2020-06-08

HISTORIAS DE LA ERUPCIÓN DEL VOLCÁN

Debieron permanecer diez días en isla Victoria hasta que los pudieron rescatar

La erupción del complejo volcánico Puyehue-Cordón Caulle de 2011 nos sigue llevando a noticias que en su momento no lo fueron, testimonios de barilochenses a quienes la caída de las cenizas, los sorprendió en situaciones muy especiales.

Marina Hansen actualmente es integrante del Ente Mixto Jardín Botánico pero en aquel entonces, era estudiante de la universidad; “en el momento que empezó a caer la ceniza, que no sabíamos qué estaba pasando, estábamos en la cubierta del Cau Cau yendo para isla Victoria”.

Sabía que algo no estaba bien “generalmente pasan por Puerto Anchorena y después van al Bosque de Arrayanes pero esa vez hicieron el recorrido al revés, iban a ir directo a Puerto Pañuelo pero no sé por qué razón el capitán dijo que entraba a la isla a dejarnos a nosotros”.

Eran tres estudiantes de la carrera de Vivero que iban como voluntarios en el Parque Nacional “éramos Facundo Pablo, Luciano Schmeisser y yo, nos bajaron contra todo pronóstico”.

Ninguno tenía mucha experiencia en situaciones de crisis “nos quedamos los tres parados en el puerto, el barco amarró y se fue, no habíamos programado que nos esperara alguien en la isla porque ya sabíamos el trabajo que íbamos a hacer” aclaró.

Era un voluntariado totalmente independiente de la universidad “estábamos trabajando mucho en la isla porque el Vivero estaba recién comenzado, entonces tratábamos de ponerle volumen de plantas al invernadero”.

Del puerto fueron a la casa de Parques donde antes era el Instituto, “oscureció y empezó una tormenta eléctrica terrible, no te podías acercar a las paredes porque te daba estática, tiraba chispazos”.

Los tres voluntarios generalmente iban para quedarse dos días “teníamos comida para eso, ahí nos encontramos con otro grupo de la carrera de El Bolsón que sí estaban por convenio con Parques”.

Terminaron quedándose diez días “porque no era posible navegar el Nahuel Huapi, teníamos comunicación por celular” aclaró. La esposa del guardaparques de ese momento estaba embarazada, ya a término, “imaginate que estaban muy preocupados” comentó.

Entonces decidieron unirse los dos grupos “yo era la más grande así que le dije (al guardaparque) que se despreocupara que me iba a ocupar de organizar todo”. El Vivero quedó tapado de cenizas “era mucho más gruesa que en Bariloche, mucha piedra pómez así que desenterramos el invernadero porque después empezó a llover”.

Fue un trabajo muy arduo el desenterrar las plantas que estaban al aire libre intentando no dañarlas más, “hicimos los primeros ensayos de armar sustratos con arena volcánica”. Quedó entonces una cuadrilla que trabajaba en la isla en esos días haciendo un muelle en Puerto Radal, los cuatro del grupo de El Bolsón y ellos tres.

“El ánimo siempre fue bueno, lo primero que hicimos fue contabilizar toda la comida que teníamos en total ideando una serie de menús, no fue simple porque en realidad no teníamos idea de cuándo íbamos a poder volver a la ciudad”, detalló.

Recordó que, “de hecho volvimos porque la mamá de Luciano, que era el más chiquito del grupo, se puso nerviosa y empezó a agitar con los medios hasta que finalmente fue Prefectura a buscarnos”.

El regreso

No fue simple maniobrar con la embarcación en las aguas del Nahuel Huapi “tenía que ir rompiendo los bancos de piedra que se habían hecho en el lago, porque era imposible avanzar” detalló.

“Era tan difícil navegar como acceder a las costas, cierta experiencia en aguas tengo porque soy de la zona del Delta de Entre Ríos entonces era mi medio de transporte cotidiano, pero el que iba de timonel ese día tenía un nivel de control del barco impresionante”.

“Los motores de estos barcos se enfrían con el agua que van tomando del lago, el agua hace un circuito dentro del motor y se vuelve a descargar pero en este caso se iba metiendo la ceniza y las piedritas”.

Entonces encaró una modalidad diferente de avance “tomaba velocidad máxima, después ponía el punto muerto y con el envión iba rompiendo y avanzando”. Marina no recuerda la cantidad de horas que tardaron en hacer el trayecto isla Victoria- Puerto Pañuelo.

“No recuerdo el tiempo exacto porque la emoción que tenía era muy grande pero fue un viaje totalmente inolvidable y diferente, eso sin ninguna duda”. Agregó, “lo que maniobró y transpiró ese capitán fue impresionante”.

La comida les alcanzó para esos diez días, “la convivencia fue fantástica, sintonizamos muy bien y hubo rondas de tortas fritas y truco casi todas las noches”. Hicieron un montón de actividades y cuando volvieron sí quedó todo el Vivero abandonado durante bastante tiempo hasta que se pudo regresar a la isla.

La hija de Marina en ese momento tenía 16 años y se estaba quedando con su papá por lo que en ese sentido estaba tranquila, “hablaba con ella todos los días, en eso no había problema”.

Una experiencia muy interesante que tranquilamente podría ser utilizada para un guión cinematográfico.

Susana Alegría

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