La Luna y sus misterios
La erudición de Jorge Luis Borges afirma que “en el siglo segundo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una ‘Historia verídica’, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos y beben zumo de aire o aire exprimido”.
En el siglo XVI el ingenioso Ludovico Ariosto “imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los nunca saciados anhelos”.
Kepler, por su parte, en un libro leído en un sueño, supo revelar “la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer”.
Como se sabe la Luna es el único satélite de la Tierra. Su órbita es elíptica y la distancia promedio entre la Luna y la Tierra es de 385.0000 km. Para los romanos la Luna era una diosa y tenía un templo en el Aventino.
Aunque parezca una rareza también es citada en el Antiguo Testamento por el profeta Elías como la “reina de la noche”, a la cual rendían adoración los pueblos cananeos y era una abominación para el Dios de Israel.
Selene es la personificación de la Luna. Es una bella mujer que vuela por el cielo con su carro brillante tirado por dos caballos.
William Shakespeare en su obra “El mercader de Venecia” canta en sus versos que “la Luna duerme con Endimión y que nadie la despertará”, aludiendo a algunas leyendas que contaban que había tenido cincuenta hijos con este bello pastor de la mitología.
“De la palabra Luna surgen muchas expresiones: se llama luna a la vidriera de un negocio; o a un espejo. Andar con la luna o estar lunático. Luna de miel. Quedarse en la luna de Valencia (esta frase tiene su explicación) o estar en la luna. La medialuna, en cambio, es una masa comestible, que también tiene su historia y u origen en Francia.
En “Macbeth” –otra vez Shakespeare- leemos: “En el cuerno de la Luna, cuelga un húmedo vapor profundo y yo estaré allí para tomarlo cuando caiga al suelo”, refiriéndose a lo que los latinos llamaban “virus lunare”, una especie de espuma vaporosa que se posa sobre la Tierra y que los antiguos consideraban rocío, llanto o gotas de la Luna.
Desde los orígenes la Luna ocupa un lugar central en la vida de los hombres, aún mayor que el Sol; inspiración de los poetas, de los cantores y rapsodas; y aunque el hombre en una gesta espacial sin precedentes dejó sus huellas en la superficie lunar en el año 1969, todavía sigue subyugando por su misterio y por su hermosura.
En un número especial de la amena revista “2001” dedicada a cubrir dicho evento, en su tapa se puede apreciar un conocido dibujo anticipatorio de Melies que muestra el impacto de un cohete espacial en uno ojo de nuestro satélite.
Su enviado especial, Alejandro Vignatti, como colofón de su cobertura periodística escribió lo siguiente: “El milagro se ha realizado. Dos hombres descendieron sobre la superficie rocosa de la Luna. Vieron, caminaron, efectuaron tareas…. Por primera vez en la historia millones de personas pertenecientes a todas las razas y credos vivían al unísono la aventura alucinante”.
“Fueron momentos de comunión, de coparticipación. Cuando la escotilla se abrió, los relojes cesaron su marcha regular. El tiempo profano fue abolido, dejado de fluir. Todos estábamos allí en ese rincón remoto del Mar de la Tranquilidad. Tensos, expectantes, asistiendo a la mayor hazaña del hombre. El regreso, la cuarentena, las especulaciones sobre los vuelos futuros son conocidas y es ocioso referirse a ellas”.
“Al margen del prestigio político, de los fines bélicos, de las críticas sobre el costo de la aventura, el viaje a la Luna responde a impulsiones oscuras del inconsciente, del hombre que pugnan para superar su condición de ser caído”.
Todavía hoy, una pequeña fraternidad de incrédulos (que siempre los hubo), niegan la realidad de aquella gesta, aludiendo a curiosidades de las fotos, con pasión de refutadores de leyendas.
Yo, humilde poeta patagónico, no pude menos que siendo consecuente con mi musa, escribir como colofón de la presente nota el siguiente poema:
La Luna: Viaja por el cielo/ coqueta y oronda/ ataviada y bella/ de anillos y ajorcas. Le hablo de mis cuitas/ y de mis congojas/ y hasta me parece/ que a veces me toca. Si le digo hermosa/ ella no se asombra/ ¡Si se habrá cansado/ de tantas lisonjas! / ¡Qué Luna bonita/ en la noche sola! / Va toda de plata/ blanca y silenciosa. Y yo que camino/ solito a estas horas/ la miro y la miro/ y mi alma se arroba. La Luna camina/ lentita y redonda/ y a veces las nubes/ nos cubre de sombras.
Jorge Castañeda
Escritor –Valcheta