2020-06-17

Una imagen que reflejó una realidad cargada de estigmas y equívocos

Ricardo Arteaga salió retratado en la portada del diario El Cordillerano del sábado. La foto, realizada con su permiso, fue tomada en el Hospital Zonal “Dr. Ramón Carrillo”. El hombre había acudido al sanatorio para una consulta con el psiquiatra -en parte debido a la inquietud generada por un presente marcado por la pandemia-, y luego se acercó a las Damas de Rosa para ayudarles en su tarea.

Fue ahí cuando el reportero gráfico logró una gran captura: mirada expresiva, apenada, reflejo de quien ha visto mucho en la vida. Detrás, dibujos de mujeres con barbijos (a un lado, con los ojos abiertos; al otro, cerrados). Una metáfora visual de estos tiempos. Angustia, resignación, dolor, pero también esperanza, todo eso en una fotografía, el logro de hacer “click” en el momento justo. La imagen sirvió para ilustrar la noticia del parte oficial de novedades sobre el coronavirus (el informe sanitario diario, que ya casi se lee como antes el pronóstico, en esta rara capacidad que tiene el ser humano de habituarse a lo que hasta hace poco era inimaginable). El retrato cumplía la función de acompañamiento de la temática general (el cuidado en tiempos de pandemia, en el tapabocas; cierto desconcierto en esa contemplación hacia adelante, al futuro, por lo que pueda llegar a venir). Resultaba claro que no se decía que ese hombre estaba enfermo, ni que dejaba de estarlo, ni nada de nada.

Solo se mostraba esa pintura fotográfica como símbolo de un presente que parece escrito por un guionista de películas de ciencia ficción.

Pero Ricardo (albañil y pintor) acudió a la redacción desesperado. Porque, más allá de que nunca se sugirió que fuera portador de COVID-19, fue estigmatizado como si se hubiera afirmado que lo tenía. Hubo preocupación cargada de amor en quienes lo aprecian, pero también personas que pasaron a mirarlo de lejos, con desconfianza, como si fuera un bicho raro.

Todo esto vino a confirmar dos cosas: por un lado, la mala lectura que se hace de una noticia, sobre todo a causa de la rapidez que imponen las redes; por el otro, la manía de marcar a las personas de acuerdo a enfermedades.

En el primer punto, más allá de avances tecnológicos que llegaron para mejorar la calidad de vida, y de la posibilidad de que la mayoría de la gente tenga acceso a la información, la modernidad ha traído cierto dispersar en la atención, una falta de concentración que lleva a ver únicamente la foto de un artículo, o leer mal un título, o unir solo una palabra de un titular a una imagen y sacar conclusiones equivocadas. En otro ámbito, es como aquel que acompaña con tonos mentales un mensaje de texto: un simple “sí” puede transformarse en “¡sí!”, “¿sí?”, “sí…” o “algo así”; todo por ponerle un trasfondo inexistente a un monosílabo que no admite más interpretación que la que conlleva por su propio significado.

Aquella persona que se sentaba a leer el periódico con tranquilidad, para transformarse en alguien informado, que podía emitir su opinión sobre temáticas varias con cierto trasfondo de conocimiento, ha quedado en el pasado, casi como una pieza de museo. La velocidad a la que empuja la actualidad provoca moverse al ritmo en que se desliza el mouse. La metralla de las pantallas (computadoras, celulares, televisores) incita a la obligación de ver todo, pero hacerlo mal.

Queda en el criterio personal darse cuenta de que esa sobredosis visual lleva a un desconcierto que se toma como sapiencia y, en realidad, es una ignorancia virtualmente ilustrada.

En cuanto a lo de estigmatizar a la gente, no es algo nuevo. Pero en estos tiempos, pandemia mediante, la cuestión tomó ribetes que pueden definirse, sin temor a caer en la exageración, como atroces.

Como ejemplo se puede citar el padecimiento al que se vieron sometidas aquellas personas de rasgos orientales, por señalarse Asia como el sitio de donde emergió el virus.

O ese increíble calvario que tuvieron que vivir (y aún viven) muchos trabajadores del sector de la salud, que, más allá de ser los superhéroes de la vida real en este momento tan particular de la Historia (la que se escribe con mayúscula), fueron llevados a ser identificados como poseedores del peor de los males por su cercanía a los enfermos, casi como en el Medioevo, cuando se marcaba a la gente con diferentes signos por cuestiones religiosas, morales o de salud (quizá el dato más conocido sea el que refiere a lo que sucedía con los leprosos y aquellos que estaban a su servicio y cuidado, que debían llevar telas de colores específicos e incluso sonajas para que se supiera de su arribo a un lugar).

Y, claro, están los enfermos en sí, y sus familiares y allegados. Ese mirar de reojo al que padeció el virus, o a quien estuvo cerca suyo, lo más probable es que se haga carne en problemas laborales (se le pondrán excusas para el regreso al trabajo, o ya no se le convocará para cumplir funciones para las que se es apto); en el alejamiento de supuestos amigos, que al saber de su padecer se apartarán para no volver; incluso surgirán nuevos inconvenientes de salud, porque el ostracismo al que se ven sometidos provocará problemas psicológicos que nadie sabe en qué podrán derivar.

También es cierto que comunidades afectadas por los estigmas se corroen ellas mismas. Por lo bajo, en Bariloche, se habla de ciertos barrios que, más allá del cumplimiento del tiempo de aislamiento de gente que padeció o estuvo cerca de personas con coronavirus, pasaron a ser marginados por el resto de la sociedad, hasta convertirse casi en leprosarios modernos de extrarradio. Pero, en voz aún más baja, y ya dentro de esas mismas barriadas, se comenta que los problemas de delincuencia previos a la pandemia, con su llegada, pasaron a centrarse en atracos a las viviendas de aquellos que tuvieron que trasladarse a los nosocomios o lugares de retiro preventivo, casas precarias que en la ausencia de sus ocupantes habituales fueron desvalijadas.

Es triste decirlo, pero, así como existen personas que prestan su ayuda en forma desinteresada (basta mencionar los comedores que asisten a infinidad de personas), y colaboran para que esta realidad que acomete sea lo menos dura posible, están los ruines que aprovechan y sacan sus cubiertos para servirse del banquete del dolor.

Suele suceder que, en situaciones extremas, aflore lo mejor y lo peor del ser humano. O, dicho de otra forma, que quien es bueno muestre su sensibilidad, y el canalla se transforme en más… el lector puede completar con la expresión que crea conveniente.

 

Por Christian Masello

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