2018-11-12

Necesarios cambios en la eficiencia distributiva habitacional

ARQUITECTURA 

La inespecificidad con que se habían concebido los “conjuntos habitacionales” que durante los años de posguerra proliferaron en todo el mundo era un reflejo de la concepción mecánica de la vivienda social, como contenedores determinados por razones de eficiencia distributiva, de hacinamiento y de producción.

Esas economías demostraron, sin embargo, ser disfuncionales respecto de los aspectos más complejos por los cuales las viviendas podían ocuparse, asimilarse en una comunidad y constituirse en verdaderos fragmentos vivos de la ciudad, no solo de su dimensión física, sino también de su dimensión social y psicológica. La falta de pertenencia a la ciudad de aquellos conjuntos se manifestaba en la propia percepción de sus moradores, que entendieron al conjunto habitacional como el gueto del cual escapar, apenas como un punto de apoyo para ingresar a la ciudad real. Directo resultado de esta percepción fueron los bajísimos valores inmobiliarios de reventa de esas viviendas, transformadas en una pésima reserva de valor para el ahorro familiar.

El pobre resultado de los “conjuntos” se debió en parte a las condiciones de su arquitectura pero, sobre todo, a las precondiciones que se les imponía. Usualmente ubicados en terrenos marginales de la periferia, condenaban a sus habitantes a muchas horas de viaje hacia las fuentes de trabajo o hacia los servicios culturales y sanitarios de la ciudad.

Los generosos espacios comunes de que se los dotaba, optimistamente llamados “espacios verdes”, significaban una carga de mantenimiento excesiva para sus ocupantes, y también injusta, porque en el resto de la ciudad las plazas y parques eran mantenidos por la ciudad.

Enormes conjuntos, con un número de habitantes similar al de pequeños pueblos con autoridades e instituciones electivas, eran entregados a la endeble posibilidad de administración de un consorcio de propietarios supernumerario. Estos problemas, más urbanos que arquitectónicos, fueron soslayados en las primeras revisiones del ideal de “ville radieuse” en que se inspiraban los conjuntos habitacionales, concentrándose en cambio, en los problemas de la monotonía y repetición del proyecto arquitectónico, aparente razón de la falta de identificación y efectivo afincamiento de sus habitantes.

Así fue que las primeras correcciones al modelo constituyeron ensayos de variación y “articulación”, utilizando la palabra preferida por la jerga arquitectónica del momento, los que dieron lugar a complejas y variables morfologías, que en muchos casos crearon aún más desconcierto y problemas de identificación. A pesar que la revisión crítica del conjunto habitacional se había generalizado entre los arquitectos hacia el fin del siglo, este sobrevivió entre nosotros como unidad de operación y gestión y, con ello, su intrínseca dificultad en integrar a la población de menos recursos a la ciudad, en tanto significaba, también, concentrarla en unidades diferenciadas.

Entidad jurídica y mental antes que arquitectónica, constituye aun el incómodo molde contra el cual debe luchar el proyecto de arquitectura para dar especificidad al resultado, neutralizando el aislamiento social, el abandono en que terminan los espacios comunes, y la dificultad en ampliar y mejorar viviendas que por el propio esquema financiero son limitadas en superficies y equipamiento.

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