Orlando Castillo, un vecino de El Frutillar que apuesta a la vida, a pesar de los duros momentos que debió pasar
Hay personas que a pesar de haber vivido situaciones muy tristes en su vida, siguen adelante y cada día con más ganas de mejorar. Este es el caso de Orlando Castillo, un vecino del barrio El Frutillar que el 15 de agosto próximo cumplirá 82 años, quien, mate de por medio, quiso compartir momentos de su historia, enseñando que siempre se puede estar mejor y es a lo que hay que apuntar.
Nació en el año 1936 en un pueblito de cordillera de la Región de la Araucanía llamado Cunco, al lado del volcán Llaima. “Éramos ocho hermanos, pero soy el único que está quedando, con una hermana mayor” se lamentó.
Habló de sus padres, “él tomaba mucho y al tener problemas con mi mamá, se fue dejándola con todos nosotros, yo tenía siete años, pero me acuerdo”. Se crió con un hermano mayor que lo llevó a trabajar al campo, desde Cunco a Cherquenco había un camino de montaña que tenía un refugio con harina, tabaco y alimentos secos por si alguien lo necesitaba.
Por ese camino transitó su padre para ir a verlo, “me anduvo buscando hasta que me encontró, yo estaba adentro de una ruca, vi la sombra de alguien que se acercaba desde lejos, no lo veía desde hacía 7 años, pero enseguida lo reconocí”, era domingo, recordó.
“Cuando golpeó las manos salí a recibirlo, le pregunté qué necesitaba y me dijo que andaba buscando a Segundo Castillo (mi hermano). Le comenté que volvía tarde, lo invité a pasar y le di un plato de comida”, detalló. Después le consultó si sabía algo de un hermanito de Segundo y Orlando se negó a sí mismo, “andaba con un sombrero y me miraba y me miraba, hasta que en un momento me dijo, ‘usted es mi hijo’; nos abrazamos y lloramos mucho”, recordó emocionado. Le compró un traje y un sombrero para que ande mejor vestido, su hermano hizo lo mismo.
Su padre se quedó con ellos una semana compartiendo las actividades de campo, pero luego se fue por ese mismo camino que había llegado “como a los tres meses me llegó una carta, que lo habían encontrado muerto en el refugio, comido por animales”, se lamentó.
La historia que vivió su madre no lo aleja mucho de la tristeza, “ella rearmó su vida con otro hombre que le salió igual de bebedor, un día estaba con mi hermana más chiquita que se llamaba Mercedes, muy deprimida, fue a un puente en Valdivia y primero tiró a mi hermanita y después se tiró ella”. Unos pescadores salvaron a la niña, “a mi madre me dijeron que no la quisieron sacar para que no pase su vida en prisión por el intento de asesinato”.
Tiempos mejores
Cuando Orlando dejó el campo se fue a vivir a Osorno, “hice el servicio militar durante dos años, uno de mis superiores me derivó al sector de Caballería y así fue como conocí a una mujer”, contó. Tenía 22 años, “la conocí a Emelina, nos enamoramos y nos casamos”, dijo sonriente. Trabajó en la obra de la Panamericana, que va desde Santiago a Puerto Montt, luego por 15 años fue empleado de un matadero.
“En un momento me ofrecieron indemnizarme si me retiraba de manera voluntaria, acepté y con un amigo pusimos una panadería. Él no se portó bien, le pedí mi parte y me la devolvió en partes, pero cumplió”, comentó.
A Bariloche
Ya conocía gente de nuestra ciudad porque pertenecía a una iglesia así que se vino a trabajar por tres meses, “un conocido me ofreció su terreno para que me haga una casita y así me pude traer a mi familia”. Apenas pudo se compró un terreno propio en el barrio El Frutillar; era el año 1984.
“En esa época había tres o cuatro casitas, trabajé siete años en Teleférico Cerro Otto, “tuvimos un invierno de 18 grados bajo cero, me enfermé de los pulmones y se transformó en asma así que me indemnizaron”, contó. Con ese dinero se compró una camioneta y una motosierra.
Nos mudamos, ese mismo día fuimos a buscar leña con un amigo, al otro día fue la gran nevada pero ya teníamos con qué calefaccionarnos y cocinar”. Agregó “ya se perdió esa costumbre de comprar leña y juntar antes del invierno, ahora mucha gente espera el Plan Calor”.
Se dedicaba a la construcción por lo que hizo su propia casa donde vivieron felices por mucho tiempo. “La vida después me dio otro sacudón, con Emelina llegamos a las Bodas de Oro por cincuenta años de casados, a los tres meses le agarró una hepatitis muy fuerte, cáncer al páncreas y falleció”.
Sus cinco hijos ya eran grandes por lo que decidió vender todo y repartir el dinero entre ellos, “yo me fui un año a estar con mi hermana en Temuco, pero mis hijas me pedían que venga así que volví”. Estaba un par de semanas en la casa de cada hijo, pero necesitaba su propio espacio, por eso decidió alquilar una pieza donde vive solo.
“Tengo 16 nietos, 10 bisnietos y un tataranieto, siempre veo a mi familia, pero estoy bien alquilando”, aseguró.
Al hablar de su barrio dijo “ahora El Frutillar parece una ciudad, antes nos conocíamos entre todos, ahora en general se han perdido mucho los valores, siempre fui muy educado y respetuoso”.
Con los ingresos que tiene le alcanza para cubrir sus gastos y el alquiler, está proyectando poner una carpintería junto con un amigo. Es un hombre lleno de energía que aún sueña con el amor, “hay una señora muy linda que conocí hace poco, la invité a que venga al centro de abuelos a las clases de folklore, ojalá tenga suerte con ella, al menos, lo voy a intentar”, dijo con mirada picarona.
“Quiero volver a tener una compañera para compartir los mates de la mañana, conversar y pasear juntos”, finalizó.
La música
Orlando, durante la entrevista comentó que le gusta mucho la música. “Me gusta mucho tocar la guitarra, pero no tengo una, me acompañaría mucho los fines de semana que no vengo al centro de abuelos”, dijo.
De manera inmediata, luego de la nota, al difundir el pedido de un instrumento en las redes sociales, José “Pichi” Arpires, de la Biblioteca Néstor Kirchner del Nahuel Hue, se hizo eco, donando una guitarra para Orlando.
Viajes Solidarios Bariloche la retiró y luego se la entregó al abuelo de El Frutillar, quien la recibió muy emocionado. Ahora tendrá esa compañía en su hogar y podrá regalarles algunas canciones de sobremesa a sus amigas del centro La Esperanza.