2019-11-25

Emocionante jornada de trabajo de los integrantes del Hogar Emaús

Se realizó una salida solidaria para comenzar a cumplir el sueño de uno de los participantes de Emaús, Julio Flores, más conocido como “El Gauchito”, a quien su padre le dejó como herencia un pedazo de tierra en las afueras de Villa Llanquín, lugar donde se crió y al que quiere regresar a vivir.

Nació en Arroyo Seguel, “me crié cerro arriba entre medio de las piedras, estuve un tiempo en lo de mi prima pero quería tener algo propio así que me hice un ranchito debajo de una roca inmensa usándola como techo”. Una madrugada lo despertó el fuego y perdió lo poco que tenía, entonces pidió ayuda a la comisionada de Fomento de Llanquín.

“Vino Blanca Cañumil, Malespina, las hermanas Paillalef y quedamos en que me daban la madera para hacerme esta casita”, contó Flores.

La vivienda está en un plano de la montaña y detrás tiene una roca que la protege de la bajada del agua, “vivía acá muy tranquilo pero un día hubo un diluvio, por el ruido primero pensé que era un terremoto, bajaban piedras más grandes que un auto rodando por todos lados” recordó.

El agua con lodo llegó a entrar a su casa, pero no logró arrastrarla precisamente, por la roca que desvió la avalancha. “Esa piedra me salvó la vida, sino me arranca con todo, temblaba la tierra, eso fue hace seis años y todavía me asusto cuando me acuerdo” dijo.

Luego de esa experiencia llegó otra, la naturaleza no le dio tregua, “una tarde estaba abajo, en el río, buscando agua, cuando se puso de noche, llovía arena, así que me volví a mi rancho”.

Fue la caída de la ceniza en el 2011 “ahí me empezaron a dar mareos y de a ratos me perdía, por eso me fui al pueblo, me sentía tan mal que me acerqué a pedir ayuda a Emaús, me dejaron quedarme a vivir y me llevaron al médico”.

Llegó al Hogar en el 2013 pero fue algo esporádico, iba y venía hasta que finalmente en 2017 se quedó de manera permanente, gracias al profesionalismo del doctor Andrés Calderón, que dio con el tratamiento exacto, se pudo recuperar de su problema y ahora siente que es momento de regresar a su lugar.

Siempre quiso volver a sus pagos, “mi viejo me dejó esto, en el Hogar me tratan como si fuera de su familia pero necesito el campo, el silencio y estas piedras que no las cambio por nada” dijo.

La idea es realizar algunas jornadas más de trabajo porque El Gauchito se iría a vivir a su casa a fin de año, “me quedan algunas semanas de clases, estoy terminando primer grado y lo quiero terminar”.

Jornada de trabajo

A las siete de la mañana salieron 22 personas desde Emaús, en una trafic de la Municipalidad de San Carlos de Bariloche, una camioneta de Parques Nacionales y otra particular, cargando todos los materiales de construcción. Operadores y voluntarios del Hogar y gente que quiso ser parte de la rueda solidaria.

Una vez cruzada la Balsa de Villa Llanquín, por un camino serpenteante las camionetas avanzaron siete kilómetros hasta el final del camino. Allí toda la carga fue repartida para llevar al hombro por un sendero de montaña, chapas, tirantes, bolsas de cemento, clavos y herramientas, casi tres kilómetros más. Tarea nada fácil y de desafío personal gratificada solo por el simple hecho de ayudar.

Bordeando un pequeño arroyo se llegó a la zona de Arroyo Seguel, a la derecha de un cañadón, se pudo ver el ranchito, que aunque estaba en total estado de abandono, igual El Gauchito ha pasado días allí.
Rodeado de rocas majestuosas, que recuerdan al Valle Encantado y casi cien metros ladera arriba, está el sueño del Gauchito.

Primero hubo que desarmar todo lo viejo, enderezar clavos, rescatar los materiales que aún pudieran usarse para recién empezar con lo nuevo. Entre martillazos y serruchos, mates y muy buena onda, poco a poco se fue viendo la transformación.

No todos se conocían entre sí pero fue tan grande la energía positiva, las bromas y el trabajo que se convirtió en un grupo maravilloso que repartió sus tareas.

Cada uno fue resaltando sus habilidades las que fueron compartidas con el equipo; aprender a cortar chapas con alambre y tantas otras cosas que quedarán para siempre en la memoria. Incluso le dejaron hecha la platea en la casa, que reemplaza el piso de tierra que tenía.

Ahora habrá que volver para llevar materiales que faltaron y algunas cosas elementales como una olla mediana, dos bancos, cubiertos, colador, mantas, un mueble para meter la comida, velas, fósforos, fuentón, palangana, ropa de cama y toallas.

Después llegó el momento del asado, de juntar todo y emprender el regreso, agotados pero con el corazón rebozante de felicidad.

Julio Flores tiene 66 años y aunque se vaya a vivir tan lejos, que no tenga dudas que cada tanto, le llegarán visitas, para acompañarlo y escuchar sus anécdotas y vivencias.

Susana Alegría

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