2020-03-07

GRANDES MUJERES BARILOCHENSES

La historia de Alicia Santibáñez, una enfermera que inyecta positividad a los pacientes

El trabajo de las enfermeras muchas veces pasa desapercibido o lo que es peor, es desvalorizado llevándolo solo a las funciones básicas de la medicina. En realidad, además de curar las heridas del cuerpo, intentan sanar las del corazón, brindando contención y acompañamiento para que el momento que se está atravesando como paciente, sea lo menos perjudicial posible. “Somos el pañuelo y la oreja de los pacientes”, reconoció.

Alicia Santibáñez nació, se crió y trabajó siempre en Bariloche, tiene dos hermanos y 17 tíos por lo que su familia es muy grande. Fue parte de la primera promoción de Auxiliares de Enfermería de la Escuela de Oficios Nº2 en 1988. Se ha desempeñado en instituciones privadas, en centros de salud de distintos barrios y lleva casi 32 años en el Hospital Zonal.

“Una de mis tías trabajaba de enfermera en su casa y creo que uno siempre, de alguna manera busca seguir determinadas huellas”, comenzó diciendo. “Mis padres me dieron la opción de hacer un secundario o estudiar una carrera y yo elegí Enfermería”.

Cuando se recibió no podía trabajar porque el Estado provincial no la aceptaba hasta cumplir por lo menos 17, entonces lo hizo ad honórem seis meses en Terapia Intensiva, teniendo 16 años. “Una Terapia muy precaria donde se utilizaban los tubos de oxígeno, éramos dos por turno, pero había buen compañerismo y trabajábamos con mucho amor”. Además, pasó por todos los servicios, a excepción de neonatología y pediatría.

Recordó además que “había más igualdad, no se marcaban diferencias, hoy se discrimina mucho el título, el cargo y la posición social, es esa época éramos todos iguales atendiendo a los pacientes.

Apenas cumplió 17 eligió trabajar en la guardia “un lugar muy pesado en ese momento porque había mucha precariedad en todo, pero a la vez muy lindo porque lo viví como una aventura". Era una adolescente haciendo de enfermera, con toda la responsabilidad del puesto sobre sus hombros.

Al consultarle cómo fue recibida en ese momento por los médicos y enfermeras con mayor antigüedad dijo “fue una época muy dura porque además de ser muy joven veníamos de la época de la represión y todavía había gobierno militar”. De hecho, la jefa de enfermeras que tenía era inglesa “una persona con mucha preparación y educación que era muy estricta, pronto se jubiló y por mencionar a alguien especial, recuerdo a Dora Gallardo que fue muy buena guía para mi carrera”.

Las más jóvenes eran, en realidad, las menos beneficiadas “como no teníamos hijos éramos los últimos que nos tomábamos las licencias, siempre tuvimos la posibilidad de tener un franco fin de semana por medio, pero como no sabíamos mucho de leyes, pasábamos más tiempo en el hospital que en nuestras casas”.

En estos casi 32 años de tareas en el hospital ha cultivado un montón de amigos “aunque dicen que no hay que tener amigos en el trabajo a mí me pasó lo contrario”.

Imposible no recordar con nombre y apellido a quienes la hicieron sentir parte del sistema de salud pública “La doctora Rodríguez, Martín Odriozola, Felipe De Rosas y muchos otros que ya no están en funciones, ellos se tomaban el tiempo de enseñarnos cada día algo nuevo, no marcaban la diferencia por su formación”. Y agregó: “fui sumando conocimiento que es lo que más grande te hace, por eso los recuerdo con mucho cariño y agradecimiento”.

Tiempo después tuvo la oportunidad de ser jefa de Terapia Intensiva, “tuve la fortuna de poder trabajar como jefa de enfermeras, en cómo sería la disposición de los consultorios nuevos con el doctor Felipe De Rosas”. Fue supervisora, por lo que tiene una trayectoria muy rica de aprendizaje constante y actualmente está en el área de Oncología.

Centros de Salud

Pasó en cuatro oportunidades por centros de salud, por estrés laboral tuvo que dejar Terapia Intensiva y le dieron el pase al de 34 Hectáreas. Fue en la nevada del 95. “Un lugar al que amo profundamente, fui muy bien recibida, una zona con grandes necesidades donde creo que las enfermeras hacemos mucho”. Sus tareas fueron junto al doctor Luna. “Salíamos con el agente sanitario a recorrer el barrio, un trabajo muy rico”, dijo.

Regresó al hospital y luego ella eligió volver a ese barrio. “Me parece que es una comunidad muy bella a la que hay que darle mucho y lo que estamos haciendo es muy poco, un lugar donde aún está postergado el vínculo con el resto de la sociedad”, opinó.

También estuvo trabajando en el centro de salud del barrio Lera y del Arrayanes, “todos lindos lugares con distintas vivencias, algunas dan más apertura para que entres a sus casas y otras no”.

Como equipo de salud siempre trató de buscar una alternativa para ingresar y brindar el servicio que haga falta “los centros de salud son lugares ardientes por la necesidad y la realidad social que nos atraviesa, el hambre, la desocupación, la violencia, el alcohol y las drogas nos tocan muy de cerca”.

Actualmente en el hospital son 190 enfermeras y enfermeros “y la realidad es que necesitaría casi 300 por el crecimiento poblacional”, reflexionó.

No se quedó con aquel título inicial de auxiliar de enfermería, continuó estudiando recibiéndose de enfermera profesional y en poco tiempo será licenciada.

Desde que comenzó a trabajar lo hizo de forma paralela en el sector privado, en el sanatorio Cumelén, en el San Jorge que estaba en Villegas y en Terapia Intensiva del San Carlos. “Estuve diez años como vacunadora del Sanatorio del Sol, me fui unos días antes del conflicto conocido por todos”, contó.

Una mano

Cuando una persona está atravesando alguna enfermedad o ha sufrido un accidente, la primera mano que tiene para agarrarse y sentir un poco de confianza, es la de una enfermera. “El tiempo que pasamos con el paciente es mucho mayor al que pasa el médico, entonces somos muchas veces el pañuelo y la oreja de la persona y del familiar, depende del lugar en el que trabajes siempre vas a ver el dolor y sufrimiento muy cerca tuyo”, aseguró.

Es necesario descargar de alguna manera todo lo que van viviendo en su trabajo de enfermeras. “Todas manejamos distintas estrategias para lo emotivo, no tenemos licencia por peligrosidad, entonces como una manera de protegerme cada cuatro años pido el cambio de área”.

Reconoce que eso es rico no solo desde el aspecto profesional sino también desde el psicológico. “Uno va aprendiendo con el tiempo a no llevarse esa carga emotiva a su casa, ya no le cuenta a su pareja o a su hijo cuántas personas murieron o los casos de gravedad”. A otros sí les queda esa carga, “lamentablemente no tenemos dentro de ningún área terapia psicológica para el personal, por eso tenemos un altísimo porcentaje de compañeros con estrés laboral”.

Por cuestiones económicas muchos deben tomar doble turno y, entonces, “pasamos más horas en el hospital que en nuestros hogares, no vemos crecer a nuestros hijos y te juegan mucho las culpas cuando sabes que tu hijo está con fiebre en cama mientras vos estás atendiendo a otra persona enferma y no a él”.

Hay enfermedades que sufren los enfermeros y enfermeras, hipertensión arterial, obesidad, diabetes, “el estrés va provocando todo eso, una cosa es atender a un paciente de buen nivel social que sabés que va a contar con sus medicamentos y otra a un gaucho de campo que le va a ser muy difícil, entonces lo que hacemos es solo paliativo porque no contamos con más medios para ayudarlo”, la impotencia a veces gana la partida”.

El cable a tierra de Alicia es hacer caminatas en la montaña y compartir con su familia los fines de semana.

El amor

Hace muchos años que no camina sola. En la casa de una amiga conoció a un muchacho del cual se enamoró “fue cuando tenía 15 años y estaba estudiando Enfermería, era un primero de año que volvía de la playa, nunca más nos separamos”, dijo feliz.

Tiene un hijo de 27 años, pronto se recibirá de ingeniero ambiental “Cuando nació me tomé un año sabático”, aclaró. Su vida como mamá es un capítulo aparte “fue muy difícil por eso tuve uno solo, nació en el 93 y yo tenía dos trabajos, así que mi marido hizo de madre y de padre, incluso en el jardín y en la escuela le preguntaban si era padre soltero porque a mí no me conocían”.

Más allá de ser consciente de la realidad y de los deberes, las culpas vuelven “lo estaba haciendo por un motivo muy noble, educarlo y formarlo, de hecho, ahora con cincuenta años recién voy a recibirme de licenciada porque lo tuve que ir postergando”.

“La culpa es algo difícil de manejar, pero entendí que la enfermería es la profesión que elegí, es una especie de claustro, vivís a contramano y eso me lo hizo ver mi hijo, después de trabajar veinte años en el hospital, cuando me pasaron a los centros de salud me dijo: mamá ahora somos una familia normal”. Analizando luego lo que le dijo, pensó “siempre nos vio como una familia anormal, eso es muy fuerte, lo que me consuela es saber que no somos los únicos, todo el personal de salud tiene alterado su ciclo familiar”. Sabe que, aunque no ha sido una vida fácil, su hijo se siente orgulloso de ella.

Vivencias

Son miles las anécdotas que la han marcado en estos casi 32 años, “lo que más me ha afectado es lo relacionado con los niños y eso cambió mucho cuando fui mamá, mi fogueo más fuerte fue en el 34 Hectáreas. Llegaban a controlarse bebés muy sucios, en una condición de higiene pésima “no siempre porque no quisieran bañarlos, muchas con sus casitas precarias, calentando tachos con agua, sabían que si los mojaban se enfermarían por el frío”.

Esto lo solucionó disponiendo una pileta en el centro de salud, donde las madres podían bañarlos antes de la consulta.

Oncología

Desde hace un año que es enfermera del área de Oncología “tenemos pacientes internados, no todo el tiempo porque funciona como hospital de día”, detalló. Son cuatro enfermeros y dos médicos.

Alicia se encariña mucho con los pacientes, cuando finalizan sus tratamientos los sigue llamando para ver cómo andan o si necesitan algo, porque más allá del grado de vínculo creado por su profesión, es una mujer sensible y solidaria.

También con la positividad de la gente ya en el tratamiento “les inyectamos pensamientos positivos, aunque muchos están negados, pero siempre buscamos la vuelta para que nos dejen llegar, me arrodillo al lado del sillón y con el tiempo terminamos como amigos”.

Susana Alegría/ Fotos: Facundo Pardo

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