EMOCIONES ENCONTRADAS: Un viaje accidentado
Hay muchas historias que se cuentan entre quienes “hicieron patria” por la Línea Sur. Algunas se destacan por lo risueñas y hasta rayan la fantasía. En el caso de la que he de narrar, es cierta y la he escuchado de boca de sus protagonistas. En la inmensidad de la meseta, el camino de tierra, poco transitado, siempre depara alguna sorpresa. Envueltos en las polvaredas de los resecos veranos o “peludiando” en el barro o la nieve, esperando a algún otro vecino que vaya de paso para ayudar y sacar de apuro a quien haya tenido un inconveniente; o simplemente salir al camino sabiendo que alguien lo levantará. A veces, ni falta hacer señas; quien viene andando parará seguro al ver alguien a la vera del camino.
Alfonso, maestro rural, recién casado con Lucrecia, sabía de estas cosas. Ya soltero, había conseguido un cargo en una escuela perdida en un paraje. Un verano, visitando a unos parientes por el valle, de donde era oriundo, conoció a la que más tarde iba a ser su compañera en las soledades de la meseta. Era una escuela de las de periodo septiembre – mayo, donde los chicos estaban pupilos de lunes a viernes; cuando eran retirados por sus padres, los docentes emprendían viaje a Bariloche y los que no quedaban descansando en el paraje. A veces, el mal tiempo obligaba a esta última opción pues los caminos estaban intransitables. Había que arreglárselas con largas mateadas, cartas, lecturas, ludo, generala o lo que se les ocurriera para pasar las horas.
Alfonso, ya cansado de estar esperando que alguien lo lleve, decidió comprar una moto. Una hermosa Gilera, negra, con detalles cromados. Así llegó un septiembre desde Neuquén: casado y motorizado. Sus conocimientos se limitaban a patear la palanca para que arrancara, mantener el equilibro y acelerar haciendo cambios. De mecánica, no sabía nada; por eso, cuando adquirió la moto se encargó de buscar una que, si bien no era nueva, estuviera bien cuidada.
Aquel viernes de noviembre, luego de despedir a los alumnos, vio al joven matrimonio subirse a la Gilera y emprender el viaje rumbo a Bariloche. Aunque era primavera el aire todavía estaba fresco. Alfonso al volante, con una campera de cuero, antiparras y gorro, y Lucrecia por detrás, tomada de la cintura de su compañero, también con antiparras y gorro. El motor de la moto quebraba el aire de la mañana copiando las ondulaciones y curvas del camino. Alfonso, a pesar de los guantes, sentía sus manos heladas aferradas al manubrio y Lucrecia, a su espalda, con la cara apoyada en ella para guarecerse del aire frío. En una de las curvas, imprevistamente, la moto se clavó, literalmente; dio una especie de vuelta de carnero y despidió al campo a los dos ocupantes. Alfonso, ni bien tocó tierra luego del revolcón, se puso de pie mirando alrededor para ver la suerte de Lucrecia. Ella apareció levantándose detrás de una mata de neneo. Allá, en la huella, había quedado la moto. Luego de una inspección por parte del joven maestro, quien comprobó que no se veía nada raro, la moto arrancó con normalidad. Se subieron y nuevamente emprendieron viaje. Una rodilla de Lucrecia se llevó una peladura como recuerdo de la rodada. Transcurridos algunos kilómetros, en una bajada algo pronunciada, traqueteando en el serrucho, volvieron a salir despedidos de la Gilera, la que a esa altura ya parecía un potro indomable corcoveando por el campo, desparramando a sus jinetes. El proceder casi calcado del anterior incidente. Esta vez, un brazo de Alfonso se llevó un recuerdo de la tierra de la meseta.
Como pudieron y a los golpes, llegaron a Bariloche. Al día siguiente, el maestro se dirigió al taller de motos para hacerla revisar. Pese a algunos rayones que le produjeron las piedras del camino en el tanque de nafta, “la endiablada” funcionaba perfecto. El mecánico escuchó atentamente las explicaciones del novel piloto.
- Es como si se clavara, de repente – dijo intrigado Alfonso.
- ¿Dónde había serrucho lo hacía? – quiso saber el mecánico.
- Y… serrucho hay en casi todo el camino. Pero se clavaba y nos hacía volar – describió el maestro.
El dueño del taller dio un par de vueltas alrededor de la Gilera, en silencio. De pronto, se detuvo y, con uno de sus pies, tocó la pata ubicada por debajo, la que, al empujarla, desciende para que la moto quede allí apoyada cuando no está funcionando. Estaba floja; al mover bruscamente el rodado se iba cayendo hasta apoyarse en el piso. Esto provocaba que la moto se clavara en el camino y despidiera a sus ocupantes.
Un apretón de tuercas y unas buenas carcajadas para festejar el descubrimiento del desperfecto y lo que había ocasionado cerraron el caso de las rodadas sin explicación.