2020-06-09

CERRÓ CRUCIJUEGOS

Ecos de voces infantiles en un salón vacío

Martín Melgarejo habló de las razones que lo llevaron a bajar las persianas de un sitio donde miles de chicos barilochenses festejaron sus cumpleaños.

Hay niños que se entretienen en el inflable; otros saltan en un pelotero; algunos sueñan que conducen un auto de carrera mientras “manejan” en un jueguito electrónico; están aquellos a los que les pintan el rostro y, durante un rato, se sienten otros, con sus caras maquilladas. Nenes que corretean, voces infantiles que se multiplican hasta crear un coro confuso pero feliz. Escenas de un pasado que… ¿ya nunca volverá?

Hoy Crucijuegos, la sala de Vicealmirante O’Connor 813, está vacía. El inflable ha desaparecido. El pelotero aún permanece en pie, con sus articulaciones doloridas, pero angustiado porque nadie arroja bolas en su interior. Los juegos electrónicos están desenchufados. Un sanitario pasó, de cumplir sus funciones habituales en el baño, a quedar en medio del salón como mojón de la desazón.


A Martín Melgarejo no le quedó otra que cerrar Crucijuegos.

Imágenes de un naufragio urbano que pasa a incrementar la deuda interna que vendrá. Cuando el coronavirus sea un mal recuerdo, serán varios los que evoquen festejos de cumpleaños en este sitio, que pasó a formar parte del listado de víctimas de la pandemia.

Quien era su propietario, Martín Melgarejo, contó que el negocio ya venía herido, es decir que pertenecía a un grupo de riesgo. “Los últimos dos años no fueron prósperos como lo habían sido siempre”, manifestó.

“Debemos recordar que antes de la pandemia tuvimos una crisis económica terrible que llevó a que miles de pymes cerraran”, señaló.

En ese sentido, resaltó: “Con la inflación, el poder adquisitivo de la gente había bajado mucho, y por eso disminuyó el consumo de este tipo de lugares”.

Antes del arribo del COVID-19, Melgarejo ya había pensado en vender el fondo de comercio. “El negocio tenía veinticinco años, y yo era el dueño desde hacía doce, hubo otro par antes que yo. Parecía que se trataba de algo cíclico”, indicó.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y Martín quiso hacerle caso al dicho: “Cuando se tiene un negocio está la ilusión de que la cosa mejore”, explicó, para luego lamentar: “La pandemia lo terminó de matar”.

La situación general para los salones donde se realizan celebraciones es oscura tirando a totalmente negra: “Los sitios dedicados a encuentros festivos, no solo infantiles, sino también los lugares especializados en fiestas de casamiento y cosas similares, por ahora no van a poder abrir. Esto se va a prolongar mucho…”, aseveró.

Al ingresar al Facebook de Crucijuegos se observa que la última publicación data del 18 de marzo. Se comunicaba que, por motivos de seguridad y prevención, el local permanecería cerrado hasta el 31 de marzo. “¡Nos vemos pronto!”, se lee. Esa expresión de deseo se perdió en la nada. “Me quedo con todo lo bueno que viví acá, los chicos que vi crecer”, reflexionó pensativo Melgarejo.

En el lugar había una empleada de mucha confianza (“Miriam, mi mano derecha”, la definió el comerciante), y dos chicas que ayudaban en acontecimientos puntuales. Ellas, al igual que aquellos que conformaban el servicio tercerizado (la maquilladora de niños, la repostera encargada de las tortas, quien preparaba los sándwiches, etc), quedaron varadas en la nebulosa de mártires incidentales de la crisis desatada por el coronavirus.

“A uno lo sobrepasa la situación”, afirmó Melgarejo, quien resaltó que Crucijuegos era un lugar caracterizado por el trato familiar, donde los precios siempre fueron de los más económicos del sector: “Manejaba valores bajos, atados a la realidad, incluso resignando rentabilidad”, puntualizó.

El hombre, de cuarenta y cinco años, rememoró que cuando se hizo cargo del negocio solo había un par de salones dedicados a la actividad. “En las mejores épocas, hacíamos más de cien cumpleaños por mes”, subrayó.

Cuando se apreció que la actividad daba ganancia, fueron varios los que apostaron por abrir salas para cumpleaños. Hoy, comunicados por WhatsApp, los comerciantes comparten sus penurias. “Ya cerraron otros dos, y el resto está con la incertidumbre de no saber qué hacer”, confió Martín, quien estima que los establecimientos del sector podrán reabrir sus puertas recién en 2021, “tal vez en marzo o abril, y vaya a saber con qué protocolo, porque la gente se junta a festejar, los chicos corren, se caen, se levantan, tocan todo”.

“La espera va a ser muy larga, y yo ya no podía aguantar. Cuando fue lo de la ceniza volcánica en 2011, con la erupción del Puyehue, se produjo un caos, pero a la semana ya trabajaba. Esto supera cualquier cosa”, aseveró.

Melgarejo no dudó en recalcar la figura del propietario del local, quien no le cobró los dos meses de alquiler que transcurrieron bajo el efecto coronavirus. “Durante todos estos años, me ayudó mucho; es una persona flexible, con la que siempre se puede entablar un diálogo”, destacó.

Sobre el porvenir, Martín se mostró desorientado: “La verdad es que no sé qué haré… Antes que nada tengo que terminar de desarmar y vender lo que pueda… Es una situación compleja. Después de que pase todo, de que se levante la cuarentena, ¿cuánto tendrá que pasar para que la economía se reactive? Quizá un par de años, y hay que ver quién va a tener ganas de invertir de nuevo en un comercio, más con la carga impositiva elevadísima que hay en este país; trabajás para pagar impuestos, y si no los abonás vivís endeudado”.

Además, opinó que, ante la evidencia de lo que se observa, son muchos los rubros a los que se les hará difícil volver al ruedo. “Caminás por Mitre y parece Chernóbil después de la explosión, con casi todos los negocios cerrados”, sostuvo.

Melgarejo sabe de vaivenes comerciales. Su padre era propietario del kiosco Oscar, que funcionó por más de treinta años en Mitre 720, hasta que la crisis de 2000 obligó a cerrarlo.

Yerno del recordado referente del deporte barilochense José Antonio Jalil (“una persona con ganas de hacer cosas; siempre miraba adelante, como un chico de veinte años”), Martín, casado con Sandra y padre de tres hijos, a la hora de hacer un balance de la experiencia de Crucijuegos, sostuvo: “Fueron doce años, lo que no es poco en la vida de una persona, y me llenó de satisfacciones. Se trató de una etapa muy linda. Conocí mucha gente, y me quedan los recuerdos de los chicos, de lo que te decían con su espontaneidad e inocencia”.

Christian Masello / Fotos: Facundo Pardo

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