2019-10-16

El fin del kirchnerismo

Hablar del fin del kirchnerismo es una idea provocadora, con la que busco polemizar e incomodar, generar debates y sembrar ideas a partir de un eventual triunfo del candidato del Frente de Todos. Mi principal idea fuerza es que la próxima gestión de gobierno estará marcada por un nuevo ismo, que se irá consolidando con el pasar de los años de la gestión de Alberto Fernández. Las acciones y actores que rodean al nuevo presidente van a contramano de los elementos característicos del kirchnerismo: la construcción de poder a partir de una mayoría amplia (con casi sin ningún requisito de admisión) frente a la construcción a partir de una minoría intensa con una relación amigo-enemigo; y el acercamiento al grupo Clarín, quien fuera el principal adversario político de Cristina Fernández de Kirchner. Y por otro lado los actores, Guillermo Nielsen, Fernando Peirano, Matías Kulfas, Cecilia Todesca Bocco, Santiago Cafiero, Natalia de Sio, Camila García, Felipe Solá, que pueden ser etiquetados de muchas cosas, pero de kirchneristas no es una de ellas. En esta nueva “mesa chica” no quedó una sola persona del “riñón” de Cristina. Es menester pensar que hace un año Alberto, era por lo menos un rival del kirchnerismo, aquel Remy Danton de Héctor Magnetto, y todavía resonaban los cánticos de La Campora: “No pasa nada si todos los traidores se van con Massa”. 

La hipótesis de mi artículo es que el factor que reducirá al kirchnerismo, el movimiento político más importante de los 19 años de siglo XXI, a una expresión minoritaria, es el hiperpresidencialismo. La característica principal de este sub-tipo de régimen de gobierno, presente en gran parte de Latinoamérica, es que quien detenta el Ejecutivo posee la preeminencia sobre el resto de los poderes. Tiene bajo su poder la capacidad de asignar recursos y determinar estructuras de las distintas carteras, es decir que puede dotar a ciertos ministerios (principalmente Interior y Obras Públicas) de mayor margen de acción potenciando a actores políticos que considere relevantes. Por otro lado, el presidente puede legislar, a través de los decretos de necesidad y urgencia, una atribución exclusiva del Congreso de la Nación; como así también vetar parcialmente leyes sancionadas por este. Exceptuando a Raúl Alfonsín, cuya elaboración de DNU fue marginal, los restantes presidentes de la vuelta de la democracia han sancionado, en promedio, 41 decretos por año. Entiendo que la puesta en marcha de las iniciativas ha sido necesaria, pero en lo que se refiere a urgencia, su interpretación ha sido bastante amplia. En términos de Giovanni Sartori, el estiramiento del concepto ha sido tan grande que se lo vació de significado e interpretación común. Esta herramienta le permite al Ejecutivo prescindir si fuera necesario del Congreso, único bastión de CFK.

A pesar que el DNU tiene que pasar por el Congreso para ser ratificado, el presidente tiene recursos implícitos como presionar a los gobernadores con los ATN o deudas de las provincias con la Nación y con esto generar un efecto cascada sobre los senadores o diputados que respondan a los respectivos mandatarios provinciales. Esto sucede por lo que Oscar Oszlak a denominado “Estado Cajero” ya que el Estado Nacional recauda el 80% de todos los recursos tributarios y la mayoría de las provincias se financian en gran parte mediante las transferencias del Estado Nacional; que al poseer al “llave de la caja”, como sostiene Mariana Gené, ejerce un poder de veto sobre el destino de esos recursos no siempre basado en criterios neutrales.

Con la vuelta de la democracia, el presidente en Argentina no ha tenido disputas en cuanto a la asignación recursos por parte de las provincias, tampoco ha tenido control posible del Congreso ni de la Corte Suprema. Los intentos de contrapesos republicanos han sido contrarrestados por el poder presidencial, que en palabras de Alberto Fernández, es como empuñar la espada de He-Man. Cuando escribo estas líneas pienso en el enfrentamiento del ex juez de la Corte, Julio Nazareno, y Néstor Kirchner. Al poco tiempo de asumir y con el 22% de los votos, ya tenía el capital político suficiente como para solicitar la destitución de un juez de la Corte Suprema.

Guillermo O’Donnell sostiene que a este trasfondo hay que agregarle la crisis. Francia, por ejemplo, tuvo un período cesarista y delegativo con De Gaulle, que fue brutal: durante siete u ocho años fue la figura del César. Y el otro caso es el de George W. Bush. Él reinventa el 11 de septiembre todo el tiempo, crea ese clima permanente de excepción, esa sensación de emergencia, y esto le permite avanzar de forma muy brutal sobre los poderes constituidos y las libertades públicas. Ahí se ve muy bien el interés de este tipo de liderazgos en reproducir la crisis o, por lo menos, consolidar un diagnóstico verosímil de crisis. Y el manejo de Bush es de manual: tiene que reinventar la crisis todo el tiempo, y lo hace brillantemente, para seguir avanzando sobre los poderes. En muchos países aparece este componente cesarista en momentos de crisis reales, inventadas o alargadas. Este será el caso de Argentina en los próximos cuatro años, el 2020 será un año de recesión y de altas expectativas de una mayoría que se inclina por Alberto Fernández. Para José Natanson, estos contextos de inestabilidad económica y las crisis recurrentes, han hecho que los gobiernos apelaran una y otra vez a las facultades delegadas y los decretos.

El nuevo ismo se construirá, como viene sucediendo desde el 89 sobre una emergencia permanente, esto ha generado, en que cada gobierno entrante se haya pensado a sí mismo como fundante y cada gobierno saliente ha puesto en valor su legado, el lugar que ocuparán en los libros de historia, es la herencia monárquica la que marca los liderazgos en América Latina.


Rodolfo Lasse Paniceres
Licenciado en Ciencias Políticas
Especialista en Comunicación y Marketing Político

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