Festival Fénix para colaborar con la reconstrucción del atelier de Tam Muro
El viernes pasado comenzó a correr la voz de un voraz incendio que consumió una vivienda en la zona del kilómetro 15. Allí alquilaba una pareja y las pérdidas fueron totales.
Lo que se supo en un segundo momento, fue que se trataba nada más ni nada menos que del atelier del querido Tam Muro.
Gran parte de su obra quedó transformada en cenizas, con el inmenso dolor que ello significa, solo se pudieron salvar algunas cosas, que aun con olor a humo y sus bordes quemados, ahora tienen doble valor, el del resurgir.
Este sábado a partir de las 17 horas, en el mismo lugar, se realizará una gran feria “Fénix” con dos objetivos. El primero, recaudar fondos y volver a ponerse de pie y el segundo, quizás lo más importante, sentir el cariño y el apoyo de la comunidad.
El Cordillerano dialogó con Guadalupe Muro, una de las hijas del artista, quien con su madre, Gabriela Panizza, estaban en la vivienda contigua, por lo que vivieron ese trágico momento en primera persona.
“Esa casa originariamente es el taller de mi papá y desde el 2014 que la alquilaba ‘Fer’ Bustos”, comenzó diciendo. La única parte de material de la vivienda era donde está el termotanque y allí, hacía muy poco, habían puesto parte de la obra artística, porque se iba a mudar su pareja y necesitaban mayor espacio.
“Ese fue el detalle que, dentro de la tragedia, permitió que se salvaran algunas cosas, el sábado cuando removimos todos los escombros las vimos y fue una emoción muy grande, nuestra última esperanza”.
Personal de Protección Civil fue quien las encontró, “ellos con mucha delicadeza nos las fueron entregando, las pusimos bajo techo y de a poquito iremos viendo cómo restaurarlas”, dijo la joven.
El domingo y el lunes, ella y su madre trabajaron contra reloj separando las imágenes y fotografías, antes de que se sequen del todo. “Con un pincelito sacándole el hollín y ahora viene la tarea de guardar eso de un modo que se conserve”.
“Era una casita un poco extraña porque se había construido con el fin de que sea el atelier de mi papá, un espacio diáfano, un lugar hermoso que era como nuestra casa de Neruda en Isla Negra, llena de historias de viajes, máscaras indígenas, libros y obras”, detalló.
Para la familia representa una pérdida emotiva inmensa, “ahí escribí mi primera novela, Julián, uno de mis hermanos, ensayó durante meses para su proyecto musical Dingungu, entre tantas otras actividades.
Una de las obras rescatadas.
El incendio
Lo que motivó el incendio fue una falla eléctrica, “Patricia Díaz de Protección Civil nos explicó que un cable se fue quemando muy lentamente, puede haber empezado hace más de un mes, como no había nada en ese enchufe, nunca saltó la térmica, pero fue resecando la pared”, explicó.
“Cuando llega al tomacorrientes explota porque como ya tiene oxígeno, se prendió fuego, empezó a quemar hacia adentro de la casa hasta que explotó un vidrio, llenando de más oxígeno el lugar y se propagaron las llamas”.
Guadalupe y Gabriela estaban almorzando en su hogar, muy cerca del atelier. “Mi mamá acababa de llegar del centro, entonces escuchamos una explosión, salimos, yo corrí a agarrar un matafuegos y mi mamá llamó a los bomberos”. La primera impresión fue que se había comenzado a quemar algo en el patio “yo veía un foco pero lo que no sabía era que adentro, el fuego estaba muy avanzado”.
Fueron apareciendo vecinos con baldes y mangueras “el aire ya tenía tanta temperatura que era casi imposible acercarse, incluso se me quemaron las pestañas, cuando llegaron los bomberos ya no nos dejaron pasar más”.
Luego llegó la policía y les hizo cortar el gas y la luz “no se nos había ocurrido en ese momento, por lo que casi perdemos también nuestra casa”.
Se perdió el total de la vivienda “el sábado vinieron amigos de ‘Fer’, trajeron camiones y volquetes de la municipalidad y retiraron todos los escombros, y vino Patricia Díaz quien nos trató con una enorme sensibilidad”.
Para las cuatro de la tarde ya estaba todo limpio y quedó a la vista solo la platea de la casa. Intentando sobrellevar el momento de angustia, una de ellas hizo una broma diciendo que era una muy buena pista de baile y así surgió la idea de hacer el encuentro de este sábado.
Otro de los inconvenientes es que ahora deben rehacer el tendido del gas porque no cuenta con los requisitos actuales, lo que les significará un estimado de $40.000. “Por ahora estamos sin calefacción en casa así que nos duchamos en la casa de una vecina”.
Lo que dejó el paso del fuego.
El festival
Dará comienzo a las 17 horas, habrá una clase de salsa a la gorra, feria de ropa y objetos, sorteos de todo tipo de cosas que les han donado. “Quiero agradecer a todos los que están acompañando, por ejemplo la familia Wesley. Estuvo Martín en el incendio como bombero, Tom con la retroexcavadora y Pacu nos donó un barril de cerveza para sorteos”.
Un muy buen sonido para las bandas en vivo, Ricki Basevich con Marcelo Saccomanno, Ana López con un guitarrista llegados de Buenos Aires, Vale Sinso con Martín Ascolani y el Trío Fantoma, que aún falta confirmar los horarios puntuales de cada presentación. “Amina se ofreció para hacer toda la producción del evento”.
La comunidad puede colaborar
Es simple imaginarse todo lo que van a necesitar para comenzar a resurgir de las cenizas. En primer lugar están solicitando materiales de librería de archivo, papel secante, resmas de papel blanco, cajas de gran tamaño para las láminas.
Asimismo, se pueden acercar cosas saladas o dulces y bebidas para vender en el bufet y todo lo que consideren que puede ser de interés para que la gente que concurra desee comprar. “No hace falta volverse locos, con una docena de empanadas o una tarta ya vamos a ir sumando entre todos”, dijo la joven.
Todo lo que sea referido a ropa y objetos, los están recibiendo hasta hoy viernes durante todo el día así tienen tiempo de clasificar y ver la forma de exponerlo de manera más interesante. “Todo lo que sobre lo pensamos donar probablemente a la salita de la escuela Nº 48”.
Otra de las necesidades urgentes es cortar dos abedules muy altos que están en el lugar, “no tenemos idea de quién puede hacerlo, también tenemos que hacer podas preventivas de los que se quemaron un poco”, agregó.
Han recibido ya el aporte de otros artistas, obras maravillosas. Para eso, tienen ganas de hacer otro encuentro, una especie de remate, incluso con algunas obras de Tam Muro. Pero eso, será para más adelante.
Todos invitados
Más allá de tener la intención de donarles algo o de adquirirlo, piden a la comunidad que se acerque para disfrutar de la música en vivo. En realidad, lo que más están necesitando son los abrazos de la gente, sentir un poco de cariño que les haga pasar este momento de tanta tristeza. “Que se traigan alguna silla de playa o banqueta porque no tenemos nada, para que estén más cómodos, y muchas ganas de bailar, así cambiamos la energía del lugar”.
El plano para llegar al festival, disfrutar de la música y colaborar con la familia.
Tam Muro
No es simple resumir en pocas líneas la vida y obra del artista plástico Tam Muro. Gracias a su insistencia y perseverancia, Bariloche cuenta hoy aún con dos salas de arte en el Centro Cívico. Su hija, al intentar describirlo, dijo: “mi viejo hizo la primera remodelación del Museo de la Patagonia donde trabajó muchos años, consiguió el presupuesto necesario y protegió el cuadro de Antonio Berni cuando Alsogaray quiso llevárselo a Buenos Aires”. Eso le costó su trabajo, porque cuando finalizó su contrato desde Parques Nacionales, no se lo renovaron.
“Siempre ha sido muy activo en la comunidad de artistas en nuestra ciudad, diseñó la primera feria artesanal donde ahora está el SCUM y de hecho en el estudio que se quemó estaba todo el material de archivo del Bariloche cultural de entonces”, se lamentó. Muchas carpetas con proyectos que por cuestiones burocráticas quedaron en la nada.
“El cuadro más grande lo había donado al Museo de Arte de Neuquén, la semana pasada ese lugar casi se quema por una freidora de la cocina, estoy rescatando todo lo que pueda y me gustaría hacer una muestra de eso más adelante”, dijo.
La carta de Valentín
Uno de los hermanos de Guadalupe reflejó en algunas líneas, parte de sus sentimientos al enterarse del incendio de atelier de su padre. Compartimos con los lectores algunos fragmentos.
“¿Cómo estás? Espero que en la última semana no se te haya incendiado nada…imaginé que te habías preocupado y me parecía un desatino guardarme estas palabras. El viernes iba en el colectivo cuando el podcast que iba escuchando fue interrumpido por una llamada. El 152 se volvió mi favorita desde que hace dos meses me vine a vivir temporalmente a San Telmo hasta encontrar dónde instalar mi ego, con todas sus frustraciones, más permanentemente. Tiene aire acondicionado, y eso ya es ganar. Era mi hermana Guadalupe: ‘Se quemó el estudio’. Sin problemas para descifrar lo que me estaba diciendo activé un protocolo de respuestas a malas noticias: “¿Están todos bien?”. “Sí”, me dijo, y me dio pie a la segunda pregunta: “¿Cuánto se quemó?”. “Todo, no quedó nada. Se quemó absolutamente todo”.
El ‘estudio’, como siempre le llamamos, era un cubo de 8 metros de lado que mi papá construyó al pie del terreno en el que está la casa en la que crecí, en el medio del bosque en Bariloche. La madera con la que lo hicieron vino del jardín de casa, de árboles que hubo que voltear cuando empezaron a desmejorar y se volvieron peligrosos. Una de las primeras cosas que nos vemos forzados a entender creciendo en el bosque es que a veces el bosque es una amenaza para las frágiles vidas que construimos.
Mi papá durante ocho años fue y volvió de Guatemala montando un proyecto llamado Por qué estamos como estamos, originalmente una exposición itinerante surgida a partir de la ‘Campaña nacional de diálogo interétnico’ que exploraba las relaciones sociales en Guatemala al finalizar la cruenta guerra civil, no hace tanto tiempo. Mi papá de cada viaje se traía alguna máscara tallada en madera, algún tejido, alguna huevada que eventualmente se convertiría en cientos de miles de huevadas.
Todas las cosas interesantes de casa llegaron fortuitamente a través de una historia como esta. Un televisor que salió del premio de algún certamen de dibujo, tal cosa que compraron cuando plagiaron un cuadro de mi papá y tuvieron que pagarle derechos de autor, y así. El estudio era todos esos viajes a Guatemala que lograron hacer de un montón de árboles moribundos una guarida en el medio del bosque.
El estudio, aunque quedaría para siempre inconcluso, se pudo construir bastante de un tirón. Salvo por un pequeño cuarto de cemento en el que instalaron un termotanque, estaba hecho completamente de madera. “Una caja de fósforos”, como alguna vez alguien supo poner en palabras, a la que un día le llegó su chispazo.
Aunque nunca viví en aquel estudio, allí es donde creo que empecé el arduo camino desde ser una masa informe a convertirme en algo bastante parecido a lo que hoy soy. Cuando tenía 12 años y mi papá terminaba de trabajar, luego de cenar yo pedía permiso para irme ahí. A mi casa de Bariloche no llegó la banda ancha hasta luego de que yo me hubiera mudado a Buenos Aires, por lo que lo más parecido que tenía era una conexión de dial up con tarifa plana a la que podía conectarme a 56K durante toda la noche, o hasta que me agarrara tanto frío o sueño que debiera abandonar por la jornada.
Un recuerdo que ahora tendré que preservar en estas palabras es el de mis dedos cada vez más adoloridos por el frío de la noche barilochense. Cada tanto me levantaba para ir a devolverles algo de vida en la estufa y luego seguir. Fue durante esas largas noches que aprendí a programar mis primeros sitios web.
El estudio fue construido sobre un playón de cemento, lo único que hoy queda, y tenía dos entradas: una en un lateral y otra, a 90 grados, elevada y dando directo a un entrepiso de circulación. Desde esa segunda entrada podía bajarse a la planta baja, pasar al baño (montado encima de aquella única caja de concreto que mencioné arriba) o bien subir a la planta alta.
En la planta baja, al menos cuando todavía vivía en Bariloche, nunca hubo un espacio habitable. Allí amontonábamos las bicicletas, viejas computadoras y otros trastos. Era donde iban a parar todas las cosas que habían cumplido su ciclo en la casa, cosas que habíamos heredado, restos de cosas que en algún momento mi papá pensó que para algo podrían servir, y un montón de cuadros y objetos peculiares.
Mi papá sobre todas las cosas es un artista. Es raro ponerlo en esos términos porque no hay muchas personas que puedan describirse como tales y vivir de eso. Pero creo que mi papá fue el primer artista que conocí. Aquel estudio no había sido el primero, sino el digno sucesor de una mucho más pequeña caja de zapatos que quizá en parte aún sigue en pie, a unos metros de donde ocurrió el siniestro.
Aquel primer estudio, me contaba hace un par de noches mi papá, era de esas “casas” prefabricadas de 3 por 5 metros. Era tan chico que cuando pintaba, incluso en invierno, tenía que salir al jardín para mirar desde lejos a través de la ventana cómo estaba quedando un cuadro”.
Cuando ya había oscurecido y mi mamá nos llamaba a comer, y yo era tan chico que no alcanzaba a los interruptores de luz, a veces me tocaba ir a avisarle. Bajaba en la oscuridad del jardín hasta su estudio a darle aviso y espiar en qué andaba. Recuerdo el aire enrarecido por el tabaco y las pinturas, y el grabador tipo boombox en el que escuchaba radio o algún cassette gastado. Todo en aquel lugar crujía, como si las maderas en realidad estuvieran hechas de cartón. Las maderas eran de un color negro, como si las hubieran sumergido en petróleo, y no cabía mucho más que lo que había.
Mi hermana recuerda, también con profunda nostalgia, la banqueta de madera en la que a veces nos sentábamos a hacerle compañía, aunque muchas veces en ella apoyaba algún vaso, algún pincel, algún instrumento de esos que no tienen mucho sentido hasta que alguien con cariño y paciencia nos explica para qué demonios sirve. Cuando construyeron el nuevo estudio y este cayó en desuso en parte del playón que quedó liberado aprendí a andar en skate.
Por un momento pensamos que esas quince cajas eran todo lo que insospechadamente había quedado de aquel estudio. Y luego empezaron a llegar las fotos. Cuadros chamuscados, cuadernos de los años 70 empapados, algunos poemas que no sabíamos que mi papá había escrito con máquina de escribir desparramados por el jardín.
Mi hermana sigue enviando fotos. Todo lo que había repartido por el jardín para que el sol lo secara ahora está desperdigado por la casa de mi mamá, al menos para pasar la noche. Creo que el momento en que aquellas fotos —y videos— de mi hermana adoptando el papel de restauradora empezaron a caer provocó un calorcito en el centro del pecho que no sentía hace mucho tiempo. En el grupo que compartimos entre mis hermanos Guadalupe va pasando el parte: “Se salvó la carpeta con tus dibujos del 80, por afuera estaba derretida pero recuperé lo de adentro”, y si algo me enseñaron cada vez que me sentí muy feo es que lo que importa es lo de adentro…”
Susana Alegría