UNA LUCHADORA
Lorena Dubois: “para el espíritu Gigantes, nada es imposible”
“El espíritu Gigantes es lucha, es garra, es consecuencia, amor, sinceridad, sueños. Creer que nada es imposible. Todo lo que sueño puede ser realidad. Si lo soñás, lo podés hacer”, describe Lorena Dubois.
La historia del club Deportivo Gigantes se puede contar a partir de la historia de su creadora. Desde su origen humilde y difícil en Carapachay, un barrio del conurbano bonaerense, con el sueño de construirse otra realidad, logró jugar en la Liga Nacional en Boca y en Ferrocarril Oeste, en la selección nacional y cumplir su objetivo de salir del contexto en el que vivía junto a su familia. El sueño del club vino muchos años después, con las ganas de siempre, buscar un poco más. En el club hay diversas disciplinas deportivas y sociales, que disfrutan y comparten más de 300 personas de Dina Huapi. “Eso es el crecimiento de Gigantes y esto ahora se trasladó”.
Lorena contó que nació en Chaco y fue dada en adopción a una pareja de Buenos Aires. “Ellos no podían ser papás y yo era lo que ellos habían estado buscando pero tenían una realidad económica muy dura. Mi infancia estuvo teñida de esto. Vivíamos, en un barrio, Carapachay, entre Munro y Villa Adelina, en la provincia de Buenos Aires. Faltaba el dinero y había mucha hambre, muchas necesidades. Recibíamos la caja PAN, salíamos a vender lombrices a la Costanera con mi viejo. Mi viejo nos enseñó a rebuscarnos la vida. Nos enseñó muchísimo porque había que sobrevivir en esas condiciones. Mucha valentía para tratar de darnos un futuro. Ellos tenían esta capacidad de amar, de contener, de cuidar pese a la situación”.
A los 9 años llegó el vóley y la posibilidad de pensar que podía ser posible. Fernando Seijas, entrenador de Boca la observó jugar en un torneo de vóley que ella estaba jugando para el club municipal El Golfito, en el que practicaba distintos deportes.
“Y ahí se me abrió el cielo. Era la oportunidad que yo estaba buscando para sacar toda esta realidad, que me la tenía que bancar porque no me quedaba otra y que seguramente era mucho mejor que la que me esperaban antes, pero yo no la quería tal como era”. Seijas la llevó primero al club Centro Galicia, en la Lucila, en donde entrenó y jugó durante un año para poder prepararse para el vóley de alto rendimiento. Ahí estuvo a cargo del entrenador José Luis Lagos. “Me pasaba a buscar a mi casa y me iba a buscar para entrenar. Todo el mundo acompañaba”. Además de que la familia siempre estuvo cerca.
Al año siguiente llegó Boca, donde se desarrolló en las categorías menores y llegó a Primera. Comenzó a entrenar y a competir todos los días, con un intenso cronograma. “Era gente que sacó lo mejor de mí. Ellos cultivaban mis ganas de progresar, de conquistar cosas, aunque tuviera una realidad dura”.
“Me empezaron a dar viáticos y refrigerio, porque tenía que alimentarme bien. Vivía adentro del club, dejaba todas mis gotas de sudor ahí adentro porque quería más. Y esto cambiaba la realidad. Yo quería una oportunidad para que vieran lo que yo valía. Que yo podía más allá del barrio donde estábamos o de la casa que tenía o de cómo había llegado a la vida”. Luego llegó el pase a Ferrocarril Oeste, la convocatoria a la selección metropolitana, y finalmente la selección nacional. “Y ese fue otro objetivo logrado y otra puerta que se abría”.
Los orígenes
Después de muchos años de competencia y entrenamiento sin descanso, llegó el momento de parar. “Llega un momento en que la presión ya no la querés más y querés descansar”. Y se vino a vivir a Bariloche primero y poco después a Dina Huapi.
“Me vine para acá dejando todo. No quería saber más nada de vóley. Y vienen un mediodía dos profesoras de Educación Física. Se presentan y me dicen que son del colegio CEM 96, que ellas sabían quién era yo y que tenían un problema con los chicos de la escuela, si yo las podía ayudar para motivarlos con el vóley. ‘Bueno, voy una vez’, les dije”.
Al mes, estaba adentro del gimnasio, enseñando vóley. La escuela del polideportivo se fue ampliando con el CEF N° 8 de Bariloche que tenía un anexo ahí con la profesora Silvia Castillo. Y con esa alianza empezó a gestarse Gigantes. “Ahí empecé a ayudar directamente a todos los que querían jugar al vóley. Esos fueron los primeros equipos de Gigantes. Ahí ya empezaron los Gigantes”.
“Eran chicos de la escuela que anotamos en el primer torneo a los cuatro meses de estar entrenando. No tenían camiseta, no tenían pantalones y yo les dije que eso no era un limitante, que igual íbamos a salir adelante. Y que no se hicieran problema. Otra vez la historia”, rememora.
Así con camisetas prestadas, pantalones de jean cortados, y mucho por aprender, fueron a jugar el primer torneo que organizaba Juan Carlos Bertino. “Era una experiencia que les iba a servir para hacerse fuertes. Y que cada vez que uno le pusiera un objetivo al entrenamiento entiendan porqué lo deben cumplir”. A fin de año, dieron el batacazo. “Ese mismo equipo dejó afuera en la semifinal al equipo que siempre salía campeón”. De ese grupo de
Gigantes, salió Osvaldo Casanova, un jugador vecino de Dina Huapi, que llegó a jugar de líbero en la liga de San Pablo, en Brasil.
“En esa época, 2001, venían con las zapatillas lisas, sin haber comido, sin un peso para gastar en el buffet. Y a mí me daba vuelta todo esto otra vez. Entonces con Silvia llevábamos una caja de alfajores y termos de mate cocido para que los pibes metieran algo en la panza y tuvieran un resto”.
“En el Polideportivo seguimos trabajando y llegamos a tener una escuela de 106 chicos y chicas inscriptas jugando en Dina Huapi. En ese momento, era una Comisión de Fomento y teníamos su apoyo total”. La escuela ya contaba con rama femenina y rama masculina, desde Mini vóley hasta Primera, y tenía entrenamientos cuatro veces por semana. Siempre trabajando ad honorem. “Yo tengo una carpintería y vivía de las artesanías”.
En un momento, con un cambio en la Intendencia, desarmaron la escuela, y luego de la pérdida de un familiar, en 2013 decidió tomarse un tiempo. “No podía más. No puede ser que no vean el trabajo, el esfuerzo, que no valoren, por lo menos que no pongan palos en la rueda”.
Por insistencia de quienes querían seguir jugando y también por pedido de la familia, volvió a entrenar en el Lawn Tenis, que económicamente era un gran esfuerzo. “Consecuentes con nuestra forma de trabajar y de pensar, dijimos menos de tres entrenamientos de dos horas por semana no se puede. Sino no es un proyecto serio”. Terminaron en noviembre de ese año, con el equipo armado en rama masculina y femenina. De sus filas, más tarde, salieron, entre otros, Osvaldo Casanova, Matías Biava que jugó en Boca y fue citado a la selección nacional, y Sasha Dubois, que está en la Liga Nacional para Plottier este año.
“Ser artesano de la vida de otro”
“Cuando aparece este club para entrenar (el ex Club del Lago), estaba abierto, no tenía calefacción, entraba agua, pero bueno”, contó Lorena. Ahí entrenaron durante cinco años, de los cuales en invierno las categorías menores no podían entrenar por el frío.
Y a principios de este año, instalaron calefacción, arreglaron goteras, lo pusieron en condiciones, con el desafío de organizar un club con diferentes actividades deportivas y sociales. “Tiene que ver con los sueños, con seguir adelante. Con sembrar lo que quiero que me dé fruto. Empezamos con el vóley que es lo que yo sé y conozco”. El vóley creció y el objetivo fue la personería jurídica para poder proponer un espacio más amplio. “Para que todo el club tenga la onda Gigantes”.
Y después se habló con los propietarios y entre todos decidieron abrir las puertas de Gigantes. “Todos los días llega alguien nuevo. Yoga, circuit, tela y trapecio. Y la gente se va copando con todo eso. Eso era lo que nosotros queríamos, lo que nosotros soñábamos. Con la gente alentando, sintiéndose parte del club”. Además, destaca la importancia de que la comisión directiva esté compuesta por muchas jugadoras del club que aportan desde su profesión y se formaron en el espíritu del club.
“Todos los entrenadores que elegimos para venir a Gigantes tienen ese espíritu. Acá la gente no viene por lo que se les paga. Es gente que trabaja con el corazón porque entiende que es artesano de la vida de otro”. Además, destaca cómo se puede plantear un trabajo serio y lograr objetivos con muy poco.
¿Y cómo define ese espíritu? “El espíritu Gigantes es lucha, es garra, consecuencia, amor, sinceridad, sueños. Creer que nada es imposible. Que todo lo que sueño puede ser realidad. Y se lo trasmito a mis jugadoras y jugadores. Si lo soñás, lo podés hacer”. La propuesta para quien pase por el club es atractiva. “Vamos a hacer todo lo posible para vos logres tu 110 por ciento”.
Más allá del deporte, “esto se puede trasladar a cualquier otro aspecto de la vida. Es una pequeña porción de lo que nos toca vivir afuera. Siempre les digo a mis jugadoras que lo que enfrentemos adentro de la cancha, es más fácil. Porque si te equivocás adentro, no pasa nada. En seguida viene otro punto y podés revertir o tomar otra decisión”.
“No hay otra manera de vivir que dejar tu huella y elegir qué huella querés dejar. Dejar una marca que te represente”.
Verónica Lohrmann