2020-04-26

¿QUÉ SERÁ DE…? Dinko Bertoncelj, el hombre que inició la Asociación de Instructores de Esquí

Reconocido escalador, esquiador, hombre de montaña, el esloveno llegado a Argentina a mediados del siglo pasado, fue el principal impulsor de la entidad que agrupa a los instructores de esquí. Su vida no fue color de rosas, logró huir de la guerra y estaba al lado de su padre cuando fue asesinado.

Creyente, perseverante, paciente y amante de la familia, Dinko (Domingo) Bertoncelj nació en Eslovenia el 31 de julio de 1928. Hoy con 91 años cuenta: “Cuando llegué a la Argentina me cambiaron el nombre a Domingo y cuando llegó mi primera cédula la quise devolver porque me dije que ese no era yo, pero finalmente me quedé con ella, y para Argentina soy Domingo Bertoncelj”.

Hace un año, Toncek Arko publicó un excelente libro de 306 páginas que se puede conseguir en diferentes librerías de nuestra ciudad, Casa Raúl, La Barca o Cultura, entre otras. Es que la vida de Bertoncelj es para todo un libro.

Cursos sus estudios hasta primer año en su país natal, Eslovenia, es que la guerra hizo que todo se suspendiera, hasta los colegios. Hijo de Francisco Bertoncelj y Antonia Smolej, tuvo tres hermanos, todos fallecidos. Uno perdió la vida de muy bebé, y los otros son Francisca y Alberto. “Cuando culminó la guerra, estábamos todos desparramados, mi hermano en Rusia y mi hermana en Italia y yo con mi madre en Eslovenia”. Contrajo matrimonio en Río de Janeiro con Romana Kovak y tuvo dos hijos, Bogdan y Andrés. Hoy tiene cuatro nietos e indica “son regalos de la vida”.

Piensa y comienza poco a poco a contar una larga historia de vida, que por cierto es una de las más importantes del esquí en Bariloche. “Cuando comencé a caminar más o menos bien, mi padre me fabricó un par de esquíes muy primitivo, era suficiente para dar mis primeros pasos. Tuvimos la suerte de tener un predio grande, con un jardín inclinado que era una cancha perfecta para principiantes. Tenía un primo que fue esquiador olímpico y él fue un poco el que me encaminó a la competición. Las carreras comenzaron para mi desde edades muy tempranas, al lado de mi casa había un campo bastante importante donde nos juntábamos varios chicos, habíamos construido un trampolín y ahí practicábamos y aprendíamos, tendríamos unos 6 o 7 años”.

Refugiado en Austria

Dinko Bertoncelj relata con lujo de detalles el comienzo de algo muy feo en su vida. Con un dejo de voz entrecortada indica “estaba con mi padre y nos expropiaron todo y un hombre, el asesino, disparó una ráfaga con su ametralladora y le dio a mi papá, estaba al lado de él, no me dio a mí de milagro y me tuve que escapar, me salvé de casualidad y terminé como refugiado en Austria cuatro años. Los primeros dos años estuve en un campo, cerca de la cadena montañosa de Dolomite, ahí me introduje en el ping pong, durante la ocupación alemana, estábamos como en cuarentena y no podíamos salir. Solo lo hacíamos en las vacaciones de verano. En el patio de mi casa teníamos una mesa de ping pong donde jugábamos con varios chicos de mi edad, no contábamos los tantos y eran horas y horas que nos pasábamos jugando, sin darnos cuenta, nos volvimos expertos, sin saberlo, solo jugando como chicos. El campo de Austria, lo manejaban unos ingleses, y uno de los encargados le gustaba el ping pong y era fanático.

Recuerdo que preguntó si alguien sabía jugar e hicieron un encuentro. Yo estaba mirando y dije que sabía jugar y entonces comencé a jugar. Ese día no perdí un solo partido. Me enseñaron a contar los puntos. Los austríacos tenían un gran equipo y cuando se enteraron que en el campo había un equipo vinieron a competir, otra vez gané todo entonces los del equipo me pidieron que me sume a ellos, lo hice y viajé por toda Austria jugando.

Cuando llegó el invierno dije que sabía esquiar. Justo estaban inaugurando una pista de descenso e hicieron una competencia y la gané, allí se me abrieron todas las puertas, en el club me aceptaron como si fuera uno de ellos”.

Comienza a sonar el nombre Bariloche

Bertoncelj continúa desprendiendo pedazos de su rica y gran historia. “Al ganar esa competencia, de inmediato me invitaron a un entrenamiento de montaña, el entrenador del equipo austríaco, de apellido Zitterer, fue el que estaba al frente. Cada vez que culminábamos los entrenamientos, él hablaba de Bariloche, de la gente buena de esta ciudad, de su lago. Habían estado con el equipo en 1947, donde también había estado el equipo suizo y quedó maravillado con esa ciudad. Yo solo escuchaba y pensaba que en algún momento iban a mejorar las cosas e iba a regresar a Eslovenia, pero no fue así. En Austria llegó un punto donde tuvimos que emigrar a algún lugar. Yo tenía un amigo, Francisco Jerman que tenía una prima en Estados Unidos y ya teníamos todo listo para irnos allá y lo convencí para que vayamos a Bariloche”.

Junto a Otto Meiling en la cumbre del Tronador en el año 1981. (Foto gentileza Toncek Arco)

Su primer trabajo en Argentina

Bertoncelj indica que “primero estuve dos meses en Buenos Aires enfermo y luego pude tomarme el tren hacia Bariloche. Quedé maravillado con este lugar. Es increíble. Lo primero que hice cuando llegué fue hacerme socio del Club Andino que recuerdo que me llevó el papá de Toncek Arco, Vojko Arko (todos los conocían por Vislao), luego conseguí un trabajo en el hotel Catedral, mi problema era que no sabía hablar castellano. Los dueños del hotel hablaban alemán y entonces nos pudimos comunicar. Yo tenía que hacer un trabajo donde no tuviera que hablar, y trabajé dos años como peón de la caldera, y en invierno tenía entre dos y cuatro horas libres, entonces me dediqué a entrenar y a competir en esquí. Continué trabajando en el hotel, y aprovechaba a aprender castellano. Comencé a escalar y ahí me hice conocido como escalador. Escalábamos en el Campanile, le decían ‘El Invencible’, fue en ese tiempo que me hice guía de montaña en verano y en invierno trabajaba como instructor de esquí, sabíamos esquiar bien, pero la verdad que explicar las cosas, no teníamos ni idea (risas)”.

Nace la Escuela de Ski Catedral

El exinstructor rememora su juventud e indica que “en 1956 junto a Cartón Benavides, Pablo Rosenkjer y Lito Sontag fundamos la Escuela de Ski Catedral. Antes de que sea la temporada comenzamos a ver cómo íbamos a enseñar, no me voy a olvidar más una anécdota de Cartón Benavides. Estaba al lado mío y Pablo Rosenkjer explicaba ‘Cristiani hacia el monte’, que era la vuelta al monte. Cartón me toca el hombre y me dice ‘-Cómo m… le decís a la gente cuándo haces las vueltas al monte’, ni idea contesté y nos reímos. Luego fui al Himalaya y a la Antártida dos veces. Cuando retornaba de la base Argentina, mi mente comenzó a trabajar y me preguntaba qué iba a hacer de mi vida. Me querían mantener en el Instituto Antártico, ellos me consideraban experto. Esto significaba ir todos los años a la Antártida, yo era soltero, era olvidarme de formar una familia y yo quería tener una vida normal. Así que decidí volver y dedicarme a ser guía de montaña e instructor de esquí. Ese año trabajé en el Club Argentino de Esquí, sin tener mucha idea de cómo transmitir la enseñanza, sabía esquiar, no enseñar. Allí había un instructor austríaco que me convenció para que vaya a hacer los cursos a ese país, así que me fui. Allí estaba la técnica contra hombro que en ese momento era la mejor del mundo, también estaba la técnica francesa que era de rotación”.

Comienza a gestarse la asociación de instructores

Bertoncelj explica “cuando vine a Bariloche el intendente de Parques Nacionales era Nantlais Evans, que quiso ordenar la montaña y entonces él me dijo que le tenía que tomar un examen a todos los que enseñaban en el cerro, yo creí en ese momento que no podía hacerlo, no tenía autoridad, sí era cierto que en la montaña todos enseñaba como les parecía y no había algo organizado. Evans de alguna manera me convenció y me obligó a armar el curso para el año siguiente, que todo se basara en una técnica única, que era la austríaca. Hicimos ese curso y nos entusiasmamos, yo creía que un instructor además de todos los conocimientos debe saber inglés. Viajé a trabajar a Austria en una escuela que habían abierto y ahí estuve, éramos 6 instructores full time, luego a Estados Unidos, y armé un grupo de chicos, Osvaldo Runge, Pedro Klempa, Fito López, entre otros, allí logramos la certificación americana y cuando volvimos a Argentina, todos teníamos títulos”.

Dinko junto al equipo argentino de demostradores de esquí. (Foto Gentileza Toncek Arco)

Cursos provinciales y certificación nacional

El hombre de montaña, sostuvo que “en ese tiempo Pichín Cejas era director de Deportes de la provincia y tratamos de encaminar, por insistencia de Evans, que los cursos de esquí sean provinciales. Luego por esas cosas de la vida, me hice amigo de quien estaba a cargo del Instituto Nacional del Deporte y de alguna manera me ayudó a armar los cursos nacionales, con eso logramos depender del Ministerio de Educación y a todos, en esa época los nombraron profesores que era una carrera terciaria. Eso lo mantuvimos 20 años, luego llegó una época complicada, con Cavallo, que eliminó nuestra carrera y otras más, entre ellas la de navegación que se dictaba en Mendoza. Sugerí entonces que se organice la ADIDE (hoy AADIDES), que era Asociación de Instructores de Esquí, su primer presidente fue Gustavo Ezquerra, había muchos chicos en esa época que trabajaron cuando se terminó lo del instituto nacional. Con ADIDE siguieron haciendo cursos, luego yo me jubilé y logré armar el primer grupo de demostradores argentinos”.

 

Romana, el amor de su vida

Dinko Bertoncelj relató que “luego de tantos años de muchos inviernos, la Antártida y el esquí, comencé a tener problemas con mis articulaciones. Tenía un amigo médico que era esloveno y me dijo que todos los años, tenía que estar 14 días en un lugar de sol. Recordé que tenía unos conocidos que habían emigrado a Brasil, los busqué y no los pude encontrar. Sabía que tenían una hermana en Buenos Aires, así que la contacté y al año siguiente conseguí la dirección y viajé, y fue ahí cuando me topé con mi actual señora, Romana. Ella estaba entrando a la facultad y casi no la vi, yo tenía que ir a Estados Unidos y sin que haya pasado nada, le dije que quería que fuera conmigo. Ella me dijo que iba a estudiar, así que nos dimos la mano y yo me fui. Luego me escribió y me dijo que aceptaba, casi me agarra un ataque cardíaco. Por carta arreglamos todo y nos casamos a mi regreso en Río de Janeiro. Pero surgió un problema, no le daban la visa y no podía ingresar a Argentina. Me casé y no podía llevar a mi esposa a Argentina. Cuando estuve en la Antártida conocía a un general, lo contacté y le expliqué la situación, y a la semana tenía la visa. Son cosas que se fueron entrelazando, siempre me pasaron cosas raras, cosas que no esperaba”.

Dinko, junto a Romana y sus hijos Bogdan y Andrés en 1974 en la casa de Villa Catedral. (Foto Gentileza Toncek Arco)

Agradecido a la vida

Dinko, hace un silencio, reflexiona y cuenta: “Todos los días agradezco a Dios por todas las oportunidades que me dio en la vida. Yo era un don nadie, se me dio que tuviera dos habilidades, esquiador y montañista y me pude armar de una vida decente, pude formar una familia que doy gracias que sigue siendo unida, donde sobre todo prevalece el amor, yo tuve mucha suerte. Nosotros fuimos muy creyentes, fuimos devotos de la Virgen María, yo creo que la Virgen o el mismo Dios, estuvieron en todas las etapas de mi vida y las salvadas que tuve. La primera cuando asesinaron a mi padre, que a mí ni me rozan. Luego en el Himalaya, en la Antártida inclusive. Mi accidente en el cerro Capilla que se cumplen 19 años. Mi hijo Bogdan, que es creyente, cuando me vio caer y no me pudo agarrar, me vio rodar y pidió ‘Virgen ayudalo’, en ese momento una roca me detuvo y quedé a cinco metros del precipicio en el Brazo Tristeza; todos los días agradezco a Dios”.

Junto a toda su familia. (Foto Gentileza familia Bertoncelj)

 

Martín Leuful

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