HISTORIAS DE VIDA
Salvador Cocco, una vida fierrera cargada de anécdotas
Muchos conocen a Salvador Cocco relacionándolo con el automovilismo o con el baile pero además, ha tenido una vida muy rica en anécdotas y por qué no, algunas tristezas.
Nació en Abruzzo, un poco al Norte de Roma sobre el mar Adriático, casi al frente de Yugoslavia, en plena Segunda Guerra Mundial, “mi hermano Nicolás nació siete años después, cuando papá volvió de la guerra” comenzó a recordar.
Su madre se llamaba Angelina y era una hermosa mujer, “mi hermano era bebé, porque se vivía una crisis muy grande, mi abuela estaba muy enferma porque fue a robar pescado para poder comer le pegaron un tiro y eso se fue agravando”.
Fue por eso que en el año 51 se vinieron a Argentina en busca de una vida mejor, “yo tenía casi diez años, no tenía muchos recuerdos de Europa porque allá vivía siempre escondido por miedo a que los alemanes me mataran, mi abuela fue la mejor mujer de mi vida y me cuidaba mucho” dijo emocionado.
En Ciudad de Buenos Aires vivieron en French y Pueyrredón, a dos cuadras del hospital Alemán, “en un conventillo que compartíamos con ocho familias más, patio y cocina compartido y un solo baño, cada vez que abría la puerta había alguien adentro”. Correntinos, porteños, italianos y españoles.
“Ya era un grandote estúpido, tenía 13 años cuando tuve que empezar primer grado, no me reconocieron lo que había cursado en Italia porque básicamente la gramática era muy diferente, me portaba mal, me tiraban de la oreja”.
Finalizó su primaria, luego cursó la secundaria en un colegio industrial “por eso soy medio mecánico y preparador de autos de carrera, ya más grande me empecé a poner de novio, pero todas me echaban”.
El amor
Luego de tantas idas y venidas relacionadas con el amor, conoció a Amalia. “Ella estaba practicando peluquería en un local de Las Heras y Pueyrredón en el barrio de Recoleta, pasé y vi que me miró, le tiré un beso y se rió, me dije esta mujer es para mí”.
“Pasé otro día con facturas, pero me las rechazó, me costó bastante conquistarla, estuvimos seis años de novios, mi mamá no me quería más en casa así que le dije que le iba a dar una gran satisfacción, el 8 de marzo que ella cumplía años, me iba a casar con Amalia Ovejero”. Era el año 1974 y en la actualidad llevan 44 años juntos.
A nivel laboral comenzó como encargado de una concesionaria Fiat y terminó siendo capataz, “después trabajé en la Comisión de carreras de la misma marca, le hice el motor a Reutemann cuando corría con 1500, de ahí me hice muy conocido en el ambiente”.
Vino a trabajar a Bariloche dos veces en la Vuelta de la Manzana, “me llevé postales y le decía a Amalia que nos vengamos a vivir acá, la traje a conocer, le gustó y en el 75 nos mudamos”.
No tuvieron hijos, pero la vida los llenó de ahijados y sobrinos del corazón, “el nieto de José Antonio Jalil es uno de ellos”. Fue precisamente Jalil quien lo llevó a la Asociación de Bomberos Voluntarios hace 36 años, y continúa en trabajando Relaciones Públicas de dicha institución.
En nuestra ciudad inmediatamente comenzó a sumar amistades, es miembro fundador de la ADAB (Asociación Deportiva Automovilística Bariloche), “en el año 76 corrí la Vuelta de la Manzana con Juan Carlos Madero, yo era copiloto y mecánico y volcamos”. Al año siguiente participó del mundial de Rally de 1983 con el doctor Martín Odriozola.
Es miembro de la Comisión de los Fiat 600 y 1100, “acá ahora no se puede correr más porque hay inconvenientes con el campo donde se hacían las carreras, se están haciendo algunas en Comallo pero es muy lejos, a Dardo Nieto lo saqué campeón argentino y también fui revisador de motores en General Roca” comentó.
En Bariloche probó cómo le iba en la gastronomía, “puse una parrilla en Elflein, ahí me pegaron un tiro en la cabeza, quedé 90 días en coma. Al tiempo la dejé y me dediqué a trabajar en chapa y pintura” contó. Hace siete años que se desempeña como perito en choques para una compañía de seguros.
El Bariloche de antes
Intentando hacer una comparación del Bariloche con el que se encontró al llegar y al actual dijo “Todo ha cambiado, el camino a El Bolsón era todo de tierra, el Faldeo también y la sociedad era muy cerrada, como italiano quise juntarme con mis pares, fundé el Club de los Abruzzeses, pero no dio resultado”.
El baile
Poco tiempo después se adentró en el mundo de la milonga, “le hago más al baile onda New York New York y al tango”. Su esposa no lo acompaña en las pistas “ella no puede porque le hicieron un injerto con el corazón de una oveja, el día que mataron al hijo de Menem en el helicóptero, mi señora entró al quirófano, después de muchas horas salió Favaloro y me dijo que había salido todo bien”. Una vez al año debe ir a la Fundación a hacerse un chequeo, la de ella fue la cirugía Nº 11, por el tipo de complejidad.
Salsa
Salvador durante la entrevista cambiaba rápidamente de tema porque son tantas las cosas que tiene para compartir, que no quería olvidarse de nada. “Mi tatara tatara abuela fue la que inventó la salsa filetto, en 1500 y pico Colón llevó la papa, el tabaco y el tomate a Europa, éste último se lo empezaron a dar a los chanchos, allá por el 1600 ella había escuchado hablar de la salsa napolitana y quiso hacer algo más suave, así sacó el filetto”. Los nombres de cada salsa derivaban de las distintas zonas donde se creaban.
Salvador no pudo volver a entrar a Italia hasta los 42 años, “cuando tenía 19 años me llegó un papel para ir a servir a la patria, yo le estaba ayudando a hacer la casa a mi padre y no le gustaba la idea de que me fuera por un año y medio, al tiempo llegó la segunda nota, salí sorteado, me mandaron el pasaje pero al final no me fui entonces quedé como desertor del servicio militar” detalló.
Piloto de avión
En Buenos Aires ya soñaba con ser piloto de avión, “acá seguí con el Aeroclub pero después con un amigo nos mandamos una macana sin permiso y me echaron” dijo.
“Cuando me pegaron el tiro que estuve tan mal, me tenían que derivar urgente a Buenos Aires, pero no había avión sanitario, entonces gracias a una gestión de Ojeda me llevaron en un avión común de Aerolíneas”. Al volver creó la filial Bariloche de la Cruz Roja, “un gran abogado, chanta muy conocido, se robó todo lo que teníamos, una ambulancia, un motor y un bote y así desde Buenos Aires decidieron cerrarla desafiliándonos”.
Entre las cosas que siente como pendientes, está el ser más útil a la sociedad, está viendo la manera de hacerlo. Salvador Cocco, un vecino más que merece una de las tantas historias de vida.
Susana Alegría