muy joven, el médico debería tener unos 28/30 años, era un teniente primero y él se dedicaba a todo el Regimiento, después estábamos nosotros los enfermeros que asistíamos cada uno a una Compañía, yo estaba asignado a la Compañía A y después tenía mis camilleros, Schiaro Oreste José, y Benetti Julio César, que andaban por todos lados ayudando y más en los momentos en que nos bombardeaban, bajo fuego, en las posiciones viendo si había heridos.
A.Z.: - ¿Sentías que vos sabías poco y que faltaban elementos y por momentos que nada se podía hacer?
V.A.O.: -Sí, uno piensa eso, pero también uno saca coraje de donde no lo tiene y recursos de donde los no tiene, se hace el trabajo lo mismo. Imaginate que teníamos unas camillas que eran de maderas viejas, no sé si eran de la Segunda Guerra Mundial, pesadas, y con eso andábamos y las mochilas donde teníamos los elementos para las curaciones o salvatajes, todas cosas viejas. Fue una experiencia muy linda encontrarme con David, él sabe que lo busqué mucho tiempo. Quería saber qué era de su vida, cómo había quedado su pierna. En su momento pensaba que había quedado bien porque él quiso seguir con su gente, que es algo muy importante, él podía haberse ido en helicóptero con la Cruz Roja y se quedó, se quedó conmigo que yo sabía muy poco de enfermería, se arriesgó porque quería quedarse en Malvinas y eso también es un acto de heroísmo muy grande.
A.Z.: -David, ¿por qué decías vos “la vida me premió”? ¿Con qué te premió la vida, por qué lo decís?
D.E.A.: -Por el reencuentro con mi amigo Alejandro, yo valoro mucho las actitudes humanas. Vengo de varios golpes posteriores a la guerra de Malvinas, uno de ellos fue la pérdida de un hijo, ya adolescente, de 19 años, en un accidente, la verdad es que mi corazón estaba un poco dañado y a pesar que tengo una hermosa contención familiar y de amigos, a veces no alcanza y esto es como que me hizo un click. Conversando con la familia, mi madre sobre todo, que es la que más me conoce, dice ahora que me nota distinto, muy eufórico, muy contento, muy decidido y dedicado y la verdad que sí. La verdad que Alejandro es el ángel guardián que llegó en un momento a salvar mi vida y hoy está sanando mi alma. Estoy muy feliz, la palabra feliz es una palabra que emociona y lo digo desde lo más profundo de mi corazón.
V.A.O.: -Gracias David, yo también estoy muy emocionado, cerramos una historia David, y aprovecho para decirte que me llamaron de Santa Fe se hizo viral nuestra historia, no fue mi intención, solo fue buscarte, a alguien le gustó la historia, me la pidió y bueno ahora está por todo el país.
D.E.A.: -Por eso continuamos Alejandro, es una lección de vida, nuestro perfil no es el de figurar. Esto sale espontáneamente, no es buscado.
A.Z.: -¿Se consideran gente religiosa, creyente?
V.A.O.: -Soy creyente, creo en Dios, en un creador, por eso a veces cuando pedía en mis oraciones, pedía encontrarme con gente especial como David y se dio. Cuando uno espera y hace una oración, las cosas no se dan cuando uno quiere, yo hubiera querido encontrarlo hace 30 años atrás, pero bueno se dio ahora.
D.E.A.: -Opino lo mismo, tengo la misma sensación, Dios existe, está presente, no castiga, enseña y esto que se nos dio ahora es para que continuemos. Es demostrar al mundo que hay que actuar con humanidad, ayudar al prójimo y más hoy que estamos en esta situación de pandemia, donde todo asusta, este encuentro es una caricia al alma.
A. Z.: -Esto que les paso a ustedes no fue en vano, es para valorizarlo, para ponerlo en un contexto distinto.
V.A.O.: -A mí si, gracias a lo que me sucedió en Malvinas…, yo antes no tenía estudio, no tenía nada, cuando fui a Malvinas tenía séptimo grado y después cuando llegó la democracia y empecé a buscar trabajo se me empezaron a cerrar puertas. A David creo que le pasó lo mismo, nos pasó a todos y eso me empezó a despertar, tengo que estudiar, tengo que valerme por mí mismo, no tengo que andar más pidiéndole favores a nadie. Empecé a estudiar, terminé el secundario, después entre en la Facultad de Medicina, terminé la residencia de oftalmología en el Hospital de Clínicas con el doctor Maldonado, que me dio una mano también porque siempre hay ángeles en el camino para todos y un amigo en Córdoba que me llevó a vivir con él para que yo pueda estudiar. Así que cómo no voy a creer en Dios, cómo no voy a dar gracias de lo que pasó en la vida. Porque Malvinas fue un cambio en mí, me hizo un click para bien y esto lo hablo con los jóvenes hoy en día, siempre se puede salir adelante.
A.Z.: -Llegaste para ayudar, dos veces, una para salvar la pierna y ahora el corazón de tu amigo David.
D.E.A.: -Totalmente de acuerdo, lo comenté en una charla familiar con mi madre, hay testimonios, Alejandro la conoce. Ella me pidió conocerlo y cómo le iba a decir que no. Se conocieron y se adoptaron mutuamente así que estamos formando una familia del corazón y yo quiero ir para adelante con todo esto, veo que me hizo bien, que me ha dado esta satisfacción, un reconocimiento. Algo que tal vez no merecemos porque era un derecho cívico participar de la gesta, pero qué lindo que digan que están orgullosos, que nos quieren, durante muchos años no lo sentimos a eso, porque no había un proceso afectivo hacia el veterano. Ahora sí, todo el mundo nos da la posibilidad, nos hacen sentir que participamos y aunque no ganamos la guerra, fuimos a ganarla, porque fuimos dirigidos por la gente, por los militares de turno, no salió como nosotros hubiésemos querido pero estuvimos participando.
A.Z.: -Lástima la cantidad de vidas que pagaron, en ese proceso de ninguneo en donde todos fuimos responsables como sociedad.
V.A.O.: -Gracias a ustedes por haber buscado este encuentro con David, a nosotros nos hace bien, estoy muy emocionado porque no sabía que le había sanado el alma a David, sí sabía lo que le había pasado con su hijo, pero estoy muy contento de haber encarado esto de buscarlo. Estoy muy emocionado en este momento, no puedo hablar, te mando un abrazo muy grande David, sabés que te quiero mucho, saludos y un beso a tu mami también.
D.E.A.: -Cuando vaya a Bariloche va a existir un doble propósito, estar con mi amigo y conocer esa ciudad que tienen ustedes con esos bellos paisajes. (Recopilación de texto: Juan Carlos Montiel)
LA CARTA QUE DERIVÓ EN EL ENCUENTRO RADIAL
El relato en primera persona
Llegué a Puerto Argentino el 11 de abril de 1982, alrededor de las 12 del mediodía. Poco sabía de enfermería y poca instrucción militar tenía. Así que luego de un día de estadía en Puerto Argentino nos subieron en un helicóptero y desembarcamos en un lugar llamado Boca House, en las proximidades de Darwin. Éramos un grupo de jóvenes llenos de vida. Por el momento me habían asignado a la Tercera sección de la Compañía de Infantería “C” del Regimiento 8 a las órdenes de un muy joven oficial, el subteniente Aliaga.
Ya estaba en ese lugar con mi grupo presto a realizar mi posición de combate cuando recibí otra orden superior; debía abandonar ese grupo y trasladarme a otro lugar. Así que con angustia en mi corazón me despedí de quienes nos habíamos hecho compañeros. Después de la guerra supe lo que les pasó a ellos, ya que en esa zona aledaña donde estaban mis amigos, Goose Green, Boca House y Darwin se libraron batallas muy sangrientas, y muchos fueron intensamente mutilados por los impactos de los proyectiles, y otros muertos y heridos conjuntamente con otras unidades cercanas. Sufrí mucho cuando lo supe.
Me trasladaron nuevamente en helicóptero hacia mi destino final, Bahía Zorro en isla Gran Malvina, llegando el 13 de abril de 1982.
Primero nos instalamos en una especie de galpón tipo taberna donde dormíamos con los integrantes de la compañía. Era un lugar que usaban los kelpers para reuniones de distracción y juegos ya que tenían juegos de dardos, una mesa de pool y otras cosas más. Ahí comencé mi trabajo de enfermería rudimentaria, mientras construía mi posición en un lugar alejado del pueblo. Debajo de la turba malvinera había piedras y lajas por lo que cavar esa posición era muy difícil, pero lo logramos junto con un compañero soldado.
Mi primera ayuda fue a un joven soldado que se había enterrado la punta de un hierro en una pierna cavando y haciendo su posición de combate. Lo llevamos al puesto central de enfermería donde fue revisado por el médico de la unidad. El profesional lo miró con cara de asombro e hizo un gesto con la cabeza como diciendo “qué macana, esto no está bien”. Entonces le preguntó al soldado si era alérgico a algo y el soldado le dijo que no. Me apartó hacia un costado y me dijo “esa pierna está en mal estado y es posible que debamos amputarla”. Yo le pregunté “¿qué otra posibilidad hay?, mi teniente primero, mírelo está con mucho dolor y es un niño”, (y yo también lo era). Entonces me dijo: “hay que cuidarlo día y noche y administrarle medicamentos, pero él está en un pozo y es probable que se le infecte más. Hay que tener mucho cuidado porque si la infección le llega a la sangre, se va a morir. Por eso si no responde es posible la amputación”.
Me asusté mucho por temor a que algo le pase a ese soldado. Yo era un recién llegado y tenía que cumplir órdenes de asistencia a todos los integrantes de la compañía “A” por lo que también el descansar me sería casi imposible. Pero no dudé y le respondí: “Mi teniente primero, yo me voy a hacer cargo del soldado para que su vida no corra peligro y que su pierna no sea amputada”.
Entonces el médico me dio las indicaciones que constaba de penicilina y analgésicos (como el famoso Aspisan de 500mg), y curaciones muy exhaustivas. Me lo llevé y se quedó conmigo a mi lado en mi puesto de combate y asistencia.
Le hice una especie de internación vigilada porque lo acobijé donde yo descansaba, y allí se quedó cumpliendo las indicaciones al pie de la letra.
Debía administrarle inyecciones muy seguidas y darle calmantes porque le dolía mucho. A esto se le asociaba curaciones de dos a tres veces por día.
Día y noche lo cuidaba porque volaba de fiebre. Pero yo también debía estar para la atención del resto de los soldados y personal de cuadros de la compañía.
Como a mitad de la semana recuerdo que tenía la pierna entre pálida y morada y estaba tan infectada e hinchada que parecía un globo. Entonces al realizarle una de las tantas curaciones, de repente comenzó a salirle una gran cantidad de pus y sangre que llenamos casi una pequeña vasija. Su fiebre comenzó a descender y esa noche pudo dormir bien. Al pasar los días su estado iba mejorando y al final, gracias a Dios, su pierna se salvó y no se la amputaron.
Luego pudo volver a su posición de combate y se desempeñó como todo soldado héroe que defendió nuestras islas.
Al final, la guerra terminó. Yo seguí mi camino, yéndome de baja del Ejército, y el soldado siguió su vida. No nos vimos más, pero a mí me quedó grabado a fuego aquel soldado y su cara de temor ante la posibilidad de que se quedara sin una pierna. Nunca más supe de él. Hasta que aparecieron las redes sociales y entonces en el año 2017, comencé a buscarlo por todos los medios, primero en Facebook y después a través de contactos de soldados y suboficiales que estuvieron en el regimiento, pero sin tener suerte. Siempre que recordaba Malvinas, recordaba a aquel soldado y Dios sabe que es así.
De repente y sin que yo lo haya solicitado el viernes 5 de junio del 2020 me agregaron a un grupo de WhatsApp de gente que había estado en el regimiento. El sábado 6 decidí escribir esta leyenda en el grupo de WhatsApp, “Buen día muchachos. Ando buscando un soldado de la compañía A que le salvé la pierna de que se la amputaran en Malvinas. Lo curaba día y noche y le aplicaba antibióticos. Si alguien sabe de él o cómo se llamaba el cabo que lo llevaba para que yo lo atienda y si se acuerdan de su nombre para poder ubicarlo. Por favor si alguien me ayuda”.
Inmediatamente me contestó un exsoldado y me dijo que lo que yo contaba, concordaba con lo que a él le había sucedido. No perdí más tiempo y lo llamé y por fin era él. Nos fundimos en emociones y recuerdos y se nos “piantó un lagrimón” ambos dormimos poco y al otro día nos volvimos a hablar y comenzamos a sellar una amistad que, sin saberlo, comenzó hace 38 años.
Aquel niño de 18 años se llama David Eloy Abati, soldado clase 1963. No le quedaron secuelas físicas y su pierna funciona a la perfección. Solo algunos recuerdos y sucesos que fueron un poco tristes. Goza de buena salud, formó una hermosa familia que lo contiene, ama y lo apoya en todo. Hoy es criador de caballos criollos y vive en Río Cuarto, Córdoba.
Yo, el otro niño también de 18 años, de nombre Víctor Alejandro Olivera. Fui cabo en comisión enfermero en Malvinas. Hoy mi vida ha cambiado rotundamente después de la guerra. Estoy casado. Mi mujer se llama Valeria y tengo una hija llamada Victoria, de 10 años de edad. Soy de profesión médico oftalmólogo y vivo en San Carlos de Bariloche, Río Negro.
En aquel abril de 1982 fui un pequeño adulto sin nada en la vida pero Malvinas cambió todo y aquel recuerdo quedó grabado en mi corazón para siempre.
Al reflexionar pienso que Dios escucha nuestras oraciones y la responde a su tiempo y todo lo que sea de bien entre los seres humanos, nuestras plegarias llegan para hacerse realidad. Hay una frase en la Biblia que siempre la llevo conmigo y dice así: “Todo lo que digas con tu boca será hecho”.
Veterano de Malvinas y médico.