2019-10-21

Enorme demostración de fe por el Maruchito

Seguramente, cuando Pedrito Farías tomó la guitarra del capataz de la tropa, Onofre Parada, ignoraba que cien años después iba a convertirse en leyenda, en un fenómeno de fe que aglutina a peregrinos y curiosos de los cuatro puntos cardinales de la provincia. La tropa vendría del lado de Las Perlas o de Quetrequile, uniendo parajes e incipientes pueblos, que crecían al paso de esa huella que más tarde se haría camino. El tiempo torna difusos los recuerdos y los testimonios de la época, ayudado por la falta de registros escritos. Muchos de los sucesos andan como pájaros al viento, en la tradición oral de la zona, por El Cuy, Colán Conhue, Naupa Huen, Chasicó, Laguna Blanca, Mencué, Jacobacci.

El Maruchito, como cada tarde en que la tropa hacía un alto, se habrá ocupado de juntar leña, cuidar a las mulas, ayudar al cocinero, cebar algún mate y estar al servicio de quien quisiera mandarlo. Algunos de aquellos hombres lo tratarían mejor que otros, ignorando los derechos que pudiera tener un niño de apenas trece años, que debía estar en algún otro lugar, al cuidado de alguien, en vez de ser el peón de una tropa. Onofre Parada, el capataz, ya le había advertido a Pedrito que no quería verlo cerca de su guitarra, la cual pulsaba junto al fogón, como para entrar en sueño y arrimarle algunas notas al alma cansada de ver tanta inmensidad, ese mar de horizonte bajo, que es la meseta patagónica. Hombre cuyo mal carácter que no le permitía reparar en la curiosidad que despertaba en el niño ese instrumento. “¡Salí de ahí!” le habrá ordenado aquella tarde que se habían detenido en la aguada de Guzmán, cuando vio que el Maruchito intentaba pasar sus dedos por las cuerdas del instrumento que estaba apoyado contra la rueda de uno de los carros.

Después de cenar, cuando bajó el cansancio de aquellos hombres invitándolos al sueño, ayudado seguramente por algún trago, cuando todo estuvo en silencio, Pedrito se acercó nuevamente a la guitarra y la tomó. Sentado en una piedra junto al fogón, dejó que sus dedos pasaran suavemente por las cuerdas, deslumbrado por ese sonido que le atravesaba la piel y le llegaba a lo más profundo de su ser. Tenía un enamoramiento con la guitarra. Tan metido estaba en ese mundo sonoro que no advirtió que Onofre se había despertado al escucharlo. Ese hombre, tan rudo como el oficio, como el polvo del camino, como la rueda golpeando en las piedras, se abalanzó sobre el niño cuchillo en mano y le asestó dos puñaladas. El resplandor de las pocas llamas que quedaban habrán dejado ver la mirada incrédula de Pedrito, que miraba a su verdugo como tratando de entender qué sucedía, casi con un gesto de piedad. Tal vez alcanzó a sentir miedo. No dijo palabra, cayó a un costado, abrazado a la guitarra. Alguien se acercó a auxiliar a Pedrito, otros retiraron a Onofre, que insultaba totalmente enajenado. El niño agonizaba. Dicen que al día siguiente lo dejaron al cuidado de una señora que tenía un almacén de ramos generales y que, pese a sus cuidados, a los dos días Pedro Farías murió, solo, en un catrecito, recostado sobre unos cueros de chivo, tapado por una matra india. Lo habrá velado el canto de los pájaros y el viento le diera un responso antes de que taparan la urna con sus restos y lo enterraran, en ese lugar perdido en la meseta.

Por diferentes razones la paisanada del lugar lo convirtió en objeto de devoción, quizás ayudados por el testimonio de aquella señora que lo cuidó hasta su muerte, quien dijo que alguna vez, al pensar en el Maruchito, se alejaron unos malvivientes que la querían asaltar. O quizás vieron algo más que una casualidad, cuando el viento destapó una parte del cajón, dejándolo ver a ras del suelo. Pedro Farías dejó olvidado su nombre en el hueco de la tierra donde lo enterraron y se elevó como el Maruchito, para andar repartiendo ayudas y milagros entre su gente, esa que lo distingue como uno más de ellos, tan de la tierra, del humo de bosta seca o leña quemada impregnada en la piel, de rostro y manos curtidas, del olor a majada, a caballo, a cuero, a lana.

Alguien levantó una ermita donde descansan sus restos. Humilde, como la gente del lugar, como el paisaje que rodea a Aguada Guzmán. Hasta allí llegaron, cien años después de la pasión del jovencito, peregrinos que se acercaron desde lugares cada vez más lejanos, de distintas pieles, estaturas, profesiones, cargos, credos. Abuelas de paso lento, niños en brazos, jinetes de a caballo, autos, camionetas, bicicletas. Más de trescientos jóvenes alumnos del IUPA llegaron de toda la provincia para honrar al mártir. Bailarines y más de trescientas guitarras, cumpliéndole el sueño a Pedrito, al Maruchito, sintiendo que las manos de él se replicaban en las de todos los que pulsaban sus guitarras allí, para redimir el dolor y cantar a la vida, al amor, a la igualdad. Ese Maruchito que vive para que con él lo hagan los derechos de los niños, a juegos, a crecer sin trabajar, a explorar el mundo de las artes, a ser respetado. A ser feliz.

Del valle, desde la costa atlántica, la cordillera y la meseta, confluyeron en el cardinal de la fe. El pueblo iluminándolo todo. El rector del IUPA llegando de a caballo, como un peregrino más, el gobernador ayudando a una abuela a ingresar a la ermita, el pastor con el párroco, reporteros gráficos espiando desde el lente de sus cámaras, artesanos, gente con la historia del lugar grabada en la piel.

Un modo muy particular de ofrenda al santito sin corona ha crecido en la región. Dicen que hay que detenerse en el lugar, al pasar por la ruta, de lo contrario algo sucederá en el camino, tradición respetada por viajeros, que tocan bocina al pasar o dejan alguna vela en la ermita y alguna oración o pedido. Esta vez quedaron varias guitarras, para ser repartidas en las escuelas de la zona.

La fe en el Maruchito, su peregrinación y devoción, han crecido en la Línea Sur, en la meseta. Han llegado para quedarse entre el pueblo, como ese fueguito que crece y calienta desde abajo. Tan humilde ese muchachito que ni oración tiene. Cada uno le reza desde su corazón o simplemente recoge el alma y le pide algo. El Maruchito crece cada día, aunque nunca dejará de ser un niño.

Edgardo Lanfré / Fotos: Euge Neme

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