¿QUÉ SERÁ DE…? Héctor “Yeyé” Hernández, campeón argentino y chileno de boxeo
Fue otro de los que brilló en la época de oro del boxeo en Bariloche. Nacido de una familia muy humilde, comenzó lustrando zapatos y vendiendo garrapiñadas. “Salí de una casa con chapa de cartón, con piso de tierra, era un espacio de 4x4, estábamos todos amontonados y llegué a alojarme en el Sheraton, yo salí de la porquería y me tomé revancha con la vida”.
Señalado como un pugilista duro y talentoso, al igual que su hermano, Hugo Ariel “Pajarito” Hernández, Héctor “Yeyé” Hernández fue protagonista de una época dorada, donde Bariloche era catalogada la segunda mejor plaza de boxeadores luego del Luna Park. Hoy reside en Córdoba junto a la hermosa familia que logró construir.
Consejero y dueño de una simpleza diga de imitar, Yeyé nació en Bariloche el 9 de julio de 1957 en el seno de una familia extremadamente humilde. Hijo de don José Hernández y Gloria María Aroca, es el mayor de ocho hermanos. Le siguen Hernán Raúl “Nanan” Hernández, Hugo Ariel, Humberto Alí, Horacio Omar, Gloria Isabel, Fabio y Sandra.
El expugilista se encuentra casado con Miriam Martínez, “ella me ganó por KO dice (risas)”, tuvo diez hijos, nueve mujeres y un varón. María Florencia y Lorena de una relación anterior y luego llegaron Valeria Beatriz, Rocío Soledad, Nadia Alexandra, Celeste Macarena, Matías David, María del Cielo, Ana Laura y Candelaria Macarena.
Con 63 años, Yeyé comienza a transitar su rica historia de vida, que lo depositó como uno de los grandes ídolos del deporte local. “Cuando tenía dos años, mi familia se fue a vivir a Bahía Blanca, hasta los 10, que fue cuando regresamos. Fue porque mi papá había conseguido un mejor trabajo y nos fuimos todos. Creo que hice hasta segundo grado. En ese tiempo, desde chicos había que ponerse a trabajar para ayudar en casa. Me hice mi cajón de lustrar y salí a trabajar, vendía diarios, garrapiñadas, hacíamos de todo. Cuando volvimos a Bariloche terminé la primaria en la escuela 71”.
El comienzo con su padre y el debut
“Yeyé” Hernández relata lo que fue su vida diciendo que “yo practicaba boxeo con mi papá desde los tres años, en cualquier momento él me hacía practicar por eso es que mi primera pelea amateur la hago a los 11 años, es que llevaba casi 7 años entrenando. Cuando llegamos a Bariloche, luego de pasar por Bahía, los entrenadores eran mi padre y Godoy, estaba Fermín. Y al año de llegar de nuevo, hago mi primer combate con Ramón Laciar, el hermano de ‘Kid Gambita’, luego hice cuatro peleas más y llegué en el amateurismo a las 100 peleas y como profesional superé los 90 combates, el camino antes era muy largo y para llegar todo era muy duro para los boxeadores”.
Campeón argentino
Hernández recuerda que “me hice profesional a los 18 años, estaba permitido a los 20, pero lo hice a los 18. Allí comencé a transitar un largo camino hasta que llegó mi pelea por el título Argentino con Carlos María Giménez en el Luna Park, en la categoría Welter Junior. Estaba con muchos nervios recuerdo, pero confiado y todo se desencadenó en el primer asalto, lo puse nocaut. Mi primera defensa la hice en Bariloche, no sabés como estaba el Pedro Estremador, increíble la cantidad de gente que había. Muchos quedaron afuera. Después de varias defensas pierdo el título con Hugo ‘Popeye’ Luero, después hice un par de combates más y me fui a Chile. Ahí me ofrecen pelear por el título chileno y consigo hacer la ciudadanía y peleo contra Víctor Mio y le gané. Había ganado los dos títulos en mi carrera”.
Estados Unidos
El excampeón argentino expresa que “luego de esto, durante algún tiempo me fui a Estados Unidos, hice varias peleas en Miami, conocí el norte, hasta Nueva York. Imaginate el paisano, de las playas del Nahuel Huapi a las playas de Miami, la única diferencia era la arena (risas). Era como salir de un Fiat 600 y meterse en una Ferrari en ese momento, y no lo digo por la ciudad, lo digo porque yo salí de una casita muy chica en Bariloche, muy humilde. Después llegué a Córdoba, me gustaba el boxeo de ahí y me quedé, y conocí a mi compañera con la que voy a cumplir 39 años junto a ella en el mes de octubre, más dos de novios”.
El recuerdo de su dura infancia
Yeyé Hernández, uno de los grandes boxeadores de nuestra ciudad, recuerda con un dejo de tristeza y orgullo: “Hoy la gente de Bariloche me reconoce, lo hacía en esa época donde con mi hermano conseguimos cosas muy importantes para el boxeo. En esa época la gente te saludaba en la calle, hoy el que me reconoce me dice ‘hola campeón’ gracias a Dios. Y nunca me voy a olvidar de dónde salí. Yo siempre digo que puedo estar comiendo una torta frita en los barrios del Alto y estar comiendo en cualquier restaurante de la ciudad porque sé muy bien de dónde vengo. Nosotros salimos de una casa con techo y paredes de cartón a los costados, con piso de tierra. Tuvimos que pelearla en la calle para poder, primero sobrevivir y luego salir adelante. Íbamos con un valijón más grande que yo, vendiendo ropa en la calle. Hoy eso me dejó un aprendizaje y tengo mi negocio en Córdoba, con eso he vivido y criado a mis hijos todo este tiempo”.
“A todos les robé algo”
Hernández, hace un pequeño silencio en su relato y sentencia “creo que tuve una época donde vi a muchos grandes boxeadores y a todos les robé algo. Miraba a Cassius Clay y a él le robé su forma de bailar y tirar las manos, a Nicolino Locche como esquivaba, a Monzón lo que tenía de ir al frente siempre. En ese tiempo estaba Galíndez, también, todos excelentes. Menos Clay, los conocí a todos. Carlos María Giménez va a pelear por el título del mundo y pierde, entonces en ese momento queda como campeón argentino y sudamericano Locche. Segundo quedo yo. Tito Lectoure quiso hacer una eliminación para el título argentino con Giménez y Locche y entonces Locche no quiere pelear conmigo y lo hacemos con Giménez y me dio la oportunidad a mí”.
La revancha con la vida
Héctor Hernández tiene siempre frases para contestar las preguntas e indica que “el deporte no me dejó plata, la hice pelota a la plata. Es que después de salir del barro a estar con todas las estrellas, a ganar en dinero cuatro cero kilómetros en una noche en la pelea en el Luna Park, me tomé revancha con la vida. Tenía perfumes franceses, 15 pares de zapatos, 15 trajes. Creo que la viví tan apurada que no la viví, no la disfruté. La vida la empecé a disfrutar con mis hijos, hoy por ejemplo en cuarentena extraño ir al campo a pescar, es mi locura la pesca, mi cable a tierra”.
A mi viejo
El expugilista barilochense sostiene que “si hoy tuviera que agradecer a alguien es a mi viejo que me inculcó el boxeo. Hay cientos de personas que estuvieron al lado mío, tendría que agradecer a la gente que pagaba la entrada en Bomberos para verme pelear. Miro el ring y les recuerdo la cara a todos, es que en esa época cada asiento del ring side tenía dueño, me acuerdo quién venía, quién se sentaba en cada lugar, quién estaba arriba, quién iba acompañado de su señora, de la cabina de transmisión, quienes se sentaban en la tribuna, tengo hermosos recuerdos de todo lo que me pasó y si me preguntás si haría lo mismo te digo que sí, por supuesto que sí, soy muy agradecido por todo eso. Mirá, dormir en el Sheraton por nombrarte un hotel, pensá que yo salí de una casa de 4x4, estábamos todos amontonados, siempre digo que no me arrepiento de los que hice, solo me arrepiento de no haber hecho lo que debía haber hecho, es un juego de palabras”.
El boxeo de ayer, el de hoy
El exdeportista lacustre relata con firmeza, “Siempre veo boxeo, hay peleas que me aburren, me dan profunda tristeza y te soy sincero, algunas me dan nauseas. Yo soy muy observador, aprendí de todos y sigo aprendiendo porque la vida me sigue enseñando cosas, hay muchas cosas que aprendí de grande, parafraseando a Ringo Bonavena, la experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedás pelado. Por ejemplo Narváez fue campeón del mundo con 11 peleas, yo perdí el invicto con 33 peleas. El boxeo quedó atrás hace muchos años. Hoy los pibes son un robot, a los que les dan cuerda en un rincón y van al frente, tiran 400 trompadas a ver si pegan una. Se acabó la cosa linda del boxeo, la técnica, el esquive, pensar dónde ibas a golpear, cómo hacer para ganar por KO, cómo meter esa mano, eso ya se terminó”.
La increíble anécdota
Héctor “Yeyé” Hernández culmina contando su alocada anécdota. “Estaba con un amigo en Estados Unidos, tirado en la playa mirando la nada misma, a 100 metros estaba tomando sol Thomas Hearns. Entonces miro a mi amigo y le pregunto qué fecha era hoy, me contesta, y yo le digo ‘Uh, este fin de semana es la Fiesta del Lúpulo’. Me dice que sería lindo estar… Dejamos todo, tomamos el primer vuelo, hicimos las escalas y no nos perdimos la fiesta. De la nada misma salimos para acá, lo pasamos hermoso en El Bolsón (risas). Creo que hoy mi vida pasa por la familia, el hecho de ser el tipo que soy, porque nunca cambié, uno no cambia, se modifica y la esencia la llevamos con nosotros desde el día que nacemos o que abrimos nuestros ojos. Yo aprendí con mis hijos, lo vuelvo a decir, aprendí a hablar, a dirigirme, yo era iracundo, bohemio, lo que se me ocurría lo hacía, era un rebelde sin causa, en realidad la causa era haber salido de la porquería del barro, de todo eso que me marcó para siempre. Siempre digo, uno es pobre de mente, si uno se lo propone, podés hacer todo”.
Martín Leuful